El poder de la red (2026): la ilusión de control

La semana pasada me invitaron a un screening especial de The Social Reckoning, o El poder de la red, título en español con el que la más reciente película de Aaron Sorkin se estrena este jueves 22 de octubre en los cines de Bolivia y México.

Quiero empezar hablando de Aaron Sorkin, el guionista: una institución, por no decir un subgénero cinematográfico en sí mismo. Porque hay una diferencia considerable entre el Sorkin guionista y el Sorkin director, y creo que se hace evidente cuando comparamos películas que ha escrito y que fueron dirigidas por cineastas de la talla de David Fincher y Danny Boyle. La falta de esa mirada visual —ya no verbal— capaz de crear subtexto es quizá lo único que le observaría a esta película, como también se lo observé a El juicio de los 7 de Chicago.

Porque una cosa es escribir un diálogo que nos permita comprender lo que un personaje piensa y otra, bastante distinta, encontrar una imagen que nos haga desconfiar de lo que dice y sospechar lo que no dice. El cine tiene esa posibilidad de revelar detalles, incluso cuando los personajes no hablan, que van construyendo una segunda lectura y a veces se trata solo de una decisión de encuadre. En Sorkin, al menos en estas películas que menciono, tengo la impresión de que la palabra llega primero y la imagen queda con frecuencia a su servicio. Y no es que deba ser a la inversa, sino que se debe aprovechar que en el cine se puede decir más de una cosa al mismo tiempo.

A nivel verbal, por favor, nada que señalar: es Aaron Sorkin. Gramaticalmente solvente, diálogos envolventes, abundantes y ricos. Yo voy a abundantes y ricos, aunque tengo amigos cinéfilos que lo consideran insufrible por su inagotable verborrea. A mí me hipnotiza. Percibo coreografías en sus diálogos, un ritmo que convierte las palabras en acciones. Por eso mismo creo que un director con potencia visual puede hacer magia con sus guiones.

En fin, quizá el valor de esta película, concebida como una especie de continuación de La red social, sea justamente ese: Sorkin creando dilemas morales dentro del ecosistema de Mark Zuckerberg. Esta vez, la historia se centra en Frances Haugen, la exempleada de Facebook que filtró documentos internos y contribuyó a destapar las prácticas de la compañía. El guion toma como punto de partida los hechos que dieron origen a The Facebook Files, la investigación periodística publicada por The Wall Street Journal en 2021.

Esta es una de las cosas que hace más interesante a la película: ¿qué hace el cine con hechos que ya conocemos o que creemos conocer? Si la historia parte de documentos filtrados o investigaciones periodísticas, la intriga no depende solo de descubrir qué pasó. También depende de cómo se ordenan los hechos, a quién se le da la palabra y desde qué perspectiva se nos invita a juzgar los hechos y los personajes. O sea, el verdadero campo de batalla en esta película no está en lo que Facebook hizo o dejó de hacer, sino en cómo esa historia llega a convertirse en relato público. La narrativa que se construyó alrededor.

No voy a hacer spoilers: buena parte de los hechos está documentada. El asunto central es la tensión entre los beneficios económicos de la empresa y las consecuencias de sus decisiones sobre la salud mental de los adolescentes, la circulación de la desinformación y la seguridad pública. Lo interesante es desde dónde Sorkin decide sostener la historia y construir el conflicto. Cuestionar la postura absolutista de Zuckerberg respecto de la libertad de expresión es un hilo fino, delicado, pero ofrece la posibilidad de tejer un entramado de consecuencias difícil de deshacer.

Para quienes participamos en este screening casi privado, todos de alguna manera vinculados al entorno periodístico, la película invita a reflexionar sobre la libertad de expresión desde una perspectiva ética y moral. Porque la libertad de expresión parece un principio sencillo de defender hasta que entran en juego los intereses de quienes administran los espacios en los que esa expresión transita. Las plataformas de redes sociales pueden presentarse como un lugar abierto para todos, esencialmente democráticos y, al mismo tiempo, tomar decisiones sobre qué invisibilizar y a qué hacerle eco. Ya no es solo establecer quién tiene derecho a hablar, sino quién controla las condiciones en las que unas voces se escuchan más que otras. O sea, ya no se trata tanto de establecer dónde están las fronteras de esa libertad, sino de qué están hechas y a qué santo le rezan.

Jeremy Strong y Mikey Madison están soberbios en sus papeles de Mark Zuckerberg y Frances Haugen, respectivamente. La música es de Alexandre Desplat. No tengo más que especificar: a él lo amo y lo adoro.

Y sí, vale la pena ver esta película en el cine, porque también vale la pena continuar el debate urgente que plantea sobre cómo las grandes corporaciones tecnológicas pueden moldear la opinión pública y debilitar los sistemas democráticos. Una cree que controla algo de su vida cuando entra en ese universo ficticio de las redes sociales. Vale la pena preguntarse si acaso no estamos controlando absolutamente nada; si no somos fichas en el tablero de un juego al que nadie nos invitó a jugar y del que ni siquiera somos espectadores.


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