Resulta casi insolente hacer una película sobre el Día D sin convertir el desembarco en el centro de la película. Después de todo, ¿qué podría competir con las imágenes que el cine ya nos ha dado de la batalla de Normandía? Las lanchas acercándose a la playa, los soldados vomitando de miedo, las ametralladoras alemanas, los cuerpos cayendo al agua, la arena convertida en matadero. Steven Spielberg hizo minutos que fueron una experiencia física y casi insoportable en Saving Private Ryan. Antes de él, The Longest Day, dirigida por Ken Annakin, Andrew Marton y Bernhard Wicki, convirtió la invasión en una gigantesca maquinaria con docenas de personajes y escenarios.

La Operación Overlord parece, a estas alturas, un territorio cinematográfico consumadamente explorado. Por eso resulta tan estimulante que Día D: Bajo presión decida contar otra cosa. O, mejor dicho, que decida contar lo que ocurre antes de que empiece la película que todos conocemos.
Anthony Maras retrocede 72 horas y coloca la guerra en un lugar inesperado: una habitación donde unos hombres miran mapas, discuten sobre nubes, presión atmosférica, viento y mareas mientras afuera se prepara la mayor invasión anfibia de la historia. El problema parece insignificante hasta que comprendemos la escala de la decisión: si se equivocan con el clima, pueden enviar a miles de hombres directamente hacia una catástrofe. Y ahí está la primera gran virtud del guion escrito por Maras y David Haig, en transformar la incertidumbre meteorológica en un mecanismo de suspenso.

En una película bélica convencional, la tensión suele venir de aquello que sabemos que va a ocurrir, en este caso, sabemos que los soldados desembarcarán, sabemos que habrá muertos, sabemos que los alemanes están esperando, que las balas llegarán. El suspenso consiste entonces en descubrir cómo sucederá y quién sobrevivirá.
Aquí ocurre algo mucho más interesante porque sabemos perfectamente qué va a pasar, pero no sabemos cuándo. Eso hace que el enemigo en la película sea la incertidumbre y no el ejército alemán.
Es una tormenta la que puede modificar la historia. Son ráfagas de viento las que pueden convertir una operación cuidadosamente planificada en un desastre. El pronóstico del clima equivocado podría costar miles de vidas. Y, sobre todo, nadie posee la certeza suficiente como para decir: “Lloverá”.

La película entiende muy bien que, ante una decisión tan grande, la ausencia de certeza puede resultar mucho más angustiosa que la certeza de una batalla. El gran hallazgo consiste, entonces, en hacer que mirar el cielo resulte tan tenso como mirar una ametralladora.
Y buena parte del mérito corresponde a Andrew Scott. Lo que es yo, dónde veo su nombre, entro sin preguntar. Es un actor fascinante y extraordinario, su James Stagg no es el héroe tradicional del cine bélico, no tiene una tropa bajo sus órdenes, no empuña un arma y no parece particularmente interesado en agradarle a nadie, ni en obedecer a nada que no sea su procesamiento de datos. Es un hombre cerebral, obsesivo, incluso áspero, cuya autoridad depende de algo tan frágil como un cálculo científico que puede equivocarse. Scott interpreta esa fragilidad sin convertirla en debilidad.

Su personaje parece estar siempre a punto de quebrarse, pero nunca termina de hacerlo. Lleva dentro una tensión contenida que funciona como un barómetro humano: cuanto más aumenta la presión alrededor, más rígido se vuelve. Es asombroso ver cómo este actor no necesita grandes discursos para comunicar que ese hombre (su personaje) entiende perfectamente lo que está en juego. Y su angustia bambolea originándose no solamente en el temor a equivocarse; sino también en el de tener razón y no conseguir que los demás le crean. Y esa diferencia es fundamental porque él hace del silencio una herramienta dramática convirtiendo cuestiones aparentemente áridas en pequeñas batallas.

Pero la película no funcionaría igual sin Brendan Fraser. Como Eisenhower, Fraser es el hombre que carga con la decisión final. Eisenhower representa la responsabilidad política y militar de la Operación. Entonces, la tensión generada en la interacción de ambos personajes es genial, porque uno puede decir “el clima no es seguro”; y el otro tiene que decidir qué hacer con esa información.
Fraser entrega un General Eisenhower lleno de autoridad y seguridad, pero al mismo tiempo un hombre cansado y con miedo. O sea, llenarlo de humanidad es importante porque Eisenhower no está eligiendo entre una decisión correcta y otra equivocada. Está escogiendo entre distintos tipos de riesgo. Retrasar la invasión significa modificar un gigantesco dispositivo militar; pero lanzarla con malas condiciones meteorológicas puede significar condenar a miles de hombres.

Creo que es ahí donde Brendan Fraser encuentra una de las mejores dimensiones de su personaje, la autoridad del General no elimina su incertidumbre, y el contraste entre ambos actores sostiene buena parte de la película. Con esto no quiero decir que la película no pueda sostenerse a sí misma con su guion, sino que es ahí donde el guion encuentra su verdadera materia dramática, porque no se trata solamente de meteorología, se está hablando de responsabilidad.
Esto también explica por qué Día D: Bajo presión resulta distinta de las películas que han contado este episodio desde el campo de batalla. Spielberg lo convirtió en una experiencia sensorial muy angustiante con barro, sangre, ruido, cuerpos, confusión. Maras hace algo casi antitético en películas de guerra, él busca reducir la escala física para aumentar la presión dramática.

Cuanto menos vemos de la batalla, más imaginamos sus consecuencias. Incluso se permite acercarse al desembarco solo después de asegurarse de que los espectadores ya hemos comprendido el peso de la decisión. Y eso hace que el efecto cambie porque ya no observamos simplemente soldados entrando en combate, estamos viendo el resultado de una discusión que hemos presenciado durante buena parte de la película.
Amigas y amigos cinéfilos, el cielo, en esta película, es argumento. Quizá por eso el suspenso funciona mejor en los momentos en que la película confía en sus actores y en su situación que cuando intenta subrayar emocionalmente lo que estamos viendo. Ahí creo que se encuentran las imperfecciones en la ejecución. En momentos la puesta en escena y la banda sonora parecen decirnos con mucha insistencia que debemos estar tensos, cuando la propia premisa ya tiene suficiente fuerza. O sea, en ocasiones conserva demasiado de su origen teatral.

Pero incluso con esas irregularidades la apuesta cinematográfica es admirable y se apoya muchísimo en el guion. Otra vez, sabemos que el Día D ocurrió. Sabemos que Eisenhower dio la orden. Sabemos que las tropas desembarcaron. Sabemos incluso que Stagg tenía razón al advertir sobre las condiciones meteorológicas y sabemos que por eso la invasión terminó posponiéndose del 5 al 6 de junio. La Historia en su relato nos ha quitado el misterio y Maras escribe un guion que inventa ese misterio de otra manera, partiendo de una pregunta que parece sencilla: ¿y si mañana no es buen día? A partir de ahí, cada nube se vuelve una amenaza, cada pronóstico es una apuesta y cada minuto de espera recibe el peso de una decisión histórica. No hace falta mostrar miles de soldados para hablar de una batalla, basta mostrar a un hombre mirando el cielo y a otro esperando que le diga si es posible comenzar.
Por todo eso, Día D: Bajo presión merece ser vista en cine. Es un episodio poco conocido de la Segunda Guerra Mundial, y además está contado de una manera original y humana. Es una película para quienes disfrutan del cine histórico, quizá también para quienes disfrutan del cine bélico; pero también para quienes aman los guiones que tienen la capacidad de convertir conversaciones en campos de batalla. Y, por supuesto, es una cita obligada para quienes seguimos al capo Andrew Scott allí donde aparezca y para quienes celebramos este gran momento de la carrera de Brendan Fraser, un actorazo que siempre consideré fue incomprendido e infravalorado por la industria del cine.
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