Fútbol y nacionalismo: el egregor que construye y destruye.

Por Aura Metzeri Altamirano Solar y Stephan Ottoniel Parra Robles

¿Quién ha escuchado hablar sobre los egregor? Durante el verano, estuvimos expuestos a este concepto debido a situaciones que vivimos durante nuestro viaje a México, siendo estas prueba de la existencia de estas entidades forma/pensamiento, comprendiendo que estas se interponen en la realidad y la manipulan desde sus pulsiones invisibles. 

Thought Forms - Annie Besant | A Record of Clairvoyant ...
Annie Besant & Charles W. Leadbeater (1905) Thought Forms – A Record of Clairvoyant Investigation, fig. 32

¿Qué son los egregor o péndulos? Inicialmente discutimos de este tema mencionando lo que vivimos durante nuestras vacaciones, se podían entender cómo la influencia de dichas entidades. Para dar contexto, el concepto egregor proviene del esoterismo occidental y el ocultismo del siglo XIX, se describe como una manifestación psíquica colectiva. Es una especie de voluntad o mente compartida capaz de influir en el pensamiento y el comportamiento colectivo, controla a las masas y las hace actuar a su antojo.  Su etimología tiene raíz del griego γρηγορέω (grēgoréō), cuyo significado es «estar despierto», «permanecer alerta» o «mantenerse en vigilia». La asociación entre este verbo y el significado moderno del concepto fue desarrollada por diversos autores del ocultismo, entre ellos Eliphas Lévi, aunque este no es el tema en el que profundizaremos hoy.

Las variadas situaciones que nos hicieron conectar comportamientos sociales con el concepto del Egregor ocurrieron en la Ciudad de México, durante el Mundial, por ejemplo, al terminar el partido entre México y Corea del Sur, las celebraciones de los aficionados comenzaron a llenar la ciudad de un estruendo constante. Todos los presentes compartían una misma emoción que trascendía al individuo.  Personas que, en circunstancias normales, jamás habrían interactuado se sonreían, se abrazaban y gritaban porras en un coro colectivo, por todos lados se escuchaba: «¡Viva México!». Todos comenzaron a comportarse como si formaran parte de una misma identidad simbólica, esto cobra gran relevancia, ya que el simbolismo es la causa de conexión y manifestación de los Egregor. A todo lugar al que se mirara se observaba a todos vestidos con la misma camiseta verde, como si la nación les hubiera emitido un mandato de usar uniforme. La victoria del equipo nacional funcionó como un punto de convergencia capaz de concentrar recuerdos, orgullo, esperanza y emociones compartidas.

Fue entonces cuando surgió la pregunta: ¿qué estaba ocurriendo? Cada grupo humano parecía estar conectado no solo por un acontecimiento deportivo, sino por una identidad colectiva mucho más amplia. ¿Tal vez esto sea la nacionalidad? Los símbolos, los colores, los himnos, las historias compartidas y las emociones asociadas a un país funcionan como elementos capaces de alimentar una forma de conciencia colectiva. Desde esta interpretación, los egregores nacionales controlan a millones de personas encasillándolas en una colección de diversas identidades. Las hacen competir constantemente por la atención, la emoción y la identificación de quienes forman parte de ellos, así los egregores que constituyen el comportamiento colectivo, van más allá de representar únicamente una bandera o un territorio, se componen por millones de pensamientos repetidos durante generaciones: relatos históricos, gastronomía, costumbres, actitudes victorias, derrotas, orgullo, miedos, tradiciones y expectativas acerca de lo que significa pertenecer a una nación.

Al nacer dentro de una sociedad, cada persona hereda un conjunto de símbolos, narrativas y valores con los que aprende a identificarse. Aprende qué significa pertenecer a determinado país, cómo debe celebrar, qué debe defender, qué debe admirar e incluso qué debe rechazar. Desde la perspectiva del egregor, estas estructuras colectivas pueden llegar a ejercer una influencia tan profunda que el individuo termina actuando en nombre de una identidad mayor y pretenden adueñarse de ella aunque en gran medida haya sido construida mucho antes de su nacimiento. Así, la nacionalidad puede entenderse como un egregor bastante poderoso, ya que es una creación colectiva capaz de unir a millones de personas bajo una misma imagen mental. Puede fomentar la solidaridad, la cooperación y el sentido de pertenencia, pero también puede limitar la percepción individual cuando la identidad colectiva domina por completo la conciencia personal.

Ahora bien, desde la perspectiva que hemos construido juntos, he encontrado en el mundial una de las manifestaciones más evidentes de las identidades colectivas creadas a través del pensamiento. Si bien puede generar el sentido de pertenencia que nos es tan indispensable como sociedad (e incluso siendo esto una necesidad biológica)  puede generar, a su vez, una estructura que busca alimentarse y absorber la energía de los componentes que la crearon. No son pocos los efectos negativos de una entrega tal de energía, pues, además de limitar el desarrollo libre de la personalidad, en eventos como este, donde hay un sentimiento de decepción por la pérdida, surge desgaste e identificación excesiva con un colectivo manipulado por intereses económicos, haciendo la ventana dónde se podría hablar de un proceso de individuación y por tanto, de libertad, cada vez menor. 

No pretendemos minimizar la importancia de una identidad compartida, puesto que esto ha sido vital para la supervivencia humana y el desarrollo de la cultura, sin embargo, el fanatismo se presenta como un arma de doble filo. Bien se sabe que todo deporte es una sublimación de la guerra, un fenómeno sumamente destructivo y absurdo en gran medida. al que las competiciones deportivas dan solución. El problema de colocar un deporte como foco de atención mundial, consiste en crear un espacio donde la proyección de los deseos de triunfo tengan un  lugar poco sano. Cuando se elimina o limita la capacidad del individuo de generar su propia identidad, surge una necesidad por realizarse a través de aquello con lo que se identifica, a pesar de no ser esta identificación, un fenómeno que provoque cambios tangibles y positivos en su realidad cotidiana. El beneficio es por tanto, únicamente de carácter simbólico y no real.

En países como México, se utiliza el concepto de la “cubeta de cangrejos”, el cual es una manifestación del comportamiento de los egregor, dicha cubeta, contenida de aquellos animales, representa un sumidero o una cárcel, de la cual, cuando uno intenta salir, los demás lo jalan siguiendo una corriente que lleva  hacia el malestar o la muerte. De este modo, el mundo está dividido por círculos de identidad, estos buscan encasillar a la mayor parte de la humanidad y limitar su capacidad de libertad. Es así que estos eventos surgen como una especie de acto compensatorio, es decir, si un individuo no puede realizarse por sí mismo, buscará hacerlo a través de la entidad colectiva de la cual forma parte. Quienes se rebelan ante este impulso, deben atravesar el obstáculo del rechazo social y la exclusión, esto funge como una especie de protección del mismo egregor al notar una fuga de energía.

El propósito del artículo, no es posicionarse contra la afición deportiva ni el nacionalismo por completo, sin embargo, resulta indispensable cuestionar el nivel de fanatismo  y entrega que pueden generar que dicho movimiento tenga una acción puramente caótica y negativa. La unión de energías colectivas es una fuerza monumental cuyos esfuerzos han de ser dirigidos con consciencia, atención plena, racionalidad y estructura para no caer en un vórtice de violencia.


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