Especial: Gustos Culpables

Todos tenemos placeres cinematográficos que quizá no presumimos en voz alta, películas que disfrutamos a pesar de sus excesos, sus lugares comunes o su dudosa reputación entre la crítica. En Kinema Books dejamos de lado los prejuicios para celebrar esos gustos culposos que, por alguna razón, ocupan un lugar especial en nuestra memoria cinéfila. Porque hay cintas que podemos defender con argumentos y otras que simplemente amamos sin importar lo que diga el resto del mundo.


Hisss (2010) – Jennifer Lynch

Por Pok Manero

¿Qué hace que una película sea un placer culpable? A veces nos avergüenza admitir que disfrutamos de filmes de poca monta o de gusto cuestionable, como las comedias románticas o de humor escatológico. Sentimos que puede afectar nuestra credibilidad como “cinéfilos serios”. También nos da pudor aceptar que de vez en cuando vemos algo que no nos estimula intelectualmente, desde una comedia asinina hasta una película trashy de bajo presupuesto y erotismo soft core, como las que solían pasar en Cinema Golden Choice. O simple y sencillamente, hay películas que a todas luces son malas, de torpe manufactura, pero aún así nos divierte verlas.

Jennifer Lynch, hija de uno de los cineastas más relevantes e influyentes del cine contemporáneo, decidió probar suerte con la misma carrera. A la fecha ha dirigido bastantes episodios para distintas series de televisión y cuatro largometrajes, dos de los cuales son películas de esas que, de tan malas, son hilarantemente buenas. Su ópera prima, Boxing Helena (1993) tiene esas dudosas virtudes y es extremadamente divertida de ver, aunque esa no haya sido la intención de la directora. Pero su tercer filme es una auténtica joya de ese tipo de cine.

Tengo la impresión de que cada persona involucrada en su realización estaba haciendo una película completamente distinta que el resto del equipo. El tono varía drásticamente, yendo de la violencia extrema -sexual y de género- (aunque un tanto caricaturizada) al humor más bobo. Las actuaciones son malas en prácticamente cada uno de los participantes y los efectos no son mucho mejores. Básicamente, cuenta la historia de un hombre enloquecido por el cáncer que intenta curarse a través del folklore, capturando a una serpiente macho y ocasionando que su hembra se transforme en una diosa mitad mujer, mitad serpiente, que puede otorgar la inmortalidad. Pero ésta se distrae al convertirse en una especie de justiciera, vengando a mujeres que han sido víctimas de violación u otras formas de abuso infringidas por los hombres. Si a este caos añadimos a un detective de policía incompetente, a su torpe nuevo compañero, a su esposa aparentemente infértil y a su madre con demencia senil, el resultado es una peculiar mezcla de humor involuntario, acción, gore y magia que no va a ninguna parte y no sabe lo que quiere ser. Ah, y la serpiente macho alterna entre ser un burdo títere de hule y terribles imágenes generadas por computadora. En realidad, es algo que hay que ver para creer, aunque se aprecian las buenas intenciones de contar una historia original.

El rodaje de la cinta fue igualmente caótico, tal como se muestra en el documental Despite the Gods (Penny Vozniak, 2012), haciendo del filme un proyecto que sólo se completó por la perseverancia de Lynch. El resultado final es tan malo que da risa, pero también me siento culpable al reírme de la película sabiendo lo difícil que fue para su directora el hacerla y la buena disposición que tuvo hacia la misma.


Transformers (2007) – Michael Bay

Por Saúl Durán.

Si tuviera que decir cuál película es uno de los logros audiovisuales más sorprendentes que he visto en mi vida, esa sería Transformers del 2007. Y no, no estoy bromeando.

Mucho se le reprocha a su director, Michael Bay, por lo que hizo con la franquicia al transformar una caricatura familiar y cómica en algo más cool, edgy y “realista”. Algunos lo alaban por haber hecho evolucionar el concepto original mientras que brinda un espectáculo de primer nivel, mientras que otros odian los cambios que él impuso al sentirse demasiado ajenos de la serie de los 80s. Pues bien, creo que yo me encuentro en el punto medio.

Si bien es cierto que esta saga nunca ha tenido la mejor narrativa de todas (por no decir mediocre o estúpida), creo que en su momento, Transformers tuvo el mismo efecto que Fast & Furious, es decir, historias simplonas con acción extravagante. Incluso en este sentido, las películas de Bay han tenido a detractores que no les gusta dicho apartado, pero en mi caso considero que, al menos las primeras tres películas live-action, cumplen con creces lo que tantas otras cintas del mismo género han intentado replicar sin éxito, lo que se traduce en tener un estilo único y creativo.

Algo que si puedo aplaudirle a Bay es su visión tan brutal y ruda que transmite en sus batallas. Puedes sentir el sudor, la sangre, el esfuerzo y la suciedad que estas secuencias y sus personajes buscan representar del mismo modo que lo verías en obras magistrales como Saving Private Ryan (1998) o The Matrix (1999), lo que incluye mostrar muertes gráficas y feroces tanto de héroes como villanos.

Asimismo, creo que la clave para que estas escenas sean tan memorables no solo se encuentra en la dirección, sino también en su espléndido trabajo técnico y sonoro, porque si hablamos de estándares de calidad audiovisual, Transformers (2007) tiene uno de los mejores que he visto y que constantemente uso de referente para lo que un blockbuster debería de ser, ya sea que hablemos de VFX, diseño y edición de sonido, diseño de producción, corrección de color, fotografía, iluminación, banda sonora e incluso efectos prácticos de vez en cuando.

Aprovecho este espacio para hablar de Optimus Prime, quien me atrevo a decir que tiene uno de los mejores modelos CGI en la historia del cine (por el trabajo de texturas, nivel de detalle e iluminación), pero además incluye la icónica interpretación de su actor de voz, Peter Cullen, quien siempre supo dotar a su personaje con un balance perfecto entre fuerza y gentileza.

No les voy a mentir, este film llega a caer en lo obsceno y estereotípico en ciertos momentos, y es tanto propaganda militar estadounidense como un comercial para marcas como Chevrolet, pero mientras seamos conscientes de esto y aún con ello podamos disfrutarla, no veo el motivo para no amarla así como yo lo hago.


Click (2006) – Frank Coraci

Por Armando Navarro

Michael Newman (Adam Sandler) es un arquitecto en ascenso que trabaja demasiado y pasa poco tiempo con su esposa Donna (Kate Beckinsale) y sus dos pequeños hijos. Luego de un mal día, Michael adquiere de un misterioso vendedor (Christopher Walken) el mando a distancia con el que no solo controlará su TV y cochera, sino su propia existencia. Este workaholic rápidamente se hará adepto a evitar discusiones, enfermedades y hasta el tráfico, sin entender que esos momentos también forman parte de las relaciones humanas.

Click: Perdiendo el control (2006) es una trampa mortal: parece una comedia simplona y escatológica de la productora Happy Madison sobre un control remoto mágico, pero a la mitad del metraje, hay un cambio de tono que lleva la película por los insospechados caminos del drama existencial y la distopía. Por medio del humor absurdo, el director Frank Coraci consigue que el espectador baje la guardia y lo desarma emocionalmente durante el arranque y el desarrollo de la trama, para llegar a un tercer acto mucho más severo que empuja a la reflexión sobre el tiempo que se pierde y los peligros de automatizar la vida.

El control remoto actúa como metáfora de la ansiedad moderna y la constante búsqueda de gratificación instantánea; la cotidianeidad del personaje de Sandler, donde reside el amor y el vínculo familiar, queda destruido por el síndrome de burnout y la obsesión por sacrificar un presente en virtud de un futuro exitoso que ni siquiera llegará a disfrutar. Click cumplió 20 años de su estreno, pero sigue vigente como una reinterpretación del Cuento de Navidad de Charles Dickens o bien como un extraño episodio extendido de The Twilight Zone; a pesar de sus imperfecciones (incoherencias del guion, humor burdo), la película funciona porque su objetivo principal se cumple: la sensación de urgencia en un público que vive demasiado rápido y debe detenerse para valorar su propio presente.

Junto a la eficiente fotografía del australiano Dean Semler (ganador del Oscar por Bailando con lobos, 1991) y una nominación al Oscar por Mejor Maquillaje, Click: Perdiendo el control es una fantasía cómica inusualmente oscura que merece redescubrirse en estos tan alocados tiempos de la generación TikTok. Ejemplo además, de las posibilidades histriónicas de un Adam Sandler contenido, que ya había dado muestras de su alcance en Punch-Drunk Love (2002) de Paul Thomas Anderson y más adelante entregaría trabajos tan intensos como Diamantes en bruto (2019) y Spaceman (2024).

Con ciertos ecos a Qué bello es vivir (1946) de Frank Capra, Click es más que un gusto culposo, se trata de una amalgama de comedia fantástica con sólida moraleja humana, un ejercicio que al virar inesperadamente al drama, se vuelve una odisea de redención personal.


The Glass Slipper (1955) – Charles Walters

Por Lily Droeven

Considerada como una película olvidable debido a su narrativa, sus secuencias que mezclan la fantasía, el romanticismo teatral acompañados por secuencias de ballet que funciona como elemento principal en la historia, The Glass Slipper (1955) es una de mis películas favoritas precisamente por esos elementos y su estética que destacan a la perfección. Se trata de una versión musical en formato de romcom que subvierte el cuento clásico de Cenicienta.

La cinta cuenta con la actuación de la actriz y bailarina francesa Leslie Caron en el papel de Ella, una joven solitaria y desafiante que siempre se defiende de las burlas de los aldeanos y de los maltratos por parte de su madrastra, la viuda Sonder (Elsa Lanchester) y sus hermanastras Birdena y Serafina (Amanda Blake y Lisa Daniels). Durante uno de sus paseos a la cascada, Ella conoce a Charles (Michael Wilding), el joven príncipe que se presenta ante ella como el hijo del jefe de cocineros del palacio y ambos se enamoran. Cuando finalmente Ella logra asistir al baile del palacio, la identidad de Charles es revelada y ocurre un gran revuelo.

La reescritura del cuento clásico fue gracias al guion de Helen Deutsch ya que en realidad The Glass Slipper se escribió como obra de teatro en 1944 por Eleanor y Herbert Farjeon. En 1953 los ejecutivos de la MGM compraron los derechos cinematográficos y se pusieron en contacto con el director Charles Walters que acababa de tener un enorme éxito con el musical Lili (1954) cuyo guion también había sido escrito por Deutsch y fue asignada para adaptar The Glass Slipper. Adicionalmente se encargó de escribir la canción principal junto al compositor Bronislau Kaper. El diseño de vestuario corrió a cargo de Helen Rose y Walter Plunkett. Destacaban la elegancia del estilo visual y del diseño de producción que al mismo tiempo le aportaban a la película teatralidad y romanticismo. Se contó con la participación del Ballet de Paris, cuya aparición sirvió para ampliar la imaginación soñadora de Ella y como parte importante en la narrativa. Su estética visual transforma a la película en un homenaje a los grandes musicales de la Época de Oro de Hollywood.

Este largometraje fue creado con la intención de repetir el éxito que se obtuvo con el musical Lili, por lo que decidieron llamar a Leslie Caron para el papel principal. Caron no solo llamó la atención por su presencia magnética, su expresividad y delicadeza como bailarina disciplinada que transmitía emociones con sus movimientos y a través de su mirada, sino que también por construir a su personaje como una joven rebelde y desafiante, pero sin dejar de ser soñadora.

A pesar de ser un maravilloso retelling y contar con hermosos recursos visuales, la película terminó siendo un fracaso comercial. Desde mi punto de vista The Glass Slipper es una película mejor dirigida y actuada que Lili, y pienso que debería ser considerada como una verdadera joya en la carrera de Leslie Caron.


South Park: Bigger, Longer & Uncut (1999) – Trey Parker

Por Kike Cinéfilo

Llamar a esta película un «gusto culposo» depende de qué tan apegados estemos a lo políticamente correcto. Lo cierto es que la adaptación cinematográfica de la célebre serie de animación no solo desafió los límites de la censura, sino que se consolidó como una joya satírica e indispensable de la cultura pop.

Los orígenes de la franquicia se remontan a 1992 en la Universidad de Colorado, donde Trey Parker y Matt Stone crearon el cortometraje en stop-motion «The Spirit of Christmas». Aquella pieza fundacional, hecha con figuras de papel recortado, introdujo a un muñeco de nieve malévolo en un pueblo ficticio llamado South Park. Con el éxito de Los Simpson como precedente, el ejecutivo de Fox, Brian Graden, los impulsó a desarrollar el concepto como serie. Tras ser rechazada por varias cadenas, Comedy Central —hoy parte del conglomerado Skydance junto a MTV y Viacom— aceptó la propuesta. La premisa era brillante: cuatro niños que observan con ojos maduros los absurdos problemas de los adultos, satirizando sin piedad el estilo de vida americano y la agenda sociopolítica de Estados Unidos mediante un humor crudo, escatológico y sumamente soez.

Al concluir la segunda temporada, y motivados por un éxito arrollador, Parker y Stone concibieron el largometraje de 1999. El resultado fue una parodia monumental de la guerra, la religión, la censura y los musicales. El proyecto atrajo a un elenco de voces lleno de sorpresas e ironía. George Clooney interpretó al médico que asiste a Kenny, una parodia directa de E.R., serie que él mismo protagonizaba. Minnie Driver dio voz a Brooke Shields, mientras que Mike Judge, creador de Beavis and Butt-Head, prestó su voz para revelar la verdadera identidad de Kenny. Además, James Hetfield, vocalista de Metallica, cantó el tema «Hell Isn’t Good» durante el descenso de Kenny al infierno; una colaboración legendaria que ocurrió bajo el agua por cuestiones contractuales y justo antes del polémico episodio donde la serie se burló de la demanda de la banda contra Napster.

El impacto cultural de la cinta quedó registrado a través de hitos memorables:

• Reconocimiento de la Academia: El tema «Blame Canada» recibió una nominación al Óscar como Mejor Canción Original en el año 2000, siendo interpretado en la gala por el recordado Robin Williams.

• Récord Guinness: En 2001, ingresó al libro de récords por ser la «Película animada con más insultos», registrando 399 palabras soeces (entre ellas 146 veces «fuck», 79 «shit» y 66 «bitch»), 128 gestos ofensivos y 221 actos de violencia. Esto equivale a una grosería cada 4.5 segundos.

• Premio MTV: La irreverente canción «Shut Your Fucking Face, Uncle Fucka«, que repite la palabra «fuck» en 31 ocasiones, se llevó el galardón a Mejor Canción en los MTV Movie Awards.

Aunque las disputas de distribución entre Warner Bros. y Paramount congelaron la posibilidad de una secuela durante más de dos décadas, los rumores apuntan a que el panorama está cambiando. Dale una oportunidad a este clásico insumiso.

¡Mucho cine para todos!


She’s the Man (2006) – Andy Fickman

Por Fernanda García

Tal vez no sea un «gusto culposo», al fin y al cabo, es la adaptación de una obra de William Shakespeare, uno de los autores más importantes de la literatura universal. Para quienes no lo sepan, a finales de los noventa y principios de los 00 ‘s se pusieron de moda algunas adaptaciones de obras clásicas contextualizadas en la época moderna, algunas de ellas fueron la mítica 10 Things I Hate About You (1999) o Clueless (1995).

Siguiendo esa línea nos encontramos a She ‘s the man (Una chica en apuros), la cual se inspira en Noche de reyes, una comedia en la cual una mujer llamada Viola se disfraza de hombre para poder trabajar en el palacio del conde Orsino. La película traslada esa premisa, sólo que en ella Viola (interpretada por Amanda Bynes) desea jugar fútbol a toda costa. Por lo que, decide fingir ser su hermano Sebastian (quien viaja a Londres a escondidas), para cubrir a su hermano, decide hacerse pasar por él, se traslada a su escuela y lucha por un lugar en el equipo para aplastar al de su exnovio, intentando lidiar con los complejos de género que el entrenador contrario señala, pues como lo dice la misma Viola “es probar que es tan buena como cualquiera”.

Con esto, tenemos una comedia de enredos que te deja pegada al asiento y riendo a carcajadas, todo ello impulsado por el talento cómico de Amanda Bynes que lleva la situación al absurdo de manera extraordinaria. Asimismo, hay que destacar la manera de adaptar la historia shakesperiana en un entorno escolar, dotándola de frescura y un ritmo ágil sin saturar al espectador, incluso dejándolo con toda la tensión y emoción de que la protagonista no sea descubierta.


Uno al año no hace daño (2014) – Juan Camilo Pinzón

Por Jeraldyn Sierra Castro

¿Es Colombia un país de chupadores (bebedores)?

Eso es lo que pretende averiguar Marcos (Manuel Sarmiento), estudiante de periodismo, a través de la filmación de un documental que sigue a la familia Rodríguez y a un grupo de vecinos del barrio Las Delicias, en el suroccidente de Bogotá. Entre múltiples celebraciones y festejos, se retratan los momentos más divertidos, problemáticos y singulares de las personas cuando beben: el amigo/familiar que reparte trago (alcohol) a diestra y siniestra, los borrachos cansones o malas copas, los que no recuerdan nada de lo sucedido el día anterior y, por supuesto, el famosísimo guayabo (resaca) del día siguiente. Solo hace falta una copita de trago para que las cosas empiecen a salirse de control, y por supuesto allí estará Marcos para registrar todo con precisión.

Usando como título uno de los refranes más populares y permisivos que existen, el director Juan Camilo Pinzón, con el guion de Darío Armando García “Dago”, plasma de manera cómica y exagerada los estereotipos y costumbres que rodean las celebraciones colombianas, usando como referentes las dinámicas y personalidades del barrio popular que, llevadas a la pantalla grande, permiten al espectador identificarse fácilmente con los personajes o sus situaciones. Sin embargo, la película se siente sobrecargada de historias y festejos, debilitando el hilo conductor de los protagonistas y terminando con un popurrí frenético de celebraciones que, por suerte, nunca pierde la chispa para hacer reír.

Uno al año no hace daño hace parte de una serie de películas colombianas producidas por Dago García Producciones, que desde hace más de 20 años estrena el 25 de diciembre un largometraje de comedia, convirtiendo en una tradición el esperar ansiosamente la época de fin de año para ver los comerciales en la televisión que anuncian la próxima cinta de esta productora de cine colombiano. Muchos crecimos viendo estas películas los domingos por las tardes en los canales nacionales; sus temas tan cotidianos y la forma tan distendida y humorística de presentarlos marcaron una gran parte del cine nacional.

Producciones como Uno al año no hace daño no suelen destacar por su guion o por sus historias, algo que muchas personas critican, sino por la familiaridad y la cercanía que transmiten rápidamente al iniciar. Asimismo, la acogida de este tipo de obras se debe al elenco de actores que habitualmente podemos reconocer de inmediato, y en Uno al año no hace daño contamos con actores de la talla de Aída Morales, Biassini Segura, Ernesto Benjumea, Luisa Fernanda Giraldo y Santiago Alarcón, solo por nombrar algunos. Vale la pena resaltar, además, el uso de colores vibrantes y la música de artistas nacionales que acompañan esta historia, transmitiendo un toque puramente colombiano a la producción.

Por lo anterior, Uno al año no hace daño se ha convertido en el gusto culposo de esas tardes en las que simplemente queremos reírnos y que nos recuerden que ¡los colombianos somos una chimba!


¡Buza Caperuza!: La verdadera historia (2005) – Cory Edwards

Por Saúl Araujo

Desde niños hemos escuchado los mismos cuentos, pareciera que hay historias que son irremediablemente parte de la niñez de todos; desde conocer a un superhéroe o conocer el mito de la luna, crecimos escuchando las mismas historias clásicas, dentro de ellas, la inigualable historia de Caperucita Roja. Los hermanos Grimm publicaron por primera vez este relato en el lejano 1812, adaptado de la tradición oral europea y que resonó en toda la cultura occidental. Muchos años pasaron, una larga trayectoria de adaptaciones y muchas historias más se sumaron al imaginario colectivo, pero Caperucita nunca se fue.

Hoodwinked! (conocida en Hispanoamérica como ¡Buza Caperuza!) es una película animada estrenada en el 2005. La mayor parte de su presupuesto se puede atribuir a su casting de voz en inglés (Anne Hathaway, Patrick Warburton, Glenn Close), ya que, visualmente, la animación CGI envejeció a pasos agigantados incluso para los estándares de su época. Sin embargo, su verdadero valor radica en su audaz propuesta narrativa: estructurar el cuento clásico al estilo de Rashomon (1950), donde un mismo evento es contado desde cuatro perspectivas completamente distintas por los involucrados en la escena del crimen, sumándole el estilo de película detectivesca, donde la narrativa es desde una sala de interrogatorio.

Hablar de Buza Caperuza es hacer el brinco que sufre Antón Ego cuando come ratatouille; es volver años en el pasado para poder escuchar la risa de mi hermana y la mía al ver durante incontables horas, en un DVD pirata, una película que se quedaría grabada por años en el imaginario familiar. Es imposible no recordar joyas del doblaje latino que nos dejaron frases inolvidables como “¡Tamales oaxaqueños!” gritado por el Lobo o la voz chillona y acelerada de la ardilla Twitchy y la cabra cantarina con su banjo.

Como «gusto culposo», la película reúne todas las características requeridas. Por un lado, sus modelos 3D son rígidos, sus texturas resultan toscas y la iluminación carece del pulido que Pixar o DreamWorks ya ofrecían en esa década. Si uno la juzga bajo parámetros estrictamente técnicos o estéticos, difícilmente saldría bien librada. Es una película más cercana a un dibujo amateur que a la animación profesional por computadora.

Pero por el otro lado, su guion es ridículamente ingenioso. La mezcla de humor absurdo, ritmo frenético, giros inesperados y un doblaje al español que supo adaptar la comedia con total frescura, la transforman en una experiencia sumamente entretenida. Nos recuerda como buen guilty Pleasure que el cine no siempre requiere de una animación fotorrealista ni de presupuestos millonarios para conectar con la audiencia; a veces solo se necesita creatividad, carisma y una buena dosis de irreverencia. Hoodwinked! es fea por fuera, pero un deleite por dentro: el empaque imperfecto de un recuerdo entrañable, con más de un giro a la historia original. Predecible, palomera, simplona si lo queremos ver así, pero no puedes salir ileso del festival de ocurrencias, ridiculez y chistes que una película de menos de hora y media puede dar.


Mean Girls (2004) – Mark Waters

Por Sandra Cárdenas

Cuando nos enviaron la consigna para escribir sobre una película que fuera nuestro gusto culposo para este especial de la revista, mi cerebro inmediatamente gritó: ¡Mean Girls! Para mi sorpresa, varios de mis compañeros me miraron raro (incluida mi hija); para ellos, esta cinta no les parecía un gusto culposo sino una verdadera joyita. Eso me hizo reflexionar sobre por qué cargaba yo con esa culpa. Me di cuenta de que, en varios de mis grupos de cinéfilos, cada vez que confesaba mi amor por esta película, me juzgaban como si tuviera el peor gusto del mundo por consumir comedias adolescentes. Realmente, no sé por qué me importaba tanto su opinión. Ahora entiendo que estaba rodeada de las personas equivocadas. Irónicamente, estaba atrapada en un bucle donde se repetía el mismo patrón de la película. Algo muy metacine de mi parte.

La cinta sigue a Cady Heron (Lindsay Lohan), una ingenua joven de dieciséis años que llega a una escuela pública estadounidense tras pasar su vida educándose en casa en África. Cady pasa de la sabana a una jungla mucho más salvaje: la secundaria. Allí se alía con los marginados Janis Ian (Lizzy Caplan) y Damian Leigh (Daniel Franzese) para ejecutar una venganza contra Regina George (Rachel McAdams), la abeja reina, del temido grupo de Las Plásticas.

Lo divertido es que esta historia tiene una base bastante más real de lo que parece. Tina Fey (quien en la cinta da vida a la profesora Norbury) encontró la inspiración en Queen Bees & Wannabes, un libro de no ficción de 2002 donde Rosalind Wiseman explora el acoso, los rumores, las rivalidades y las jerarquías sociales entre adolescentes. Fey le sumó su humor ácido y algunas de sus propias experiencias escolares y  gracias a eso nació un clásico moderno.

Hoy en día es muy común culpar a las redes sociales de muchos de los males de la juventud, el acoso, la funa, los haters. Sin embargo, Mean Girls nos recuerda que en 2004 no existían Instagram, TikTok ni ninguna otra red social y aun así la crueldad humana funcionaba a la perfección a base de llamadas telefónicas grupales,  fotocopias y el famoso libro del mal; un algoritmo analógico para la difamación.

Ahora que volví a verla con ojos de señora y madre de familia, me di cuenta de una terrible verdad: esas dinámicas  no se quedan atrapadas en la adolescencia ni dependen de una pantalla. Siguen vigentes en la oficina, en el gimnasio y por supuesto, en los círculos de cinéfilos de gustos supuestamente refinados. Lo más curioso es que a veces terminamos repitiendo aquello que tanto criticamos: excluimos para pertenecer, juzgamos para sentirnos parte de un grupo y hasta modificamos nuestros gustos para conseguir aprobación.

Así que de culposo nada: Mean Girls es un documental antropológico necesario.


Van Helsing (2004) – Stephen Sommers

Por Jair Ponce

Los monstruos clásicos de Universal han sido, quizá en conjunto a las adaptaciones de Shakespeare, unos de los más readaptados y con un mayor número de versiones en la historia del cine. El monstruo de Frankenstein, Drácula, el hombre lobo cuentan con una serie de versiones, desde las clásicas adaptando las novelas en las que se basan, hasta modernas traídas al mundo moderno, pero pocas veces han tenido una versión en la que todas coexistan en un solo universo, por lo menos no en una versión seria y con intenciones de construir un universo compartido.

Van Helsing (2004) toma el reto de construir un universo de monstruos que coexisten entre sí anclados y unido por el personaje del cazador de monstruos tomado directamente de la novela de Drácula, el profesor Van Helsing, construyendo un personaje casi completamente distinto, volviéndolo más joven y con habilidades cercanas a las de un súper héroe, llegando incluso a contar con las habilidades del hombre lobo.

La cinta tiene una de las premisas más interesante de la década de los dos mil, toma personajes icónicos y los confronta entre sí, dándoles un tono serio y elementos de acción al estilo de una película de Superhéroes cuando estos aun o dominaban la taquilla, lastimosamente los resultados no fueron los esperados, no solo en taquilla y recepción del público, sino en su ejecución. La cinta se volvió casi una comedia en algunos momentos, contando con actuaciones exageradas y sobradas y otras completamente escuetas y robóticas, como la del protagonista Hugh Jackman, cuyo Van Helsing resulta en un hombre rudo que más bien parece tonto por momentos, con diálogos de comedia involuntaria y situaciones irrisorias relacionadas con el cómo enfrentarse a los monstruos y sus consecuencias directas sobre los personajes, que no dejan de actuar de la forma más ridícula dependiendo de la situación.

Aun con todo lo raro y extraño que tiene la cinta, cuenta con una de las trasformaciones a hombre lobo más épicas de la historia del cine, el cgi en ocasiones luce mejor que algunas películas modernas y las escenas de acción son entretenidas y muy disfrutables, quizá por eso es mi placer culposo cada que tengo ganas de desconectar y ver una película de acción con mucho potencial desperdiciado pero que no deja de entretenerme.


Enemy Mine (1985) – Wolfgang Petersen

Por Samuel Bautista

Dentro del cine de ciencia ficción de los años ochenta, Enemy Mine (1985), dirigida por Wolfgang Petersen, puede percibirse como gusto culposo, pero también entra en la categoría de película de culto, cuya reputación parece construirse sobre ese mismo disfrute a pesar de sus defectos.

La principal dificultad de Enemy Mine está en la convivencia de dos modelos narrativos que no terminan de encajar. Su sentimentalismo es, en buena medida, un síntoma de esa tensión. Por un lado, es una película de supervivencia y convivencia. Dos individuos educados para exterminarse descubren que sus conocimientos, capacidades y necesidades son complementarios. La hostilidad inicial se diluye a través de experiencias compartidas: los protagonistas quedan atrapados en un planeta hostil donde, pese a ser enemigos, deben colaborar para conseguir alimento, construir refugio, aprender palabras, reconocer vulnerabilidades y depender el uno del otro. Por otro lado, es una aventura envuelta en una estética de entretenimiento puro y una resolución que aspira a ser espectacular.

Enemy Mine no parece avergonzarse de sus emociones ni hace que su mensaje moral parezca tan complicado que no pueda decirse directamente. Quiere conmover, y lo hace mediante procedimientos explícitos: música enfática, diálogos de reconciliación, actuaciones expresivas y una concepción del afecto que privilegia la lealtad, el sacrificio y el cuidado. En algunos momentos, esto llega a percibirse como manipulador o incluso excesivo.

Otro problema aparece en la manera en que la película trata al enemigo. Parece desmantelar esa figura: es capaz de imaginar la disolución del odio entre dos enemigos. Sin embargo, ¿por qué necesita, para completar su historia, volver a organizar el mundo mediante nuevos enemigos? Este tipo de inconsistencias suele hacer que me desagrade una película, pero en este caso la disfruto a pesar de sus defectos.

Reconocer al otro puede significar, en parte, reconocerlo en términos que entendemos. Pero la película no muestra una adaptación unilateral. Al principio, Davidge reacciona con la arrogancia defensiva de un piloto humano y se burla de lo que considera costumbres primitivas de su enemigo. Después de una discusión, Jerry acepta enseñarle y le explica con paciencia las ideas de Shizumaat sobre la inutilidad del odio y la conexión entre los seres vivos. El cinismo de Davidge comienza entonces a ceder. Antes había utilizado a Mickey Mouse como escudo y burla, defendiéndolo como uno de sus ancestros más sagrados. Ahora parece dispuesto a escuchar.

Ahí el humano no sólo comienza a conocer las enseñanzas del Talman, el libro sagrado de los dracs, sino que reconoce una sabiduría moral que antes había despreciado. Esa reciprocidad, no necesariamente implica que ambos cedan lo mismo, adquiere otra dimensión cuando Davidge termina haciéndose cargo de Zammis, el hijo de Jerry.

¿Puede una historia de reconciliación con el enemigo conservar su fuerza si el enemigo sólo se vuelve aceptable cuando aprende a parecerse a nosotros, o el verdadero reto moral sería aprender a cuidar a quien no se parece a nosotros en nada?


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