Treinta años después de que Woody y Buzz Lightyear revolucionaran la animación digital, ‘Toy Story 5’ (2026) llega con la complicada tarea de prolongar una saga que parecía haber encontrado un cierre impecable. Entre la nostalgia, las nuevas generaciones y los desafíos de un mundo cada vez más dominado por la tecnología, la película lanza una pregunta: ¿qué significa ser un juguete cuando los niños crecen y los tiempos cambian? Kike Cinéfilo y Sandra Cárdenas exploran aciertos, riesgos y el lugar que ocupa esta nueva entrega dentro de una de las franquicias más queridas de la historia del cine animado.
La verdad incómoda de la actualidad.
El 22 de noviembre de 1995 fue una fecha histórica para el mundo del entretenimiento. Se estrenaba en cines Toy Story, una película que no solo revolucionó la animación, sino el universo del celuloide en su totalidad.
Recordemos que Pixar fue fundada originalmente en el rancho Skywalker por el mismísimo George Lucas, en un intento por encontrar la tecnología que le permitiera seguir desarrollando las nuevas historias de Star Wars. Después de haber realizado algunos cortometrajes, Lucas decidió vender este brazo tecnológico para financiar su trilogía de precuelas, y se lo entregó a nada más y nada menos que a Steve Jobs. Fue entonces cuando, de la mente de John Lasseter, surgió la idea de hacer una película completamente distinta. De la mano del estudio Pixar, nació el primer largometraje animado por computadora.
Hoy parecen lejanos los 31 años que han pasado desde entonces. Quién diría que este tipo de animación ahora sería tan común y que nos traería magníficas franquicias como Shrek, Madagascar o Cómo entrenar a tu dragón. Sin embargo, la saga que lo inició todo demuestra que sigue más vigente que nunca. Hablemos, pues, de Toy Story 5.
Esta última cinta de las aventuras de los juguetes —tan queridos por papás y ahora por sus hijos (sí, me di cuenta en la sala de cine de que había muchos padres emocionados por llevar a sus pequeños)— nos plantea una situación generalizada en todo el mundo: la dependencia de la tecnología en la vida diaria y cómo afecta el desarrollo de las relaciones socioafectivas de los niños.
Bonnie, quien recibió el legado de los juguetes de Andy, ahora se enfrenta a una sociedad automatizada. Sus padres le regalan una tableta llamada Lillipad con la esperanza de que el dispositivo la ayude a abrirse y conocer a más personas. Esto retrata una realidad que ya vivimos los que somos papás: ver que, incluso en los hijos mayores, la única forma de socialización parece ocurrir mediante pantallas. Así, el grupo de juguetes, liderado en esta aventura por la vaquerita Jessie y Tiro al Blanco, se da a la tarea de lograr que Bonnie pueda conectar con una amiga de verdad.

A diferencia de entregas anteriores, donde los protagonistas enfrentaban amenazas físicas u otros juguetes resentidos, el verdadero rival aquí es incorpóreo y mucho más peligroso. Si en su momento el resentido Lotso representaba el abandono y el egoísmo dentro de una guardería, la tableta Lillipad simboliza un enemigo silencioso: la apatía y el aislamiento digital. Lotso buscaba controlar a los juguetes por la fuerza, pero la pantalla logra algo peor: hace que los niños se olviden por completo de jugar, convirtiéndose en el «villano» definitivo de una generación que prefiere deslizar un dedo antes que usar la imaginación.
La historia pone el dedo en la llaga y nos deja con grandes preguntas: ¿Hasta dónde es bueno dar un dispositivo solo para que un menor se quede «quieto»? ¿Cómo afecta esto a sus relaciones interpersonales? La cinta retrata de manera muy sutil cómo un control sin supervisión frente a un uso responsable pueden ser factores determinantes para el desarrollo.
Es precisamente eso lo que los juguetes nos tratan de explicar en esta aventura, la cual obtuvo en su primer fin de semana de exhibición unos impresionantes 300 millones de dólares en recaudación mundial. Esta cantidad no solo la convierte en un monstruo de la taquilla, sino en uno de los éxitos más rotundos de los últimos años.
Durante la función, noté cierta incomodidad entre los papás que me rodeaban. Tal parecía que no querían exponer a sus hijos a una verdad tan crucial, o tal vez les costaba aceptar que hay un inmenso mundo por explorar allá afuera que las pantallas están eclipsando. Ojalá esta experiencia cinematográfica sirva como un verdadero parteaguas para cuestionar y cambiar nuestras dinámicas actuales.
¡Mucho cine para todos!

La imaginación en tiempos de pantallas.
Entré a ver Toy Story 5 con expectativas bastante bajas. Después de tantas secuelas, pensé que sería de esas películas que uno ve más por costumbre que por emoción real. Pero me equivoqué.
Toy Story 1 llegó a mi vida en 1995. La vi con mi hermanito Hugo, que entonces tenía casi tres años y quedó completamente fascinado con Woody, Buzz Lightyear y esos juguetes que cobraban vida cuando los adultos salían de la habitación. La vimos tantas veces que los personajes terminaron mezclados con nuestros recuerdos familiares. Años después fueron mis hijos quienes crecieron con esas películas, con los juguetes, con la idea hermosa de que cualquier rincón de la casa podía convertirse en un universo entero. Quizá por eso esta nueva entrega me conmovió de una forma inesperada.
Toy Story 5 se centra en Bonnie, una niña tímida que busca hacer amigos y encontrar su lugar entre otros niños. Sus padres, preocupados por ayudarla a socializar, le compran un dispositivo llamado LilyPad: una especie de pantalla interactiva que promete compañía inmediata, entretenimiento constante y la ilusión de nunca estar sola. Cuando este objeto entra en su vida, Bonnie descubre una nueva forma de relacionarse con el mundo; pero también algo que empieza a desplazar lentamente el juego tradicional. A su alrededor, Woody, Jessie, Buzz y el resto de los juguetes observan cómo aquello que durante generaciones fue el centro de la infancia comienza a perder terreno frente a otras formas de atención.
Lo interesante es que la película no juzga ni señala culpables. No hay villanos claros. Tampoco hay un discurso contra la tecnología. Más bien, hace algo más sutil, observa con atención. Observa cómo cambian las formas de jugar. Cómo el aburrimiento, ese espacio que antes obligaba a inventar mundos, se vuelve cada vez más escaso; y cómo la necesidad de pertenecer sigue siendo la misma, aunque ahora se busque en otros lenguajes. En esa necesidad de pertenencia, la película también deja entrever algo más silencioso: cómo los niños pueden quedar inmersos en mundos y dinámicas que los adultos no siempre vemos, y cómo incluso entre ellos se vuelven complejas ciertas formas de vínculo, como el bullying o la exclusión, que empiezan a doler desde edades en las que todavía no tendrían por qué hacerlo.

Mientras la veía, no podía dejar de pensar en algo: la primera Toy Story celebraba que un niño necesitaba juguetes para imaginar mundos. Treinta años después, esta entrega parece preguntarse si los niños todavía tienen espacio para imaginar esos mundos sin necesidad de una pantalla. Hubo una escena que se me quedó grabada: Bonnie despierta por la mañana y, casi por inercia, busca su dispositivo antes de siquiera hablar con alguien. Un gesto cotidiano que la película convierte en espejo incómodo de nuestro presente. También me gustó que Jessie ocupara un lugar central dentro de la historia, que asumiera liderazgo, decisiones importantes y peso emocional. Hay algo valioso en cómo la película amplía el foco y permite que distintos personajes sostengan la historia desde su propia sensibilidad. Bonnie, Blaze, Almendra y el entrañable Jamoncito refuerzan esa idea de que la imaginación no desaparece: solo se adapta y busca otras formas de existir.
Al terminar la película pasó algo curioso, varios niños comenzaron a pedir pantallas a sus padres. La ironía era evidente, pero también profundamente humana. Porque una película puede abrir preguntas durante dos horas, pero la vida real no siempre responde en el mismo tono. Toy Story 5 no intenta dar respuestas definitivas. Solo deja preguntas en el aire.
¿Qué estamos ganando y qué estamos dejando atrás en este mundo hiperconectado y de sobreestimulación?
Yo salí pensando en mi hermanito, en mis hijos y en esas tardes donde un juguete bastaba para inventar una aventura completa. Y no porque todo tiempo pasado haya sido mejor, sino porque hay algo valioso en esa capacidad de imaginar, de aburrirse incluso, y desde ahí crear algo nuevo.
Tal vez esa sea la nostalgia que habita esta película: no la de los juguetes, sino la de que cada vez es más difícil encontrarnos sin necesidad de una pantalla de por medio.
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