APUNTESdeCINE desde la Biennale 81

Por Felipe De Jesús Flores Sánchez

“No en tu lengua”

El triunfo de Pedro Almodóvar con The Room Next Door llega bañado con la polémica sobre el reconocimiento en forma de trofeo, solo hasta que se adaptó a las normas cinéfilas.

“A partir de ahora, no podría vivir sin este León”, apuntaba un visiblemente conmovido Pedro Almodóvar, que después de 40 años ininterrumpidos de carrera, lograba gestar, en forma de trofeo, el reconocimiento de uno de los festivales clase A, más antiguos del orbe, que pese a homenajes o reconocimiento, la realidad es que el cine español, desde los días de Luis Buñuel, con una coproducción, si me permiten apuntar, no ganaba para sí, uno de los máximos honores que el cine puede otorgar.

“Pero, sin embargo hasta ahora, hasta ayer, viví perfectamente sin él”, rescato está cita justamente por lo mismo del título de esta editorial, ya que The Room Next Door, un relato basado en la obra de Sigrid Nunez, donde abarcamos no solo los duelos y miedos que arroja un tema tan lleno de morbo como lo es la muerte, sino la posibilidad de buscar resarcir el término “bien morir”, con buenas actuaciones de este par de ejemplos de lo que es el término, “actrices de época” muy a nuestros tiempos, como lo son Julianne Moore y Tilda Swinton, sin embargo, lejos de la cruda del éxito, no es realmente uno de los filmes que marquen el pico del ciclo Almodovoriano, siempre acostumbrado a que nos entregue trabajos loables, sea cual sea el tema que toque, si bien, el hecho de que fuera su primer cinta en idioma anglosajón, fuera en mi caso, algo simplemente anecdótico, ya que toda la cinta tiene los colores, olores, sabores y humor de doble punta, muy acostumbrado al estilo de Almodóvar, ahora será inmaculado en el disentir, de ser su obra magna, por el hecho de ser laureada en la Biennale, pero por lo menos, otras 6 cintas del manchego, son superiores a está conmovedora cinta sobre los lazos de la amistad, empatía y ser un poco más humano en tiempos tan robóticos, tan convulsos, llenos de una religiosidad hacia la ultraderecha, que sencillamente me tienen muy taciturno.

La Biennale ha evolucionado, no se quiere quedar atrás en la agenda cinematográfica global, esa que ha cambiado, para bien o para mal, grandes citas como la Berlinale o Cannes, mismas que ahora incluyen en su mapa curricular, destacar los medio metrajes, series o contenido enfocado a los mercados del streaming, destacando la irrupción de las series presentadas por, oh sorpresa, otro español, como el siempre controvertido Rodrigo Sorogoyen, que ahora nos presenta sus lenguajes del amor, con la serie, Los años nuevos”, que incluso está conectada a la nueva cinta de Trueba, Volvereís, un digno ejemplo, donde podemos valorar estos contenidos, llenos de nuevas formas de expresar nuestros romances idílicos, mismo que fue uno de los momentos que más valore de la Biennale, amén del fiasco apocalíptico que presento Alfonso Cuarón.

Siempre nos dejamos guiar por los ganadores, nada más real que eso, de las cintas ganadoras y actores premiados con las copas Volpi, solo puedo apuntar a que sinceramente, no justifican su premio por su labor histriónica, filmes de agenda que lejos de aportar algo significativo al séptimo arte, solo parecen llevar alguna indicación dentro de una marca que no logro comprender, pero lo que si les puedo asegurar, es que fui testigo de dos filmes que son básicamente, un milagro en una época tan convulsa y llena de correcciones que no incomoden a la sociedad.

El primero de ellos es The Brutalist, del joven Brady Corbet, una nueva metaficción, al estilo de Vox Lux, donde nos presenta la biografía de un joven arquitecto, el flacucho de Laszlo Tóth, encarnado por Adrien Brody, ejemplo mismo de las resurrecciones de la vida, el hombre en cuestión, huye, dejando de lado su pasado con un reconocimiento laboral como arquitecto, para dejar atrás la pesadilla del nacional socialismo, además de fincar un nuevo futuro para su familia, sin embargo, en ocasiones, sale más cara la solución que el problema, misma situación que lo hará vivir en carne propia, los horrores del capitalismo, la traición y avaricia, desde en su aparente red de apoyo, hasta en su nuevo socio, el poderoso nepo baby Van Buhren, al que le da vida un terrorífico (ahora, si, en el buen sentido de la palabra) Guy Pearce, una cinta que nos recuerda aquel cine de época, ese que es inolvidable, que sin grandes presupuestos, actores de método y gente que aún cree en el cine, fuera del terrible CGI; un cuento moderno, de ese que nos contrapone los valores y la ética de la moral, de hasta dónde estamos dispuestos a caer por tal de encajar, por tal de buscar una nueva vida, pero con la única certeza de que no seremos realmente aceptados en ese nuevo nicho, por más que nos esforcemos en encajar, simplemente brillante.

Una de las emociones que también quisiera destacar, fue la cinta de la georgiana Dea Kulumbegashvili, April, con un tema que es muy obscuro como lo es el aborto ilegal, más si tomamos en cuenta, que la ginecobstetra encarnada por Ia Sukhitashvili, de nombre Nina, misma que nos lleva de la mano, en un filme onírico pero con mucha violencia, sobre las desgracias de ser mujer en Georgia, sea en la ciencia o en la sociedad, pero aún así, llevando con pundonor su deontología como medico, buscando siempre le beneficio colectivo.

La fotografía, delicadamente editada por Arseni Khachaturan, es hermoso y una maravilla, sobre todo cuando toma momentos polémicos como el seguimiento de un legrado en un magnifico plano secuencia, es uno de los momentos que más terror causaran durante este año. Producida por cierto con la bendición de Luca Guadagnino, que al menos, se llevo un éxito, después de su desventura homoerótica llamada Queer.

81 años de una Biennale que demuestra buscar adaptarse a los tiempos modernos, eso si, una cosa es adaptarse pero otra es cortar de tajo sus verdaderos valores, haciendo caso omiso al estupendo medio metraje de Alice Rohrwacher, que con su Allegorie Citadine, teniéndo como protagonista a nada más y nada menos que Leos Carax, nos demuestra que el salir de nuestra propia alegoría de caverna, es vivir felices de estar fuera de lo que el mundo exige, esperemos que vuelvan muchos de los valores que han hecho grande a la Biennale y no se caiga en esta exacerbada búsqueda del dinero yankeee, con producciones tan lastimeras como Ivory King pero eso es otra historia.

Felipe De Jesús Flores Sánchez es crítico cinematográfico y editor en jefe del medio Apuntes de cine. Síguelo aquí.


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