El título de este análisis es una frase dicha por Guillermo del Toro en una de sus múltiples cátedras creativas y personales disfrazadas de entrevistas, la cual resume a la perfección no solamente lo que es su última película, sino lo que ha sido la construcción de toda su filmografía desde lo más profundo de su entraña, de su mente y de su corazón.

Dr. Victor Frankenstein.
A estas alturas podría parecer que está de más explicar quién es Guillermo del Toro, pero para quien no lo conozca tan a profundidad, Guillermo del Toro Gómez fue un niño de Guadalajara sumamente cercano a su [tía] abuela, Josefina Camberos, sin dejar de lado la presencia de su tío abuelo, Julio Sierra. De ellos aprendió el gusto voraz por la lectura, los cómics, el dibujo, el melodrama y el mundo sobrenatural con todos los matices que conlleva: cuentos de fantasmas, las amenazas con exorcizarlo, las películas de terror, la religión —que terminaría en una contrafobia por el catolicismo— y, el más importante de todos, los monstruos. De ahí, quizás, el posicionamiento de su Dios como el ente que sólo el monstruo más atroz de todos juega a ser, y ese monstruo está en el hombre.
El Guillermo niño que vivió durante largas temporadas en casa de sus abuelos, temeroso de los largos pasillos en los que escuchaba a alguien suspirar, plenamente consciente del color verdoso del mosaico del baño de su abuela, atento a los patrones característicos del piso de Guadalajara y su arquitectura neogótica que le diferenciaban de otras ciudades, dejó que le pasaran los años por encima para continuar siendo ese niño que contaba sus propias historias ya convertido en cineasta bajo los títulos de Cronos (1993), El Espinazo del Diablo (2001), El Laberinto del Fauno (2006), Crimson Peak (2015) y The Shape of Water (2017), sus películas más personales, autorales y artesanales, amalgamadas por un tema particular: la criatura que no es monstruo y el humano que juega a ser Dios.

Ya sea enmarcados dentro de la Guerra Civil o el Guadalajara suburbano, la línea es clara en las tres primeras películas: niños [Aurora, Carlos y Jaime, Ofelia] que se confrontan con los horrores de sus respectivos contextos y terminan como aliados de aquel al que supuestamente le deben temer [vampiros, fantasmas, faunos] con el fin de vencer al hombre pulcro e impecable que resulta ser la verdadera bestia [De la Guardia, Jacinto, Capitán Vidal]. Esta primera triada construye un puente por medio de Crimson Peak —que pareciera ser la base del diseño de vestuario a posteriori para Del Toro— y The Shape of Water —situada en tiempos de la Guerra Fría— para marcar la evolución de Guillermo hacia la triada que determinaría su yo como narrador adulto siendo un reflejo, también, de un punto de quiebre en la vida personal del cineasta y que significaría la separación de esa visión infantil. Fue en esta última película en la que el alquimista retomó a las niñas Aurora y Ofelia para convertirlas en una mujer adulta que también buscaba rescatar a una criatura hermosa —dentro de su diferencia— de las garras del humano podrido que juega a ser deidad añadiendo una novedosa dimensión romántica y erótica que el tapatío ya había dejado ver en su cumbre escarlata.

El narrador adulto se cimentó en una nueva triada de adaptaciones que comenzó con Nightmare Alley (2021), en la que el tema de los monstruos tomados como atracción y divertimento del hombre aprovechado se hace presente; Pinocchio (2022), con la que los cuestionamientos alrededor de la paternidad que rondaban la cabeza de Del Toro salieron a flote; y ahora su Frankenstein, película con la que por fin da a luz al que, irónicamente, es su propio monstruo, pero también su propio Dios; en la que se pone a sí mismo como la creación engendrada, pero también como un padre que no sabe cómo serlo.
La Criatura.
Entre esquemas de iluminación, codificación de color, diseño de vestuario, escenografías, técnica, y, principalmente, pensamientos recurrentes dando forma a sus temáticas y psicología de sus personajes, la edípica versión de Del Toro es la conjunción de todos los elementos previamente vistos en su filmografía, en ciertos momentos, casi como un vicio repetitivo. Hablar de su Frankenstein ya ni siquiera es hablar de una adaptación que busque ser fiel a la novela de Mary Shelley —y no tendría por qué—, sino que busca ser fiel a sí mismo, por lo que esta nueva versión del monstruo que lo ha conmovido desde niño significa la llegada a la autorrealización para su creador, pero al público no le ofrece mucho más de lo que Del Toro no nos haya dejado ver en lo que ha venido contando por más de treinta años a sabiendas de que, para Guillermo, la forma también es fondo de manera determinante, por lo que la estilística de su Frankenstein va más allá de una reiteración superficial que ya borda en lo cansina.
Si hay algo que la destaque de entre sus películas previas es que, esta vez, el artesano ya no opta por los efectos visuales para meros retoques a los detalles, sino que se recarga mucho más en ellos para la creación atmosférica y de las amenazas naturales. Por momentos, la yuxtaposición de los mismos con los efectos prácticos funciona para evocar las sensaciones de aquella manufactura teatral característica de las películas clásicas con las que creció y que es respaldada por el brillante trabajo de Alexandre Desplat en la banda sonora que, de igual forma, remite a la musicalización de los monstruos de la Universal; sin embargo, en otros tantos momentos, la artificialidad brota como mayor novedad en esta versión.

Guillermo del Toro casi nunca ha tenido tropiezos a la hora de reclutar a los actores adecuados para sus personajes. En este caso, ha escogido con precisión quirúrgica al trío principal encargado de poner en pantalla un errático triangulo romántico precedido por una fuerte carga edípica ante lo que implica la pérdida del mayor objeto de deseo: la madre. El guatemalteco Oscar Isaac ejecuta a la medida a la encarnación misma del desquicio desenfrenado llamado Victor Frankenstein, el doctor cuya obsesión por el poder que otorga el crear vida deriva en la locura absoluta que convierte al hombre en el verdadero monstruo.
Si hay un arquetipo que Guillermo ha santificado a lo largo de su filmografía casi como si fueran figuras sacerdotales, es al respectivo doctor dentro de cada una de sus historias [Dr. Cáceres, Dr. Ferreiro, Dr. Hoffstetler] como los sabios bondadosos condenados a finales trágicos por defender lo que ellos entienden por justicia. El médico, el hombre de ciencia, que tiene que ser correcto y exacto, pero que no se libra de tener su sombra. En esta ocasión, es esa sombra la que Guillermo saca a la luz y enaltece por medio de una obsesión destructiva cargada de ese melodrama tan mexicano por traer de regreso a la vida a su más grande amor, interpretada por la británica Mia Goth, cuyo expertise en el doble personaje la llevó a interpretar tanto a Claire Frankenstein, la madre de Victor y William Frankenstein, como a Elizabeth Lavenza, la prometida de William años después. Entre la dirección de Guillermo y la fotografía de Dan Laustsen, Goth se plasma en pantalla como un bellísimo retrato de sobriedad, de esa de la que muchos la creen incapaz, contraponiéndose y detonando el desequilibrio en la psique del Dr. Frankenstein como el nuevo objeto de deseo que, una vez más, no puede tener.

Elizabeth, lejos de fascinarse por quienes la desean, se deslumbra por esa figura humanoide de apariencia inmaculadamente bella y monstruosa —característica en los monstruos de Guillermo— que vive en las penumbras subterráneas del laboratorio de su cuñado y que en realidad es llevada a la vida por Jacob Elordi. Si hay algo en lo que el australiano destaca ampliamente en esta película, es en cómo dota de ternura y sensibilidad a su versión del que muchos consideran ‘‘monstruo’’ y las cuales son explotadas principalmente en conjunto con Mia Goth. Por otro lado, está el instinto devastador de aquel que ha sido creado para vanagloria propia y que compagina con el trabajo exacerbado de Isaac para crear esa fuerza de la naturaleza que Del Toro entiende por «monstruo». Cada uno de los protagonistas está en su propio tono y es justamente por eso que, entre ellos, funcionan como un engranaje correcto en pantalla a nivel interpretativo.

Dicho por él mismo, como hombre, ha pasado de ser el Guillermo hijo para convertirse en el Guillermo padre, proceso que no lo ha eximido del conflicto personal como el humano que no ha dejado de ser a pesar de haberse convertido en deidad mexicana inclusive más venerada que aquellos que su abuela alababa. Lo mismo ha sucedido con el Guillermo narrador y su paso de niño a adulto, pero ese adulto ya está caminando en círculos.
Guillermo fue dejando las piezas sueltas de su propio Frankenstein a lo largo de más de diez largometrajes como si fueran las partes que darían vida a su propia criatura cuando el momento preciso llegara. Él no hace películas sobre monstruos, sino que cuenta las historias de vida de los monstruos con todo y la belleza que su naturaleza destructiva carga a cuestas. No los santifica, pero si los libra de pecado, así como ellos lo hicieron con él cuando era niño y le permitieron ser imperfecto porque nadie puede ir en contra de su propia naturaleza. Frankenstein del 2025 es la culminación de la obsesión de toda una vida y, como parece indicar su plano final, también significa el cierre de una etapa para Guillermo del Toro que pinta para ir en búsqueda de una muy necesaria evolución como narrador y artista. Ojalá sea así.
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