El Rey León: El Musical – Crónica


Adentrarse en las cuadras de lo que algunos llaman «Slim City» es enfrentarse a una radiografía andante y viva de la historia del magnate siendo contada en el México contemporáneo. No es un lugar que se transite a pie de manera regular; es un entorno sacado de lo cotidiano donde ves pasar autos de lujo entre las viejas vías del tren y el ajetreo usual de los automovilistas con los semáforos. Caminar por ahí implica pasar por el acuario y ver la grandeza del Soumaya reflejar la luz del día, o dejarse guiar por los LEDs de los alrededores en la noche. Plaza Carso emerge como el corazón de una mini metrópolis que te lleva directo al recinto al que has llegado y desciendes. El Teatro Telcel, cobijado entre Carso y Soumaya, es un espacio de dos niveles y menos de 1500 espacios, con la capacidad única de albergar un pequeño escenario que se vuelve titánico con las puestas en escena. Era la primera función de las 4:30 pm de un sábado especial, el día de la marcha del Pride; afortunadamente, la ruta esquivó los cortes viales de la diversidad LGBT que inundaba el centro de la capital. Al bajar las escaleras del recinto y pasar el filtro de seguridad, te topas con el ya famoso y clásico grito de “¡BOLETO EN MANO, JOVEN, POR FAVOR BOLETO EN MANO!”. Superado el filtro, los lobbys del lugar te reciben envueltos en los colores del póster por todos lados: el amarillo con negro y la tipografía oficial de la obra, mientras kioscos con mercancía, botana y coctelería decoran las estanterías con cubetas con el logotipo, y los miembros del staff buscan venderte todo y llevarte a tu lugar en cuanto entras.

La maquinaria suiza de la producción comenzó a rodar de manera milimétrica. A las 4:40 pm en punto, la poderosa voz de Nokulunga Madlala (actriz sudafricana que engalana el elenco) en el rol de Rafiki abrió el escenario. El inicio de El ciclo sin fin es una irrupción física colectiva: los actores y actrices emergen de los costados del backstage y algunos salen directamente a las filas de la parte inferior de las butacas. Ver un elefante a escala real, conformado en cada pata por un actor, elevarse desde las butacas hacia el escenario para culminar la canción mientras la escenografía, el resto de los animales y la música siguen en crescendo, provoca un impacto visceral. Al acabar la primera canción, no niego que experimenté en carne propia un retumbe precioso a la infancia; una emoción directa en el pecho que, para mí, sentimental y cursi, se consolidó como un gran momento. Sentía los párpados listos para llorar, pero aún no; aún faltaba todo el camino restante.


Bajo la dirección musical del maestro Edgar Ibarra, el foso frente al escenario albergaba a la mayoría de los músicos con el score clásico de Hans Zimmer. Sin embargo, la genialidad técnica radica en que las percusiones, bongoes y batería se encuentran ubicados en dos palcos que sobresalen en la altura a los costados externos del escenario. La música te lleva y vibra en cada rincón de la sala sin llegar a aturdir. Todo el sonido y la mayoría de las voces del elenco operan como una orquesta completamente sincronizada que tiene todo cronometreado al detalle, desde los ruidos ambientales de fondo hasta los músicos decorando algunos diálogos con sonidos y la ecualización adecuada para atender a cada escena que retratan.

La magia del teatro también radica en las ingeniosas formas en las que se crean escenarios entre el juego de luces, escenografía móvil en tiempo de escena y, sobre todo, el cómo los ensambles juegan con nuestra imaginación para hacer que la obra viva. Es a través de estos cuerpos en movimiento y transiciones lumínicas que la sabana africana cobra volumen real ante nuestros ojos. En este despliegue, las primeras interacciones familiares nos devuelven la majestuosidad de Mufasa, personificado por Pisano. Posee una voz enigmática, hipnótica, profunda y grave; un padre con la personalidad exacta para transmitir el amor, el poder y el respeto del león mientras gobierna todo lo que la luz toca. Su interpretación en la canción sobre los Reyes del pasado se convierte en uno de los pilares emocionales del primer acto, dándole un peso místico a la herencia del pequeño Simba. Momentos así contrastan con la participación de Ariel Bonilla como Zazú, quien se consolida de inmediato adueñándose del ritmo escénico con una agilidad vocal impecable y regalando un chiste local muy nuestro al asegurar enérgicamente que «no piensa jubilarse en el Zoológico de Chapultepec», son los que le ponen los matices a la historia, la mezcla original entre la historia de esta tragedia y los momentos amenos y graciosos.

El quiebre de esa armonía llega pronto con la presencia de las hienas hambrientas. Su aparición introduce una atmósfera salvaje, donde la partitura orquestal se sacude para dar paso a un despliegue de batería pesada combinada con riffs de guitarras eléctricas, subrayando el peligro y el caos de las tierras oscuras. Este preludio de rebelión se consolida formalmente en Be Prepared («Listos Ya»). Aquí, el actor Carlos Quezada, quien da vida a Scar y se carga un vocerrón colosal, se apodera del escenario. La icónica marcha militar del villano adquiere un imponente toque orquestal que resuena con una solemnidad temible en cada rincón de la sala.


La tensión dramática llega a su punto más alto con la tragedia que marca la infancia de Simba. La canción dedicada a la muerte de Mufasa actúa como un bálsamo fúnebre que congela por completo el ambiente del teatro, sumiendo al público en una incómoda y densa quietud. Es el punto de no retorno. Justo en ese momento de desolación, el libreto nos arroja de lleno al exilio y al dolor del protagonista. La interacción de Simba con Timón (Eli Nassau) y Pumba (Sergio Carranza) entra a escena para rescatar al espectador de la densa atmósfera de ese trauma familiar. Carranza da vida a un Pumba que es una chulada absoluta; adaptado bajo el carisma y el arquetipo de la comedia popular al estilo de «Albertano», no tuvo un solo diálogo donde hablara en el que no hubiera risas unísonas en la sala. Cuando llega el momento de peligro donde deben distraer a las hienas, el clásico baile con falda de la película es sustituido por un Timón que grita: “¿Quieres que cante La Bamba?”. Efectivamente, el dúo dinamita la tensión cantando una divertidísima versión de la emblemática melodía veracruzana, modificando la letra para cerrar al ritmo popular de «Pumba, Pumba». Estos cambios y variantes regionales, aunque sí llegan a doler un poquito en el fondo de la infancia, terminan por construir un alivio cómico sumamente efectivo antes de cerrar el primer acto, y a la par, este es el momento en que pasamos del actor que interpreta a Simba joven, César Alexander, al actor Juan López Boyadjian, quien hará de Simba la segunda mitad.

Al pasar exactamente una hora de función, un intermedio de 15 minutos sirvió para despejar la sala antes de regresar al mundo animal a las 6:00 pm. El retorno de la segunda mitad repitió la inmersión espacial: miembros del staff salieron portando una especie de papalotes con aves de papel que daban vueltas sobre varas elevadas, decorando el regreso al escenario y envolviendo por completo al espectador en la atmósfera de la sabana. No obstante, la madurez del guion se asienta cuando Scar revela sus verdaderas intenciones: el giro donde el tirano busca activamente una reina para tener cachorros y asegurar su dinastía política le añade una capa de peligro político brillante. Esta tensión se estructura musicalmente de forma magistral: la antigua canción de Mufasa sobre el tiempo y el ciclo sirve como la base trágica e instrumental para que Nala (Majo Domínguez) cante sobre la desgracia de la desolación que causa Scar en el reino. Es un contrapunto perfecto que empalma con la posterior canción que Simba, en su etapa madura, le dedica a la memoria de su padre ausente en su reencuentro con el pasado.


Frente a la densidad de estos lamentos, la sabiduría ancestral de Rafiki vuelve a conectar los hilos espirituales. Es un portento de personaje: a pesar de que no se le entiende la mayor parte del tiempo por el uso de dialectos africanos, su sola corporalidad y su interpretación vocal de Él vive en ti es capaz de transmitir un poder descomunal al mostrarle a Simba su propio reflejo en el agua. La historia escala directo hacia el enfrentamiento definitivo; una batalla final que explota en el escenario retomando los arreglos distorsionados de guitarras y el retumbar agresivo de los bombos que marcan la caída de Scar, todo un deleite de variaciones y arreglos musicales mientras los actores, escenografía y arneses hacen que el regreso del legítimo Rey empiece a cerrar con broche de oro.

Al llegar el cierre, la ovación final dejó en claro las pasiones del público. Curiosamente, no hubo aplausos tan estruendosos en la sala como los que se llevaron las hienas, quienes lucen unas máscaras sumamente detalladas que asemejan, junto con el diseño de Pumba, a las versiones más fieles de la película animada. A la par de ellas, Scar, Zazú y Pumba se robaron por completo los vítores y los gritos de la gente al salir a hacer su caravana de despedida.

A las 7:10 pm las luces de la sala se encendieron por completo. Fue en el desalojo de las filas donde se hizo evidente el verdadero e íntimo fenómeno sociológico del teatro. A nuestras espaldas, un chico abrazado por su pareja tenía lágrimas en todo el rostro; ella no dejaba de darle besos en la mejilla y de sostenerlo sobre su hombro, mientras él seguía con la mirada maravillada, fija en el vacío de lo que acababa de vivir. En los pasillos de salida hacia la plaza, no vi a una sola persona que se marchara indiferente. Se vivió en carne propia un choque generacional armonioso: los adultos mayores que ya eran grandes cuando Disney sacó la película en 1994, los que fuimos niños y crecimos con ella teniéndola en la tele desde hace años, y las generaciones más jóvenes que no pertenecen a esos tiempos; todos salíamos con la misma sonrisa de satisfacción y los mismos comentarios al recordar los momentos que más nos hicieron reír. El Rey León retumbó en todo, mientras demuestra que las historias se sostienen en su reinvención; concebido como un arte vivo, mutante y preciso como un reloj suizo, el teatro sigue desbordando un alma y un carisma capaces de hacer que nuestros recuerdos rujan con más fuerza que nunca. No puedo dejar de recomendarlo como una experiencia divertida y digna de vivirse.


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