La primera vez que escuché sobre Lafcadio Hearn debió ser en 2006, durante un curso de cine de terror japonés en el Claustro de Sor Juana, con sus pasillos atiborrados de gatos y una oscuridad que daba escalofríos. Corte A: caminando por las calles del Centro Histórico, muy cerca de donde Carlos Fuentes ubicó la casa de Aura, encontré en una librería un ejemplar de Kwaidan (1904) a punto de deshacerse. Las paginas amarillentas y el olor a humedad del libro sólo incrementaron la extrañeza inquietante. Lo que Freud llamaba: lo siniestro.
Si alguien amó, interpretó y divulgó la cultura japonesa, fue Lafcadio Hearn. Hijo de madre griega y padre irlandés, la vida del escritor y periodista fue tan intrínseca como muchos de sus relatos. Prácticamente abandonado siendo un niño, se volvió un trotamundos hasta que llegó a Japón en 1890; se casó con una mujer nativa y fue profesor en la Universidad de Tokio.
Kwaidan es una recopilación de cuentos aterradores que se adentran en temas como la muerte y la reencarnación, la naturaleza y el karma, desglosando las tradiciones y creencias japonesas. Son relatos breves, 17 cuentos variados en temática y estilo que tienen algo en común: la escalofriante narrativa que emana el libro desde la primera letra.
Fascinado por el misterio y riqueza cultural de Oriente, Hearn tomó de antiguos libros japoneses algunas leyendas aterradoras y las moldeó en sus cuentos; también encontró historias de origen chino que le impactaron y algunas más provenientes de nativos de la zona que le confiaban crónicas atroces.
Demonios, samuráis y fantasmas (de cabello muy negro) deambulan entre relatos tan desconcertantes como tétricos, mientras Hearn, por medio de notas y apuntes, ayuda al lector occidental a entender términos japoneses ambiguos. La humedad y el hedor de la muerte, la naturalidad del regreso de ultratumba y la caligrafía como elemento para confundir espectros, son ejemplos de los temas que viven dentro de las páginas de Kwaidan.
Elegir un cuento favorito es inútil. En su conjunto, los relatos crean un universo macabro en el que el traslado de uno a otro va incrementando la tensión y el horror. Sin dejar de señalar ese extraño sentimiento que queda al terminar la lectura: ¿cuántas vidas habremos vivido ya?
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