Baise-moi es un ejemplo de ese tipo de filmes que de tan malos, terminan siendo buenos. Un rocambolesco pastiche de sexo y violencia que se esfuerza en perturbar al espectador desde sus primeras secuencias; cine subversivo producto de la colaboración explosiva de una escritora feminista y una ex actriz del cine porno.
Virginie Despentes y Coralie Trinh Thi nos presentan a sus protagonistas Nadine y Manu (¿feroces alter ego?), dos mujeres ante un mundo demasiado abrumador que las agrede y obliga a reaccionar de forma salvaje. Una amistad que nace entre la mugre y el dolor; lo que comienza como un escape de la ley y la mafia, se va transformando en una vorágine de sexo vengativo y muerte en primer plano, con Nadine y Manu atestadas de ira nihilista.
Todo parece errar en Baise-moi: la terrible mezcla de sonido, su pseudo estética documental, el montaje embarullado e incluso las retadoras escenas con sexo explícito, sin embargo, dentro de todo ese desastre hay un encanto repentino: la valiente voz de las cineastas en exhibir una historia que urgía ser adaptada, sin medias tintas en cuanto a la violencia y el erotismo extremo que debía detonar en pantalla.

Y es que no debe olvidarse que Virginie Despentes es también la autora de la novela publicada en 1994 en la que se basa la película, creadora además de ese clásico del pensamiento feminista contemporáneo llamado Teoría King Kong y la saga Vernon Subutex; una artista insurrecta que inexplicablemente después de su ópera prima, no volvió a filmar.
En la tradición de El almuerzo desnudo de William S. Burroughs y filmes como I spit on your grave (1978) de Meir Zarchi, Baise-moi resulta lo más cercano a un vómito fílmico incontrolable, sórdida alegoría de la visión de sus creadoras, con mucho que decir, pero sin claridad para plasmar.
La película se presentó en el Festival de Cannes donde dividió opiniones y causó el pánico de la ultraderecha francesa, que la condenó a los cines pornográficos con la clasificación más restrictiva. No obstante, la mecha se encendió en ese hoy lejano año 2000; a más de 25 años de su estreno, Baise-moi sigue incomodando en cada uno de sus apresurados 77 minutos.
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