El infierno en la tierra: ‘Lilja 4-ever’ (2002) de Lukas Moodysson.

Son varias las películas que pueden parecer dramas y que en su interior lo que fluye es el terror de una realidad aplastante. Ahí están las atrocidades del ser humano que se destruye a sí mismo en Réquiem por un sueño (2000) o Christiane F (1981); las consecuencias trágicas de las diferencias sociales en Perfume de violetas (2001) o el horror de la soledad y la prostitución en Las elegidas (2015).

Un filme europeo de culto que incorpora todo lo anterior es Lilja 4-ever (2002), del cineasta sueco Lukas Moodysson, la perturbadora historia de una joven de 16 años que se enfrenta a la desolación de un entorno cruel. Lilja (Oksana Akinshina) es abandonada por su madre en algún lugar de la antigua Unión Soviética; cuando la miseria y el hambre comienzan a brotar, la chica decide ejercer la prostitución y aferrarse a los atisbos de esperanza representados en su amigo Volodia (Artyom Bogucharsky) y un misterioso novio llamado Andrei (Pavel Ponomaryov).

La promesa de un trabajo bien remunerado en Suecia, aunado a los sueños de salir de ese sórdido poblado sin futuro donde vive, orillan a Lilja a emprender un viaje sin retorno, en el que la esclavitud sexual y la violencia irán apagando paulatinamente sus ganas de vivir. Basada en la verdadera (y triste) historia de una niña lituana en el año 2000, Lilja 4-ever es aterradora porque mientras el espectador observa y sufre con el filme, afuera, a unos cuantos metros o kilómetros quizás, la realidad (tan cruel) siempre supera a la ficción: el horror de la trata de personas y la prostitución forzada, existe, lastima.

En una de las secuencias más espeluznantes, se debe soportar el punto de vista de Lilja mientras es violentada repetidamente; el plano subjetivo estoico, con una cámara tambaleante que captura muy de cerca el desfile de hombres que acechan y gruñen, amedrenta mucho más que varias pseudo películas de terror que repiten su formula hasta el hartazgo.

La estridencia de Mein Herz brennt del grupo alemán Rammstein se encarga del arranque (el desconcierto, el terror), mientras que Al Santo Sepolcro de Vivaldi le corresponde cerrar el filme (luz, tranquilidad); esa disparidad, termina detonando la angustiante belleza de Lilja 4-ever: en los últimos segundos de metraje, Lilja y Volodia juegan y ríen en una azotea con alas de ángeles; la única dimensión donde alcanzan la paz y felicidad, es la etérea. Alucinante. 


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