De ‘Sorry, We Missed You’ (2019) y la Precarización laboral

Por Fernanda Rojas.

Ya hace más de veinte años, Bolívar Echeverría escribiría sobre la Lejanía y cercanía del manifiesto comunista a ciento cincuenta años de su publicación, un texto que invitaba a reconocer -de manera razonable y no dogmática- que la vigencia de aquel espectro shakespeariano que se esparcía por Europa llamado Comunismo había caducado. O al menos lo había hecho la manera clásica en la que se concibió en el siglo XIX, como un ideal y proyecto político-social que buscaba la implantación de un nuevo orden que aboliera la propiedad privada burguesa y estableciera nuevas relaciones sociales de producción entre sus miembros. Dicho de otro modo, que esa gran masa de hombres desfavorecidos (podemos señalar el poco énfasis que se hacía en las mujeres) a causa del capital, se reconocieran a sí mismos como sujetos lo suficientemente explotados y alienados, para después organizarse y tomar por las vías necesarias los medios de producción, redistribuyéndolos e imponiendo un nuevo Estado en el que “el libre desarrollo de cada uno condicione el libre desarrollo de todos” (Marx, 2010:25)

Pero es un hecho bien sabido que tal proyecto fracasó en múltiples intentos, y lo hizo tal vez porque como el mismo Bolívar nos diría, los protagonistas del comunismo: es decir, los obreros, tenían que comprender primero, más que como desilusión, como un objetivo, que «había frente a sus ojos no un mundo por ganar, sino un mundo por re-construir» (Echeverría, 2011:219).

Así pues, esa “lejanía del comunismo” (que ahora se traduce en más de 170 años) también nos lleva a entender que en la actualidad el proletariado -personaje principal que cambiaría el rumbo de la historia- se ha transformado para convertirse en algo muy diferente a lo que solía ser; el lugar que antaño llenó “ha sido abandonado por él [mismo] para que lo ocupen otro u otros tipos de ser humano cuya humanidad es propia de la civilización del siglo XX (y yo agregaría del XXI), de su fracaso y su crisis actual” (Echeverría, 2011:217). Y es que si hay algo bien cierto, es que a pesar de que la palabra obreros parece identificable para todos, éstos mismos han ido cambiando a lo largo del tiempo y a lo ancho de sus contextos económicos, políticos, sociales y culturales. Hace mucho que debió confirmarse que no son el monolito del proletario que formaron Marx y Engels, aquel que, a punta de mazo, luchaba por labrarse un camino de sobrevivencia. Y no, no es que éstos ya no existan, es sólo que hoy día debemos describirlos y relativizarlos. Los trabajadores y trabajadoras del siglo XXI tienen características, deseos, formaciones y tipos de vida muy distintos: ya no hablamos sólo del trabajador de la línea de montaje en la fábrica, sino de las trabajadoras domésticas subcontratadas en Nepal, los oficinistas, los trabajadores de la industria del software, o la gran masa de jóvenes universitarios sobrecalificados para su trabajo en un mundo que les prometió algo muy diferente.

Ese panorama actual ha sido descrito por una bibliografía amplia que detalla las transformaciones que ha sufrido el capitalismo y cómo éste ha creado nuevas y eficientes estrategias para seguirse reproduciendo y cumplir su fin primordial de acumulación. Pero en términos laborales, notamos que cada vez hay una tendencia mayor a la precarización que en siglos anteriores no tenía la dimensión que toma ahora. Guy Standing, Economista laboral británico, ha definido este proceso como aquel en el que se da una “adaptación de las expectativas vitales a un empleo inestable y una vida inestable” (Standing, 2014:2) Esto es, que en un sistema económico capitalista globalizado como en el que estamos, cada vez más se han ido perdiendo derechos laborales que en otro tiempo el obrero podía gozar. Los nuevos empleos que se ofrecen son aún más inciertos, inseguros e inestables; muchas veces con contratos interrumpidos, temporales e intermediados por agencias. Los trabajadores en la actualidad -casi de cualquier área- están condenados a experimentar una sensación de transitoriedad, cambiando todo el tiempo de empleos en búsqueda de aquel que se pueda ofrecer como “el mejor”. Una de las características históricamente únicas de este sector es que jamás antes se había predicado la Educación como una religión que nos salvaría del desempleo o del trabajo monótono-alienado como se hace ahora, aunque en la práctica jamás se lleve a cabo.

Así pues, Guy Standing ha tenido el acierto de hacernos una invitación a repensar, actualizar y reflexionar sobre los viejos esquemas bajo los cuales entendíamos el mundo del trabajo. De igual manera, el arte cinematográfico de Ken Loach hace lo propio creando historias que nos acercan e identifican con estas situaciones, regalándonos personajes humanos, conscientes y algunas veces reaccionarios ante ello. Ambos describen el panorama del Reino Unido y son retractores del Thatcherismo, sus políticas del miedo y el alto coste social y humano que han significado; Sin embargo, debemos tener presente que tales condiciones desiguales son comunes a todos aquellos lugares donde el capital y su lucha feroz se extiende, y que el cine es una herramienta poderosísima que nos permite conocernos y re-conocernos en cualquier parte del mundo que nos situemos, sin necesidad de salir de casa o de la sala de cine.

Ken Loach es uno de los directores británicos más consistentes que han logrado seguir filmando historias crudas, pero entrañables bajo la bien merecida etiqueta del realismo social. A sus más de 80 años estrenó Sorry, We Missed You, una ficción que nos sumerge en lo profundo de una familia pequeña, cuyos padres buscan por todos los medios subsistir en una sociedad que ofrece poco a cambio de mucho esfuerzo. El nivel de detalle y de intimidad que alcanza con esta película nos presenta cómo las relaciones de explotación son tan fuertes, que pueden penetrar y dañar directamente los lazos familiares de quienes en realidad están buscando por cualquier vía trabajar de la manera más digna posible. Ricky es un padre que tiene el sueño de cualquier persona actual: emprender, “ser tu propio jefe”, tener un empleo que te permita conciliar el dinero con prácticamente todos los demás aspectos de la vida, desde la salud hasta lo social. El problema: no es posible, o al menos no lo es bajo este sistema de flexibilidad. Al poco tiempo, encuentra la oportunidad -no sin antes hacer sacrificios enormes- de obtener una camioneta y emplearse como repartidor de paquetes… y es ahí donde comienza la travesía precaria, ¿por qué? Pues porque una de las primeras condicionantes es que las relaciones de producción que mantienen los nuevos trabajadores del siglo XXI con el Estado son prácticamente invisibles: se carece de las esferas de protección laboral que antaño existían, los contratos con empresas ya no tienen regulaciones laborales, negociaciones colectivas y en muchas ocasiones un acceso incierto a la vivienda y recursos públicos (Standing, 2014:28)

RICKY Y EL ESTADO

Loach siempre fiel a la realidad, nos ejemplifica las formas tan sutiles y terribles (pero no por eso menos eficaces) que tiene el managment para engañar y explotar a los sujetos actualmente. Vemos a Ricky sentado frente a su futuro empleador escuchando un speech quizá ya reconocido por algunos: “No te contrataremos, te incorporarás”, “No trabajas para nosotros, trabajas con nosotros” (¿casi como un igual?), “No hay salarios, hay tarifas”; y más aun: “eres una franquicia, un propietario-conductor” y es ahí donde entendemos que la desaparición del status de trabajador es mucho más peligrosa de lo que imaginamos porque la sentencia es muy clara: “Serás maestro de tu propio destino y eso separa a los jodidos perdedores de los guerreros”. O mejor dicho, de aquí en adelante serás tú y sólo tú el encargado de proveerte las herramientas necesarias para trabajar, como lo es conseguirte una camioneta para repartir paquetes (¿alguien se acordó de Ladrón de bicicletas?) y de pagarte cualquier servicio que necesites para ti o tu familia; no tendrás pensiones de la empresa, bajas médicas, vacaciones pagadas y cualesquiera que sean las prebendas que deberían derivarse de un trabajo con todas sus letras. Eres tú, no como trabajador, sino como “colaborador” quien será responsable y mucho menos habrá manera de que puedas hacer algún tipo de queja o movimiento legal, pues nadie tiene algún tipo de responsabilidad obrero-patronal para contigo.

Otra de las relaciones distintivas de este sector con el Estado es que éste último trata al primero como un grupo que debe ser criticado. En Reino Unido (y muchas otros países) ha habido un consenso colectivo en tratar a aquellos que no trabajan o reciben subsidios del Estado, como seres demonizados que viven a expensas de los recursos de los demás y son penalizados moralmente. Esto es, aquel que no es bendecido por el dios trabajo, no tiene cabida en la sociedad u ocupará el lugar del humillado: “Ricky, ¿alguna vez has cobrado el subsidio por desempleo?” –“No, tengo mi orgullo, preferiría morir de hambre”.

EL TIEMPO, SIEMPRE EL PRECIADO TIEMPO…

El precariado, según Standing, se espera tenga una disponibilidad completa para el trabajo que se remunera y el que no, estar a la espera de recibir una orden a cualquier hora del día o noche. Y es aquí donde Loach también nos pone a un personaje sumamente complejo que reclama su propio lugar: la madre, Abbie. Enfermera dedicada al cuidado de ancianos enfermos, debe hacerse cargo de cubrir las necesidades de su propia familia, al mismo tiempo que estar a merced de sus empleadores. La situación se puede presentar más compleja si recordamos aquel texto de Rita Segato donde nos diferencía lo que es ser explotada y ser oprimida. Conceptos que de ninguna manera pueden ser intercambiables, pues ser explotada es una condición de clase de aquella persona que recibe un salario por su calidad de fuerza de trabajo, mientras que la opresión es una cuestión de género. Quienes seguimos realizando las labores de reproducción en casa somos las mujeres.

LA IDENTIDAD LABORAL

La versatilidad no siempre ha sido sinónimo de positividad. Además de que ahora se exige una especialización para los trabajos ofrecidos, se debe también ser todólogo. Esto es, hoy más que nunca hay que hacer e intentar un sinnúmero de actividades para encajar. Ricky ha trabajado en TODO: desde fontanero, electricista, hasta jardinero. La falta de una identidad ocupacional como la llamaría Standing, también es una característica propia de los trabajos actuales. La rotación y transitoriedad de la que se habló al inicio es una de las razones por las cuales hay que invertir mucho más tiempo en aprender un oficio, que en mantenerlo; “la confusión en las comunidades ocupacionales atraviesa toda la era de la globalización y ha creado un trauma”…

Bibliografía:

ECHEVERRÍA, B. (2011) «Lejanía y cercanía del manifiesto comunista a ciento cincuenta años de su publicación» en Ensayos Políticos: textos políticos, Quito, Ministerio de Coordinación de la Política y Gobierno Autónomos Descentralizados.

MARX, C. & ENGELS, F. (2010) El manifiesto del Partido Comunista (1a ed., 5ta reimp) ,adrid, Akal.

STANDING, G. (2014) «¿Por qué el precariado no es un concepto espurio?» en Sociología y Trabajo, Nueva Época, Núm. 82, Otoño, Siglo XXI Editores.

STANDING, G. (2014) EL precariado: una carta de derechos, Capitán Swing.


Fernanda Rojas estudió la licenciatura en Etnología por la Escuela Nacional de Antropología e Historia. Sus líneas de investigación son la Antropología del trabajo, Estudios laborales y de Desigualdad económica. Se ha desarrollado como profesora adjunta en cursos como «Cultura y Trabajo: una perspectiva antropológica» en dicha institución. A la par otro de sus intereses es el cine y ha laborado como asistente de Sonido Directo para la producción audiovisual; así como organizadora y Coordinadora de comunicación en Sala Gámez, un espacio alternativo para la proyección, difusión y reflexión del cine latinoamericano en toda su complejidad, con sede en Ciudad de México. Síguela en Instagram, aquí.


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