‘‘Que me cante el mar un bolero de soledad…’’
El bolero mexicano surgió gracias a la cercanía geográfica con el bolero cubano. Está caracterizado por sus melodías suaves basadas principalmente en elementos clásicos como guitarras y percusiones, así como por sus tendencias líricas al romanticismo, la nostalgia o la melancolía. Los boleros suelen remitir a las tertulias o a las bohemias en lugares íntimos consumidos por el humo del cigarro y el olor a café; círculos en los que se profundiza sobre los dolores existenciales, el mal de amores o la vida como se vaya presentando mientras se brinda con las guitarras sonando de fondo.
‘‘Que me cante el mar un bolero de soledad’’, canta Natalia Lafourcade en su propio bolero titulado Soledad y el Mar, canción que sirve como tema de apertura para Café Chairel, segundo largometraje como director de Fernando Barreda Luna situado en el puerto de Tampico, Tamaulipas —de donde él es originario—, y que a través de su letra va narrando coincidentemente —la canción data del 2017— el encuentro entre los dos protagonistas, el desarrollo de su interacción y la pena que comparten como si la película fuera, por sí misma, un bolero.

‘‘Quisiera saber de dónde vienes tú…’’
Alfonso, interpretado por Mauricio Isaac, es un hombre solitario en sus cincuentas que decide abrir una cafetería de especialidad en su casa sin saber prácticamente nada del negocio. Un día aparece en el lugar una chica apática llamada Katia, interpretada por Tessa Ía, quien parece deambular como alma en pena por las calles de cualquier lugar hasta que termina trabajando en la cafetería. Más que volverse una empleada, Katia resulta una compañera de tristeza para Alfonso mientras ambos tratan de reanimar el negocio y revivir las plantas muertas en las que se han convertido.

‘‘Y esta soledad, tan profunda…’’
Dada esta premisa, Café Chairel pintaría para ser una película hundida en la miseria de sus protagonistas; sin embargo, Barreda toma la sabia decisión de contraponer la oscuridad que ahoga internamente a sus personajes con la calidez de su propuesta visual, la cual no deja de lado la soledad en la que los dos están inmersos y que es notoria en el manejo de la cámara por parte de Eduardo Servello, sino que equilibra el tono de la película dentro de su propio claroscuro y que, además, contrasta la imagen misma del Tamaulipas que rueda en los noticieros con bellas postales de la ciudad.
Dicho claroscuro es llevado a la vida por sus dos protagonistas de manera destacada. Existen diferentes formas de afrontar el dolor: hay quienes tienden al optimismo y son llamados «resilientes», pero también hay quien es proclive al pesimismo y es llamado «cínico». Ni Mauricio ni Tessa llegan al radicalismo de uno o de otro; los dos transitan en los matices que hay en el proceso de duelo tras una dolorosa pérdida que ambos comparten sin darse cuenta del todo. Un transito en el que el guion de Barreda en conjunto con Atsushi Fujii no busca más que retratar el confort de la compañía humana y lo logra acertadamente.

Café Chairel de Fernando Barreda Luna es una película redonda que no busca exceder sus propios objetivos, los cuales son claros desde el inicio con la Lafourcade sonando de fondo. Además de ello, la película abona a la siempre necesaria descentralización del cine mexicano para que escuchemos las melodías que se tocan en otros lugares del país. Suave en su trato, desde la soledad y el mar, narra con empatía y consideración su propia melancolía, sin condescendía ni conmiseración hacia su dolor.
La película ya está en cines.
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