Mejor película internacional #Oscar2026: Habitar el silencio, notas sobre ‘Sentimental Value’ (2025) de Joachim Trier

Venía postergando ver esta película desde hacía meses, quizá por la intuición de que su densidad poética podía activar zonas para las que aún no estaba lista. Tengo películas que no las evito por falta de tiempo, sino por temor o presentimiento. Sentimental Value era una de ellas. Mi intuición no estaba equivocada.

Joachim Trier ha hecho una película profundamente conmovedora, delicada, contenida, sobria. Una película que no busca impactar, sino persistir. Desde su apertura, el film propone una ética de la mirada: la cámara recorre la ciudad y se detiene en una casa. No entra de inmediato. La rodea. La observa. La reconoce como algo que está vivo. Las ventanas aparecen primero como entradas posibles; luego, desde el interior, como ojos que miran hacia afuera.

No es un narrador quien nos guía: es la casa misma. O, más precisamente, una conciencia que la percibe como cuerpo. Nora —personaje eje del relato— se pregunta si a la casa le duele cuando algo se rompe, si prefiere estar llena o vacía, si recuerda. Habla de generaciones, de nacimientos y muertes ocurridos en el mismo espacio, como si el tiempo no avanzara sino se encogiera. Ese comienzo no es ornamental: es la clave de lectura de todo lo que vendrá. Trier nos dice, sin subrayarlo, que esta historia no será contada desde el hecho, sino desde la habitabilidad del dolor.

El parlamento que se repite: “Quiero encontrar mi lugar” no funciona como una línea de guion, sino como un verso. Un ruego. Una oración laica. La súplica de quien no cree, pero necesita dirigir su voz a algo o alguien para no desintegrarse.

La historia narra el regreso (o la imposibilidad del regreso) de Nora (Renate Reinsve) a la casa familiar tras años de distancia, enfrentándose a un espacio marcado por silencios heredados y tensiones no resueltas. Allí se reencuentra con su padre, Gustav (Stellan Skarsgård), un cineasta casi retirado que intenta volver a filmar mientras revisita una relación fracturada con su hija. El encuentro reabre heridas del pasado y pone en juego preguntas sobre pertenencia, memoria y legado, en un relato íntimo que explora cómo los vínculos familiares y los lugares que habitamos modelan nuestra identidad.

Podría decirse que Sentimental Value es una de las películas más celebradas del año. Pero eso sería quedarse en la superficie del consenso. Y si bien se ha hablado mucho de ella, prefiero detenerme en tres pensamientos que la sostienen en profundidad: la casa como cuerpo presente, el silencio como forma de defensa y el perdón como acto de liberación íntima.

La casa como cuerpo

En Sentimental Value, la casa no es un simple alojamiento para la historia. No es un decorado ni un símbolo abstracto; es un organismo vivo que acumula capas de afecto, desgaste y memoria. Las paredes y muros no separan los espacios ni a quienes los habitan, sino que los contienen. Las habitaciones no sirven para ordenar, sino para recordar. Hay algo profundamente físico en la manera en que este director filma los espacios, como si cada plano tuviera peso específico. El peso específico de una verdad.

La casa funciona como archivo emocional, pero no como nostalgia, porque lo que guarda no es amable. Es una memoria que duele y que insiste, como un cuerpo que ha sostenido demasiado sin poder decirlo. Las grietas, los objetos, los espacios vacíos o saturados dialogan con los personajes sin necesidad de metáforas explícitas. Aquí, el cine entiende algo esencial: el espacio también sufre.

No es casual que la pregunta inicial sea si a la casa le duelen algunas cosas que suceden en ella. La película entera gira alrededor de esa intuición: que los lugares cargan con lo que los cuerpos no pueden procesar del todo. Se trata de habitar el dolor. “No es la historia de mi madre”, repite Gustav en varias ocasiones para explicar la película que quiere filmar.

El silencio como coraza

Si el espacio habla, los personajes callan. Y ese silencio no es carencia, sino estrategia. En tiempos de exposición constante, Trier filma el silencio como una forma de cuidado; pero también como una trampa. Los personajes se contienen y no se explican. Administran lo que dicen porque saben que nombrar algo puede hacerlo irreversible. Y optan por el dolor que eso les provoca.

Narrativamente, la película elige la omisión antes que el melodrama. No hay grandes enfrentamientos ni catarsis. Hay muchas pausas, frases que no llegan a completarse, miradas que se desvían. El montaje respeta esos vacíos, no los corrige. La música aparece apenas, sabiendo que cualquier exceso podría ser una traición. La música es tan delicada como las emociones que acompañan al silencio.

Este silencio que funciona como coraza frente a la vulnerabilidad. Es un silencio que protege, pero también aísla. Trier no lo romantiza ni lo condena. Lo observa. Entiende que muchas veces el silencio no es negación, sino miedo a perder lo poco que aún se sostiene.

El perdón como acto liberador

El perdón, en Sentimental Value, no llega como una resolución narrativa ni como un gesto moral elevado. Ni siquiera tiene una palabra que lo nombre. No hay escenas diseñadas para cerrar heridas. Hay, en cambio, un desplazamiento casi imperceptible: una grieta que se abre en la coraza. Es la grieta luminosa que inaugura la primera escena dentro de la casa. Esa luz anuncia la versión quizá más elevada del perdón: la aceptación.

Perdonar aquí no significa absolver al otro, sino dejar de cargar con lo no dicho. Es un acto silencioso, profundamente íntimo. Un movimiento hacia adentro que libera espacio. Como si algo, finalmente, pudiera soltarse sin necesidad de ser explicado. Que es exactamente el movimiento final de Nora, correspondido con una leve sonrisa. Eso basta.

Este proceso también transforma el espacio. La casa —ese cuerpo saturado de memoria— parece respirar distinto cuando los personajes dejan de resistirse al pasado. No porque el daño desaparezca, sino porque deja de ocuparlo todo. Hay más luz, más claridad, más espacio para habitar. Aparece, por fin, “el lugar” suplicado.

Forma, ética y mirada

Desde el punto de vista formal, Sentimental Value es una lección de precisión. La cámara observa sin invadir. Los encuadres dejan aire. Siempre hay algo fuera de campo, algo que no nos pertenece del todo como espectadores. Esa decisión no es solo estética: es ética. La película respeta la oscuridad de sus personajes. No los fuerza a explicarse para nuestro confort. Nos deja el reto de aprender a leerlos.

En un cine contemporáneo obsesionado con la claridad emocional, el noruego Joachim Trier propone otra cosa: mirar con cuidado. Aceptar que no todo debe ser dicho. Que no toda herida necesita exposición para existir.

Sin duda, esta película no busca conmover de inmediato: busca quedarse conmoviendo. Como una casa antigua que, aun cuando creemos haberla abandonado, sigue habitándonos, nos pregunta —en voz baja— cómo habitamos nuestros vínculos, cuánto silencio usamos para protegernos y qué estaríamos dispuestos a perdonar (en nosotros mismos y en los demás) para, quizá, encontrar nuestro lugar en el mundo y en la vida.

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