Desde Columbine hasta Palestina, Scream 7 es la mancha de todo un legado.

La franquicia de Scream nació como una urgente revitalización al género de horror/terror/slasher que entre inicios y mediados de los 90 se encontraba en absoluta agonía ante la falta de propuestas que lo dignificaran y que, a su vez, llevaran gente a las salas.

Se necesitaron de las manos de un absoluto enamorado del miedo como lo era Wes Craven para revivir al muerto de la mano de Kevin Williamson y un guion que surgió después de adaptar una novela infantil llamada I Know What You Did Last Summer que se mantenía engavetada hasta ese momento. Así fue como surgió la originalmente titulada Scary Movie, una historia sobre las maldiciones familiares que no son sobrenaturales sino tan terrenales como las bajas pasiones que hunden a todas las ramas de un árbol genealógico en consecuencias transgeneracionales y que rompió la taquilla, se ganó tanto al público como a la crítica y desencadenó un fenómeno que al día de hoy ha sido irrespetado grotescamente por manos ajenas dominadas por intereses propios.

Dicho todo esto, desde su origen, la saga nunca ha estado exenta de controversia sociopolítica ya sea como presunta generadora de un impacto negativo en su contexto o como el reflejo satirizado de la realidad que vive la generación en turno:

En los años subsecuentes a su estreno en 1996, la primera entrega y sus respectivas secuelas fueron acusadas de inspirar e incluso inducir varios asesinatos. Quizás el vínculo más mediático de Scream con un crimen violento —hasta ese momento— eran los señalamientos que la acusaban de servir como inspiración para la masacre del Instituto Columbine en 1999, en la que dos jóvenes, Eric Harris y Dylan Klebold, abrieron fuego dentro del campus con un resultado de 13 personas fallecidas (12 alumnos y un profesor), 24 heridos y concluyendo en el suicidio de ambos infractores. A pesar de las acusaciones y la presión mediática, nunca se pudo confirmar una referencia directa por parte de los responsables a la película.

Acorde al libro Inside the Mind of a Teen Killer de Phil Chalmers, el primer caso comprobado como influencia directa de la película en un crimen violento data de 1998 cuando Jessica Holtmeyer, de 16 años, y su amigo Aaron Straw, de 19, colgaron de un árbol a una niña de 15 años para golpearla y asesinarla con una roca en Pennsylvania. Según un testimonio del juicio, Jessica comentó que ‘‘sería divertido colgar a alguien’’ justo después de ver la película Scream, cuya secuencia inicial consiste en el asesinato del personaje de Drew Barrymore y cuyo cuerpo es posteriormente colgado de un árbol. También se argumentó que después de llevar a cabo el asesinato, Jessica comentó: ‘‘me gustaría hacerlo de nuevo’’, así como que le hubiera gustado conservar uno de los dedos de la víctima como recuerdo.

Un año más tarde, en 1999, la BBC News reportaba el caso de dos adolescentes ingleses que apuñalaron 18 veces a un amigo suyo inmediatamente después de ver parte de la cinta y que dibujos de la máscara usada por los asesinos de la película fueron encontrados en uno de sus libros escolares. Otro caso es el de Mario Padilla y su primo Samuel Ramírez, quienes asesinaron a la madre de Mario argumentando que lo habían hecho para robarle dinero y comprar el disfraz utilizado por el asesino de la película para matar a varios de sus compañeros de clase. Finalmente está el caso del solitario camionero Thierry Jaradin en 2001, quien apuñaló 30 veces a su vecina usando el disfraz de Ghostface confesando que su crimen había sido premeditado e influenciado por la entonces trilogía de películas.

Por otra parte, Scream 2, de 1997, retomó como esqueleto narrativo el caso de O.J. Simpson, de 1995, para burlarse a modo crítico del nuevo modelo aspiracional que resultaban ser los juicios mediáticos y televisados para alcanzar la fama, apelar a la defensa popular, cuestionar —irónicamente— si las películas en realidad impactan en la violencia que se vive fuera de la pantalla y comenzar a darle forma al concepto del fan sectario que se reforzaría un par de años más adelante en el último trabajo de Craven dentro de la franquicia.

Wes Craven sabía cómo hacer crítica con una fineza que no cualquiera tiene, por más que los Peele o los Cregger intenten —de los Radio Silence (Tyler Gillete y Matt Bettinelli-Olpin) ni hablar— y tal era su tino para hacerlo que le dio la bienvenida al nuevo milenio con Scream 3, en la que le restregó a Harvey Weinstein sus fechorías en sus propias narices mientras la película se producía bajo el sello de Miramax, la empresa de los Weinstein. Craven, esa vez con Ehren Kruger en el guion, exhibe esas prácticas dentro de la industria del cine basadas en coerciones de índole sexual que ponen en riesgo las incipientes carreras de las actrices que, si no acceden o ceden a la manipulación de los peces gordos hambrientos de más poder, quedan inmediatamente truncas. La historia, además, deriva de una disminución obligada a la violencia gráfica debido, precisamente, a los sucesos del Instituto Columbine ocurridos tan sólo un año antes del estreno.

La más inofensiva de todas parecería ser Scream 4, pero eso no significa que haya resultado la menos trascendental, sino todo lo contrario. En la entrega del 2011, Craven revitaliza una vez más una saga que parecía estar muerta y enterrada reinsertándola acertadamente en la revolución tecnológica que, hasta la fecha, implica la existencia personal a través de las redes sociales de manera prácticamente obligatoria. En esta película, Craven con Williamson de regreso en la pluma, refina el concepto de los seguidores que se vuelven fans planteado en 1997 y el hambre de fama que se recalcó en el 2000 convirtiéndola en un manifiesto que sigue vigente más vigente que nunca. La consigna era clara: se necesitan fans, no amigos.

Lamentablemente, Wes Craven falleció en 2015 dejando lo que había construido con una película que fue la vuelta de tuerca para todo un género a merced de mercenarios sin un ápice del talento o destreza que él tenía para el abordaje y construcción efectiva de estas historias.

Pasaron once años para que la saga se reactivara a través de una Scream V —arrogantemente titulada sólo SCREAM— carente de personalidad que se regodeaba en forzadas metareferencias que apelaban a la nostalgia barata como gancho mercadológico y en la que, supuestamente, la vieja generación pasaría la estafeta a una nueva camada encabezada por Melissa Barrera y Jenna Ortega que no tenía que acoplarse a la coherencia de una narrativa, sino a los intereses de una productora. Tan sólo un año después llegó Scream VI apretando todas las tuercas flojas, desarrollando una identidad propia al mudarse a Nueva York, pero sin la presencia de su flamante final girl, la Sidney Prescott de Neve Campbell, y aunque parecía ser un rayo de esperanza para lo que la saga tenía por ofrecer con sus rostros frescos, fue aquí donde la catástrofe comenzó.

A finales del 2023, con Scream VII ya en marcha, fue anunciado que Melissa Barrera había sido despedida de la película debido a publicaciones en sus redes sociales en las levantaba la voz abiertamente ante el genocidio en Gaza y a través de las cuales se unía a la petición colectiva de un cese al fuego. Acto seguido, la actriz Jenna Ortega decidió renunciar a la producción en un acto de solidaridad hacia la actriz mexicana y ante la evidente postura de Spyglass, la casa productora, que además no abonaba en nada a su ascendente carrera. El barco parecía desmantelarse rápidamente hacia la catástrofe. Finalmente, Christopher Landon hizo lo propio renunciando a la dirección de la película debido a las decisiones que la producción estaba tomando y se confirmaba lo evidente: Scream VII hedía a muerto antes de haber nacido.

Neve Campbell, quien se negó a ser parte de la sexta película debido a temas salariales en los que ella consideraba que no se le estaba dando su justo valor en cuestiones monetarias —hasta aquí todo era bastante honorable—, aceptó regresar a punta de billetazos a esta nueva entrega. Esto no fue una muestra de revalorización por Campbell, sino un movimiento desesperado por parte de Spyglass para mantener a flote su barco y quienes vieron en la actriz a un simple salvavidas de segunda mesa, así como la exhibición del sentido de justicia de Neve Campbell, el cual se limita exclusivamente al radio personal.

El regreso de Campbell originó inevitable expectativa en todos aquellos que crecieron con Sidney Prescott como un referente de lo que es la óptima final girl, pero también despertó la animadversión de todos aquellos que no permanecen indiferentes ante las verdaderas catástrofes aconteciendo en Medio Oriente, por lo que se hizo un llamado popular al boycott para esta séptima película. ¿Los resultados? Ha sido el opening más taquillero de la franquicia hasta el momento, pero también la peor entrega de todas con amplia diferencia y la que más ha enlodado la memoria de Wes Craven.

Crítica a Scream VII.

Después de varias reescrituras de guion por evidentes razones y una búsqueda desesperada por un capitán que dirigiera un barco prácticamente hundido, Kevin Williamson, claro guionista más que director, salió al quite para apoderarse de la silla de director apenas por segunda vez en su carrera.

Durante casi treinta años se ha discutido si el mérito detrás del éxito de Scream es del guionista, Kevin Williamson, quien crea los personajes y origina las ideas principales, o del director Wes Craven, el que estilizó el camino para el desarrollo de lo creado por Williamson y engrandecía dichas ideas con su imaginario. En Scream 3 fue evidente la ausencia de Kevin en el equipo de Wes al tener una película exagerada en humor negro y farsa, pero carente en el desarrollo de la historia. Por otra parte, desde el 2022 hemos podido ser testigos de cómo el ingenio de Craven era fundamental para encaminar las ideas a buen puerto sin perder coherencia ni personalidad.

Kevin Williamson conoce su oficio como guionista, pero en Scream 7 ha quedado exhibido como director al entregar el peor trabajo actoral de absolutamente todo su ensamble y sí, eso incluye a Neve Campbell con un retroceso grotesco de su Sidney Prescott que siempre destacó de entre las final girls por su inteligencia y ahora deja las puertas abiertas tras de ella mientras corre de Ghostface­­. Si eso no es un tropiezo en la dirección, indulgentemente podríamos echarle la culpa al guion y ¿quién está detrás de este? El mismo Williamson junto a Guy Busick y James Vanderbilt, por lo que no hay excusa.

Superar a los Radio Silence como un mal director de actores parecía tarea imposible —recordemos el terrible trabajo de Mikey Madison como Ghostface en Scream V, quien tuvo la fortuna de caer posteriormente en las manos de Sean Baker, director que supo encausar el caos natural de Madison y la llevó a ser la actual ganadora del Oscar a mejor actriz; o la abominable interpretación de Dermot Mulroney en Scream VI al confesarse como el asesino—, pero con Williamson ni los viejos lobos de mar pudieron salvarse. Si se tuviera que ser benevolente con alguien, probablemente sería con Courteney Cox y su poderosa Gale Weathers, a quien por fin podemos ver en la debacle. A estas alturas, Cox está más allá del bien y del mal, por ende, se apropia de su personaje con pleno conocimiento de causa y, claramente, mandó a la fregada las direcciones dadas tomando absoluto control del personaje que ha conocido más que a la misma Monica Geller y la lleva por donde ella sabe que debe de ir, cosa que Campbell, con todas sus exigencias, no se atrevió a hacer.

Parece increíble cómo Williamson se ha olvidado de sus propios personajes, sus propias creaciones las cuales ya tienen más de 30 años de vida, e involucionarlos de tal manera. Asimismo, es evidente la desconexión con las generaciones actuales cuyo conocimiento va mucho más allá de atiborrarlos de diálogos sobre inteligencia artificial y tecnología, cosa que ni él ni Craven necesitaron para adaptar Scream 4 a dicha temática en su momento.

Scream VII es una desgracia por donde se le vea; los millones recaudados no borran sus recursos técnicos risibles, cameos patéticos por parte de actores que doblan las manos entre climas políticos sensibles ante pésimas premisas hechas al vapor para cumplir fantasías alimentadas por hashtags y teorías conspirativas, lamentables involuciones de personajes queridos por generaciones y la evidencia de que la ausencia que más pesa en esta tragedia no es la de Neve Campbell, sino la de Wes Craven.

Fuentes:

CHALMERS, Phil. (2009). Inside the Mind of a Teen Killer. Tennessee, Estados Unidos: Thomas Nelson.

BBC News. (1999, Octubre 22). UK ‘‘Scream’’ attackers given six years. BBC Online Network Sitio Web: http://news.bbc.co.uk/2/hi/uk_news/481914.stm

OSBORN, Andrew. (2001, Noviembre 18). ‘‘Scream’’ movies are blamed by teenage girl’s copycat killer. The Guardian International Sitio Web: https://www.theguardian.com/world/2001/nov/18/filmnews.film


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