Oda a la Decepción

Crónica de un fan


En 2016, los New York Mets terminaron la temporada regular con un registro positivo de 87 victorias y 75 derrotas, asegurando un puesto de comodín en la Liga Nacional. Sin embargo, fueron eliminados inmediatamente en el Juego de Comodín al perder 3-0 contra los San Francisco Giants el 5 de octubre. Después de la derrota del equipo de béisbol, el cantautor estadounidense Julian Casablancas, miembro de la banda The Strokes, escribió desde el dolor de una estación del metro “Ode to the Mets”, una canción cuya letra irónicamente no trata sobre el deporte, pero que se convirtió en un homenaje a la devoción incondicional que muchas veces solo trae decepciones. Para muchos, este tema captura a la perfección esa sensación de amar algo con el corazón, a pesar de que el resultado casi siempre sea una derrota. Es así que me permito el espacio para comenzar esta Oda Crónica.

Originalmente, en mi ilusionada cabeza, este texto sería la crónica sobre el Fan Fest de la Ciudad de México, el intentar retratar la caótica, encimada y desbordada marea verde que se plantó en la plancha del Zócalo para poder vivir en comunión la pasión por el fútbol frente a una pantalla gigante. El poder contar cómo los precios de comida y bebida se disparan como si fuera un estadio, para entregarte un grupo de filas desorganizadas que rebasan hacia el mediodía la capacidad que pueden tener, donde el acto circense que ponen previo a un partido es un chiste bastante irónico para no verlo golpearte. Pero preferí no hacerlo, mis amargas quejas serían más banales e intrascendentes; lo verdaderamente apasionante puede ser observar a familias enteras llegar y vivir cada momento con mucha alegría, ver a grupos de amigos buscando dónde sentarse mientras esperan, sin nada más que un paraguas o una gorra con qué acompañar el bochorno momentáneo de un día muy nublado. La resistencia de tantos fanáticos que, a pesar de la lluvia, no se detuvieron para poder ver a Haaland anotar un doblete tras un dramático segundo tiempo, o un penal para Neymar que, burlón con Ørjan Nyland, marcaba una eliminación dolorosa para el alma latinoamericana, pero, aun con ello, gloriosa de ver: un auténtico espectáculo de la capacidad atlética y deportiva con la que Noruega se terminó imponiendo. No soy la persona más cercana al fútbol, ni de toda la vida, ni de saber tanto, me considero un fan escueto de los temas en general, pero he aprendido a apreciar un «golazo», una «remontada», un «partidazo»; esos efectos no son fáciles de ignorar.

Hubo un comentario que escuché previo y durante el partido Brasil-Noruega: “Vamos a ir contra el que gane de este partido”. No fue un comentario al azar o aislado, más de una persona en la plancha del Zócalo se inclinaba hacia el lado amarillo o rojo de esa balanza futbolera, no tanto por fanatismo a una nación extranjera (cosa que los verdaderos fans del fútbol no tienen mayor inconveniente en sentir), fue más bien un acto estratégico y muy importante de escuchar correctamente; la fe ciega estaba dejando un precedente muy gracioso. El deseo de ver a México cruzarse con ellos en las siguientes fases ya no se planteaba desde una posibilidad, sino desde una confianza desmedida, fruto de semanas de pasión que una Selección logró, ilusionando a un país entero. No solo con llegar a un quinto partido, no solo con avanzar invictos en fase de grupos, no solo con romper récords llegando a un tercer Mundial en uno de los países donde el fútbol es lo que más significa para todo un pueblo, sino por ser una Selección que hizo algo mucho más poderoso: hacernos creer en llegar más lejos.


Y es que esta fe desmedida no nació del aire. Nació de ver en la cancha a los grandes nombres que nos dieron la gloria de creer en este Mundial: Quiñones, Jiménez, Alvarado, Lira, Fidalgo. Y por supuesto Rangel, erigiéndose como una muralla, dejando 4 arcos en cero goles, siendo parte fundamental de un pase limpio de fase de grupos y de dejar a Ecuador sin el conocido «gol del honor». O la Hormiga, como ese miembro que se unió a la concentración después de un año de ser parte de la lista de jugadores con más goles por temporada en la liga; y aunque no tuvo la oportunidad de brillar en el campo, no dejó de emocionarse y festejar los logros de todos sus compañeros de cancha. A ellos se sumó Morita, diciendo con frescura en una entrevista: “¿Y por qué no?”; alimentando y afirmando cómo los miembros de la Selección también comparten esa hambre y esas ganas de poder llegar más lejos, de creer, de tener ambición por ese grado de gloria. Por unas semanas, todo un país colgó metafóricamente ese letrero amarillo de Ted Lasso arriba de la puerta que dictaba ya no un “Believe”, sino un “¿Y si sí?”. Abrazamos la creencia absurda, romántica e irracional de que lo imposible nos pertenecía, y de ahí, la pasión tiró de ese hilo para llevarnos por ese sendero de confianza comunal.

Como país, crecimos sabiendo un par de cosas sobre nuestra historia; el mito fundacional de los mexicas llegando al lago de Texcoco, encontrando un águila devorando una serpiente, mismo símbolo que les daría la pauta para construir sobre un lago la Tenochtitlan que solo caería ante el imperialismo europeo. Eso, y que “la Decepción Mexicana no vale para pura madre”, ese fue el apodo que durante años miles de fanáticos profesamos; no es la Selección, es la Decepción. Sistemáticamente dejamos de creer que ese grupo de personas uniformadas de verde pudiera darnos ilusión. Generaciones enteras crecimos viendo a leyendas llegar lejos, triunfar, pero jamás poder levantar algo que representara al país; vimos durante años a “esos que juegan en los Pumas”, “esos son del América”, pero nunca vimos lo que verdaderamente tenía que ser: la representación de un país tan diverso, escandaloso y caótico como lo es México.

Esa representación encontró su paso, por fin, se sintió nuestra. Y tuvo su propia importancia cultural. No fueron las canciones prefabricadas para el evento las que movieron al país; el himno no oficial, el verdadero pegamento de esta ilusión, fue Juan Gabriel. Las trompetas en el coro de Hasta que te conocí sonaron más fuertes que cualquier cántico, uniendo a millones en un solo equipo. A su lado, Aquí no es así de Caifanes se transformó en nuestro himno de batalla para luchar contra otro imperialismo histórico, pero ahora en la cancha. Cantarle al rival de enfrente: “Y vienes desde allá, donde no sale el sol, donde no hay calor, donde la sangre nunca se sacrificó por un amor”, era nuestra manera de recordarles de qué estamos hechos a unos ingleses que, si bien creadores del deporte, no representaban toda el alma futbolera que millones de fanáticos demostraron tener durante décadas.

Aun así, en el fondo, luchamos contra nuestro propio estigma, con esa espinita en la piel del miedo, porque nos adentramos a terreno desconocido: la victoria. Algo que nuestra cultura dejó de conocer en ámbitos deportivos por mucho tiempo. La economía conductual lo llama «aversión a la pérdida»; estamos biológicamente programados para el drama, donde una derrota se siente catastrófica, porque perder duele el doble de lo que alegra ganar. Por eso, en México, soñar en grande suele dar más risa que inspirar. Nos enseñaron a decir «sé realista» antes de decir «inténtalo». Lo curioso no es que alguien creyera en el campeonato, es que a tanta gente le molestara leerlo; tal vez por eso hay más personas criticando sueños y logros de mexicanos, dentro y fuera del país, que construyéndolos.


Y sin embargo, frente a esos críticos y a nuestro propio miedo, la masa siempre encuentra un refugio. Se le atribuye a Marx la famosa frase: “La religión es el opio del pueblo”. Hacia 1844, Marx argumentaba que la religión actúa como un anestésico frente a la miseria y la opresión, ofreciendo un consuelo ilusorio que distrae a las personas de resolver los problemas materiales en la Tierra. No es exagerado decir que, en este tan dolido y loco mundo, el fútbol es el nuevo opio del pueblo. No solo por ser el espectáculo por excelencia donde tenemos pan y circo, sino porque ahora somos nosotros mismos los que buscamos cualquier excusa posible para poder verlo: unos por popularidad, otros por convivir, otros por una pasión incomprensible que nunca abandonarán. Pero la fe de ver a tu equipo, a tus colores, un grupo unánime de apoyo que festeja los logros y lamenta los tropiezos, eso lo han visto millones de hinchas que cubren el planeta, con el equipo de su ciudad o un equipo extranjero, con una Selección representando en los Juegos Olímpicos o en la Copa Mundial. Eso siempre se ha vivido, pero aquí es donde entra el siguiente nivel: la fiebre del fútbol.

Pero este nuevo opio del pueblo tiene un matiz muy cruel y nuestro. Un gol no quita el dolor de los desaparecidos, la desigualdad, la inseguridad en las calles, las tragedias, los problemas económicos, ni ninguno de los monstruos estructurales del país. Este opio que decide tomar el pueblo no es para olvidar; es para aguantar. Es para soportar todas las fregaderas que viven los millones de mexicanos que jamás pisarán un estadio mundialista, que nunca conocerán la playa, que no saldrán del país por gusto ni viajarán en avión. Para los que siguen aquí, aguantando los fregadazos, disfrutar de un partido no significa ignorar la realidad; significa que seguimos siendo humanos. Si esperáramos a que todo estuviera bien para celebrar, nadie volvería a sonreír en este país, el que le abre los brazos al mundo, aunque a veces no sepa abrazarse a sí mismo. El mismo país que volvió a un Mundial a meses de haber sido víctima del terremoto del 85, el mismo país que enfrentó tragedias ajenas y no dudó en saltar a la ayuda humanitaria, el mismo país que vive sabiendo que el narco existe, que no es todo lo que somos o como nos pintan, pero que es un acecho real que puede arrebatarte a tus seres queridos.

Quizá por todo ese peso que cargamos a diario, cuando llega el momento de soltarlo, lo hacemos con una intensidad desbordada. Faltaba hablar del metro: la vibra de una marea que se movía sin calma, cantando y emocionados por llegar, ya fuera al Ángel o al Zócalo, pero listos para hacer más grande la bola que quiere apoyar a su país. Un señor de avanzada edad con sombrero y una guitarra en su funda, comenzó a cantar con una aguardientosa voz el famoso Cielito lindo, que rápidamente fue coreado por los fanáticos más emocionados que, al final, le aplaudieron con dicha. Desconozco si es la edad, el famoso FOMO, o la vibra apasionante al unísono de tantas personas compartiendo la creencia, ya sin importar ligas, jugadores con gloria individual ni nada; éramos solo un equipo. Esta fiebre del fútbol tocó fibras que movieron a los fans casuales, a los clavados del deporte, a los que llevaban años sin ver un partido de la Selección, a los que solo siguieron el juego por ver qué evento se formaba alrededor de un partido. Ese sentimiento se cristalizó en esa frase, el famoso “¿Y si sí?”. Dejó de ser una duda tímida y se convirtió en un coro que inundó festejos, redes sociales y conversaciones, cimentando la creencia ferviente de que no solo 26 mexicanos podrían lograr lo impensable de un quinto partido, sino tocar la gloria absoluta. Sentimos el efecto creciente del Ángel de la Independencia lleno de fans en cada fecha que jugaba México, el cómo abarrotaron las calles con devoción; aunque a la par se asomó la tragedia con los fallecidos por los festejos, el triste recordatorio de ese punto de quiebre donde se rompió el ambiente sano.

Falta hablar de que todos somos directores técnicos en nuestras casas; es muy sencillo ver los errores, juzgar los cambios, ver cómo corren y pensar que no hacen lo suficiente, aunque las piernas temblorosas de todos en el campo llegaran a su límite. Viví el partido contra Inglaterra rodeado de aficionados que exclamaban eufóricos con cada ofensiva, tiro a puerta o error de pase. Que bajaron el grito ante el doblete de Bellingham antes del minuto 39. Y de cómo el segundo gol acabó con todo el ánimo y la esperanza que aún un segundo antes guardábamos después del primero; fue tan rápido, tan fugaz, llegó sin avisar. Dejó en un silencio sepulcral un estadio que coreaba cada ‘Olé’ y cada jugada ofensiva de su país. Dejó callada a una nación entera. Pero la ilusión es terca, y nos alcanzó la voz para quedar afónicos con el gol de Quiñones, con el penal de Jiménez. Respiramos lento por momentos, sufriendo por el gol que pasó lento junto a la portería; el que pudo ser el tercer gol de México fue un centro desde el córner que pasó por las piernas de los defensas ingleses y al lado del portero rival, pudo ser el autogol que daría un dramático empate y que llevaría el partido a tiempo extra. Y en el último instante no dejábamos de creer, aun con el alarido de estar eliminados y el shock de todo lo que había pasado en un par de horas.

Y entonces, llegó el silbatazo final. Cuando a un país se le rompe el corazón, no hay ruido estruendoso, no hay grito de dolor, no hay nada. El shock deja que el alma baje la temperatura, la cabeza rebota en una vibración rara, el tiempo no avanza, la parálisis de un sentimiento y de una esperanza arrebatada le quitan el color a la marea que te rodea, que cabizbajos se dan cuenta de que la vida sigue, que el himno de Juan Gabriel pasó de ser un faro de unión a sonar con la nostalgia de “Mi Fracaso”, y aunque toda esa pasión colectiva te hizo feliz y te hizo creer, ahora toca continuar, aún con la derrota. Faltaba hablar de ese segundo en el que la burbuja reventó. El instante en que la marea verde en el Zócalo guardó un silencio sepulcral, asimilando que la gloria se nos volvía a escurrir. Fue el luto de arrancar el cartel de Ted Lasso de la pared, de desarmar los paraguas bajo la lluvia ya no para cubrirse del agua, sino para esconder la cara de una fe rota.


Inglaterra no fue un mal oponente, mucho menos un mal ganador. Bellingham, que hizo el doblete antes de que Quiñones marcara, le pidió su playera a Morita y lo abrazó, sabiendo que en los hombros de un chico de 17 años yace un futuro prometedor, reconociendo el talento de la siguiente generación a la suya y declarando con total respeto: «México hizo una gran Copa del Mundo. Tienen futbolistas con mucha calidad, juegan con una intensidad enorme y, aunque físicamente no sean los más altos, compiten con muchísimo corazón. Fue un honor enfrentar a un gran equipo en un estadio espectacular y en un país que vive el futbol de una forma increíble. Sin duda fue un partido bastante complicado.» A este gesto se sumó Harry Kane, el delantero estrella de la selección inglesa, quien dijo textualmente cómo estaba orgulloso de poder haber jugado en México, en el Azteca y ante tal apasionada afición. Y como dicen muchos: no es de pena perder contra el mejor.

Muchos vivieron el Mundial en el 86 y también dolió. Hoy se escucha como un eco maldito ese viejo mantra de «jugamos como nunca, perdimos como siempre». Pero esta vez no lo comparto: tuvimos una primera fase de grupos perfecta en nuestra historia: 3 victorias, 3 arcos en cero. El resultado final podrá parecerse al pasado, pero la actuación y el orgullo con el que se tocó a los aficionados, eso me parece que no. Acabar como la 9ª selección en el ranking de la FIFA y la segunda mejor del continente después de un torneo que nos llevó «solo» hasta octavos, pero con logros que vivirán para una generación entera, no es un logro cualquiera; nadie lo imaginaba al comenzar el torneo. Muchos llegamos viendo «a ver qué pasa» y salimos emocionados de la mejor fase de grupos y la mejor representación en la historia del país en el torneo.

Sin embargo, más allá de los contrastes comerciales y de los 1,000 millones de dólares de derrama que presumirá la Secretaría de Turismo, el Mundial dejó algo invaluable que el dinero no puede comprar. Falta mencionar también las tres sedes: Monterrey, Guadalajara y CDMX; cada una, mundos diferentes que palpitaban con el mismo corazón verde. Cada ciudad enamoró a diferentes extranjeros de México. La victoria más grande no fue solo en la cancha, fue en el alma. Tijuana es el vivo ejemplo; ahí, la Selección de Irán, víctima de racismo y obligada a cruzar la frontera en cada juego, fue recibida por la afición mexicana con los brazos abiertos. Se despidieron agradecidos, afirmando que encontraron una familia y acuñando el «Irán, hermano, ya eres mexicano». Marruecos fue recibida como en casa cuando jugaron contra Países Bajos en Monterrey; la muestra de que la herida de 2014 y el famoso “No era penal” sigue calando en el orgullo mexicano. De cualquier forma, toda la federación marroquí no dudó en afirmar: “No olvidaremos cómo nos recibieron, México jugará ‘de local’ en el siguiente Mundial”. O el vivo ejemplo de surcoreanos y japoneses, fanáticos que llegaron a apoyar a su Selección y salieron enamorados del país, mostrando su apoyo en todo lo que siguiera para México a pesar de ellos ya no tener cabida en la competencia. Esa sí que fue una victoria para México: el coleccionar lentamente el corazón de miles de fanáticos extranjeros que vieron que este país era mil veces más alegre y bizarro de lo que imaginaban. Y es innegable que, en paralelo, hubo un lado amargo en todo esto: los precios exorbitantes de las playeras, los boletos de 120,000 MXN para poder vivir en un estadio un partido de fase de grupos, y el sobreendeudamiento que se desbordó en las ciudades sede para intentar entregar una infraestructura que, al final, quedó a medias.

Esta debería de ser una Oda a la Decepción, al dolor de la caída, al coraje de no lograrlo, al apodo que más tiempo les ha quedado, pero esta vez no. Esta vez es una oda a la Selección que mejor nos representó y que, aun con todo el poder de un pueblo eufórico detrás, sigue adelante. Y es aquí, viendo toda esa unión y locura mundialista, donde el ciclo se cierra para nosotros como anfitrión y como competidor. Volvemos al andén del metro de Nueva York con Julian Casablancas. Volvemos a los New York Mets de 2016. Ahora veremos en Nueva Jersey la final del Mundial. Esta Oda a la Selección es el reconocimiento final de que ser aficionado de este gran equipo, el que nos hizo volver a creer, amar a los Mets o cantar desde la melancolía de una estación, es aceptar un trato doloroso: sabemos que al final probablemente se nos rompa el corazón. Pero en cuatro años, cuando las trompetas de Juan Gabriel vuelvan a sonar y desempolvemos el letrero de “¿Y si sí?”, volveremos a estar ahí. Exactamente en el mismo lugar. Dispuestos a que nos vuelvan a romper el alma, ya no con Amor Eterno, buscando nuevamente el lugar que queremos alcanzar, creyendo, unidos.


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