Despertar en las mañanas con aroma a café recién hecho resultó uno de los hechos más satisfactorios de los veranos de mi infancia. Mi padre ponía música mientras nos acercaba las tazas de café a la nariz para despertar. Luego las pláticas en aquel estado de consciencia alterado, me llevaron a observar la bebida amarga como un bálsamo del pensamiento, una soga que llegaba hasta los pensamientos más profundos y los rescataba. Mi relación con esta bebida empezó, más bien desde muy temprana edad, y me ha acompañado a través de distintas épocas.
Con el tiempo, mi percepción sobre la importancia del café aumentó, al grado de reconocer el beberlo y compartir palabra como un acto ritualístico. En mi casa, comprar aquella marca de café soluble tan conocida (como eufemismo, el “noescafé” me ha parecido excelente), comenzó a considerarse, sino una ofensa, un sacrilegio. Y es que aquel deseado grano tostado, inunda de significados la vida y hace florecer el pensamiento.
Distintas fuentes me han hablado sobre el café, desde el podcast de Diana Uribe, donde visitamos la historia de Kaldi y sus cabras, quienes tenían un rush de energía al consumir esta planta. Es así que se llevó a templos sufíes y se consumía durante meditaciones para aumentar la concentración. En Arabia, se comenzó a tostar y moler, y lentamente, a partir del comercio veneciano, esta bebida se instaló en Europa, haciendo surgier distintas y muy bien establecidas identidades del café. En Latinoamérica, el café recoge especias, preparaciones y métodos particulares. Cada país lo prepara a su forma y deja huella en la historia de esta planta titánicamente sembrada y apreciada en la actualidad.
A diferencia de distintas sustancias que alteran la consciencia, el café promueve la vigilia, el pensamiento y el raciocinio, al grado en el que se le atribuye ser un catalizador para la ilustración y posteriores revoluciones. El café llega al centro de la historia europea para despertar y cuestionar, convirtiendo los cafés en espacios inquisitivos, críticos y públicos, siendo este último punto de gran importancia, pues hubo, gracias a esto, un mayor acceso a la información. Existió incluso el término de las “Universidades de penique” , durante el siglo XVII en Gran Bretaña, dónde la congregación de académicos, intelectuales y artistas, permitían que cualquier persona accediera a sus discusiones e ideas por el cómodo precio de un café de penique.
Distintos métodos de extracción nos demuestran el nivel de artesanía y especialidad que existe sobre esta semilla. Se consideran diversos elementos del café, temperatura, aromas, origen del grano, tipo y tiempo de tueste, y por demás, convirtiéndo a este embajador contra Morfeo, en una sustancia que puede refinarse y perfeccionarse a distintos gustos. Más allá del efecto que el café tiene (muy conveniente para la idea de hiper productividad), el café se convierte en ritual cuando se prepara con atención e intención, y más allá de eso, se crea un espacio para compartirse o degustarse en lentitud.
En los cafés, existe una especie de pausa en el tiempo, los suecos lo retratan de manera muy completa por medio de la fika, un momento sagrado y necesario a lo largo del día, una tradición necesaria para recordar lo humano, lo que funciona sin prisas y los momentos donde las ideas surgen a través de la calma y la observación de lo simple.
Mi travesía con el café continúa, en distintas ocasiones he acabado bajo su uso extremo y he notado la pérdida de su valor cuando la práctica se hace sin estructura. Es necesario pues, dejar a tan ominosa sustancia, en términos rituales. Tomarse con consciencia y dar espacio a su efecto en el lugar y momento indispensable. Una conversación acalorada, una mañana llena de trabajo, una espera en el aeropuerto. En estos momentos, el café funciona como un lubricante ya no solo para las ideas, sino también para la conexión humana.
Comencé mi camino como barista el año pasado. Después de varios años anhelando aprender sobre tan bella cultura, la vida me regaló la oportunidad de hacerlo y me dio como resultado una cosecha creciente y abundante. Pararse detrás de una barra de café, implica generar un tipo de intimidad extraña entre la cotidianeidad de las personas y una misma, conocer la forma en la que diversas personas toman el café, las preferencias y disgustos, generan un tipo de vínculo muy peculiar y hasta cierto punto, profundo. Existen quienes ven las cafeterías como sus propias oficinas, sus jardines para acompañar las charlas de jubilación, sus citas o incluso, una pausa dentro del mismo día a día. Pararse detrás de la barra, implica sentir la presión o deseo de esa masa deseosa de café, y una alcanza a vislumbrar que no es café lo que se pide, sino conexión, pausa y concentración.
La cultura cafetera es un titán dentro del mundo, el cinturón del café ofrece sus dos variantes: arábica (más aromático) y robusta (más resistente y con mayor contenido de cafeína), y las manos humanas lo transforman a tantas formas como hay culturas. El café puede ser medicina o veneno, y su relación profunda con el concepto del tiempo nos hace ver esta dualidad, aquí, quiero recordar la canción Cafezinho de Cyro Monteiro, que retrata estos dos polos a través de la nostalgia, un café que se toma desde la pausa, el entendimiento y un sentir de comunidad y el otro desde la desesperación, las prisas y la actitud transaccional. En esta última, se toma el café casi como quien hace un trámite, sin disfrutar el aroma y esperando tan solo el resultado de una sustancia que despierta y regala foco de atención.
Mi confesión como barista es el amor que se pone dentro de cada taza. La desesperación e impaciencia de algunos clientes, corta el proceso ritual. Cuando veo una cara, gesto o palabra por el estilo, sé que el encanto se ha cortado, el intercambio se vuelve forzado e incómodo, suelto la taza del café como quien suelta una creación que sabe no será apreciada. Pero el café hecho desde la atención, incluso la expectativa, toma un tono diferente para tanto quien lo prepara, como para quien lo recibe. Trabajando en una empresa de cadena, una se encuentra con ambas experiencias y se debe aprender a filtrar y recomponer el ánimo. Hay quien habla de la preparación de alimentos y bebidas como una forma de magia, pues la intención se pone en las manos de quien prepara.
Aún cuando ya no tomo tanto café, pues el simple aroma me acompaña y me llena todo el día (hay días en los que llego a casa oliendo yo misma a café, no hay quien pueda negar su caracter encantador para lo olfativo), dejo que el significado que adquirió desde mi infancia crezca, es una planta cuya personalidad me resulta atractiva, y que me ha servido de incentivo para llegar más lejos en mis propias ideas y vínculos. Conectar desde el café es conectar desde la práctica de pausar y compartir.
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