Cuento: La torre y la montaña

Dios nos regaló la montaña, ¿Qué Dios? Ni él ni yo quisimos preguntar, en acuerdo secreto decidimos ofrecer la incógnita al oscuro cofre de los misterios. Quizás en ello radicó el problema. La montaña era un alto vientre, repleto de piedras y metales: Rubíes guardaban la luz del sol cantando su fuego carmesí. Los lapislázulis entonaban un arrullo más bien ultramarino, invisible y velado al ojo humano común.

De las entrañas de la giganta (montaña), emanaban ríos de deliciosa plata y grandes moles de refulgente oro. Dios (o el Dios) nos dio una sola indicación. Era muy tajante: No podríamos construir nada sobre la cima de la montaña, únicamente en las faldas. Sobre las tierras que el generoso Dios entregó, caían duraznos y peras como estrellitas dulces y jugosas. Tiernas bestias nos deleitaban con sus densas carnes. Era un reino de fertilidad, todo esto por supuesto, antes de aquello…

Todo se desencadenó cuando comía en mi desayuno un manjar (aunque manjar, aburrido): Huevo cocido con sal. Él (Dios) ya nos había concedido antes el milagro del fuego, nuestra montaña se deleitaba en danzas con ondinas, salamandras, gnomos y hadas sibilinas. El huevo en su blanca espesura derramó la gloria sobre mi paladar. El mar níveo de la cáscara paseó entre dedos y uñas y se rompió mientras revelaba el delicioso contenido de su interior, me sentí como despojando un secreto de todo ropaje, engullí en pocos segundos la clara, cubierta por una nevada fina de sal. La yema dorada y caliente era el centro de un Universo, yo pensé que devorando se conquista y neutraliza, en primigenio y profundo acto no reconocí que estaba equivocada.

Había comido un Universo entero. Todo para mí. Una sensación acuosa y expansiva se plantaba en mi vientre y mis miembros comenzaban a sentirse pesados, como llenos de tormentas o vidrios que se quebraban de a poco. Pero es necesario ilustrar una cosa que precedió a la catástrofe: Antes de la llegada del huevo blanco, (Él) Dios nos había mandado a la esponjosa gallina, la criatura que ronroneaba a los pies de nuestra cama por las noches. Primero nos había dado un huevo negro, plomizo. Lo vertimos ante su mirada e instrucción severas sobre la tierra. Luego aquella (gallina) dio un huevo escarlata, lo quebramos sobre unas ramas secas y un rayo encendió nuestro primer fuego. Llegó un huevo azul que tronamos un viernes sobre la corriente del río, dicha ofrenda nos regaló el sabor de la lluvia y el petricor humeante.

MELT - “Primordial Mother” (1985) by Johfra Bosschart (Dutch ...
Madre primordial (1985) Johfra Bosschart

Un huevo naranja que estallamos al aventar al aire, el cual luego lamió clara y yema en un torbellino, descubrimos así la brisa y nuestro primer arte, la música. Creo que me he comido el éter, de mis ojos comienzan a brotar borbotones de agua fluyente, mis brazos se extienden como raíces y en vez de pelo tengo un fuego que lame el techo de la casa.

Mi compañero ha visto la escena y con malicia me deja atada en mi estado de transformación delirante, en un éxtasis tan grande que casi duele, comprendo que el Universo soy yo, me he vuelto una matriz que explora sus posibilidades en la falda de una montaña de abundancias, de rubíes y lapislázulis que exaltan su belleza ante el cielo. Él (Dios) es
desobedecido cuando mi compañero planta un trono en la cima de la montaña, todo para mí y mi estado glorioso, la belleza que emana de mis carnes y huesos no puede ser oculta o relegada a los laterales de una montaña. Gozoso muestra su orgullo a Dios (El) y yo contemplo el éxtasis de una altura sofocante y liberadora. Un trono que es mío y doce estrellitas que orbitan sobre mi cabeza. El éter es difícil de contener. Una burbuja (o lo que se siente como una burbuja) nace desde las plantas de mis pies para subir hacia el centro de la cabeza, ahí dónde todo es púrpura y donde imagino una noche dónde dormíamos con la dulce gallina que cantaba en la aurora.

Una suave tempestad me despierta del sueño. Y aquel compañero se queda petrificado y en un estado lamentable, casi destartalado, me ve con una última sonrisa complaciente. En el éter se encuentra el amor, y una sola criatura que comprende el amor, es capaz de plantar esa semillita en el mundo e inundarlo del temor a la muerte, la rebeldía que no agrada a aquello Él (Dios). Todo era una trampa. El trono es construcción, es fijeza y trastoca la sacralidad de la montaña, mi compañero se vuelve un rígido pedazo de tierra cuadrada que crece y crece, formando un piso debajo de mis raíces. Una torre, que cuadrada, perpetúa la pérdida de mis paraísos.

El enigmático Tarot de Leonora Carrington: magia, misterio y éxtasis ...
La Torre, del tarot de Leonora Carrington

Cuando estoy arriba de la torre, sigo sin poder moverme. La gallina me ve de lejos y se posa sobre mi cabeza. Ya no quedo yo como sustancia individual, solo una lejana torre que se deshace en las alturas. Una gallina (la primera del mundo) salta para volar en confines vacíos. Eso sí, para desgracia de él “Dios” (¿Qué habrá sido aquél teatrero barato, sino un demonio?), la criatura que vuela conoció el amor y por tanto el temor y la rebeldía.

Si algún día nacen aquellos que ahora no me he atrevido a nombrar, unas criaturas que
predijeran antes las sibilas y ondinas borrachas de néctar reposado de flores, conocerán el amor, pues las gallinas cantan una posibilidad de Universos con sus huevos de colores y la vida se perpetúa, primero en la muerte de conquista, devorar como neutralización, y luego el parir como acto de muerte y espera hacia la vida.

Este cuento pertenece al libro «Cómo escapar de un jardín de Narcisos», se encuentra disponible en
https://edicionescolegas.cl/2026/05/27/como-escapar-de-un-jardin-de-narcisos/


Descubre más desde

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Deja una respuesta

Crea una web o blog en WordPress.com

Subir ↑