‘La Eterna Adolescente’ abraza la oscuridad transgeneracional.

Carl Jung, uno de los exploradores más profundos del inconsciente, dividía al mismo en dos: el personal y el colectivo. El personal incluye aquellas experiencias de la historia de vida del individuo que han sido reprimidas u olvidadas. El colectivo consiste en ciertas potencialidades que todos compartimos debido al sólo hecho de ser humanos y cuyo contenido e imágenes parecen compartidas por épocas y culturas. Dentro de este último se encuentra el concepto de «arquetipo» que es una forma de pensamiento universal o predisposición a responder ante el mundo de ciertas maneras y uno de ellos es «la sombra», ese apartado que resguarda ferozmente aquellos pensamientos, sentimientos, conductas y otras características de nuestra personalidad insociables que poseemos en potencia, que no aceptamos en nosotros mismos o que van en contra de todo aquello que consideramos ideal.

Durante una de las secuencias iniciales de La Eterna Adolescente, largometraje del cineasta tapatío Eduardo Esquivel, vemos un apagón dentro de la casa de una familia en Guadalajara conformada por Brunito (Andrés David), el hermano menor; Cristina (Emma Dib), la hermana mayor y su hija Tatis (Ruth Ramos), quienes esperan la llegada de su hermana Sony (Teresita Sánchez) la cual ha estado alejada por muchos años del núcleo familiar y que se ve obligada a regresar tras un triste suceso que involucra a su madre Gema (Magdalena Caraballo). Es precisamente mientras están a oscuras que Tatis, retando todo mandato, hurga en la sombra colectiva de la familia en forma de videos y fotografías siendo así como nosotros, los espectadores, descubrimos la existencia de una cuarta hermana, Moni (Melissa Rosales), cuya historia ha sido guardada en la penumbra de un cajón bajo llave. La presencia de Mónica pareciera haber quedado atrapada en su tiempo, más allá de los fantasmas que describía Del Toro en El Espinazo del Diablo o de las Rebecas de Hitchcock, como si fuera una eterna adolescente, pero es tal el peso de su recuerdo que se convierte en la protagonista de esta película.

No es extraño que en las familias mexicanas haya al menos un tema del que no se hable, que se mantenga en secreto o guardado rigurosamente en la sombra ya sea por vergüenza, por culpa, por no querer afrontar las emociones que detona o por guardar las apariencias ante ‘‘el qué dirán’’. Tampoco es raro que esos temas se conviertan en ‘‘secretos a voces’’, es decir, en temas que sí se hablan a gritos, pero en silencio, y que se terminan convirtiendo en un peso que todo el sistema familiar carga en común incluso en generaciones ajenas al suceso.

Eduardo Esquivel, en un ejercicio autobiográfico, no pone a pelear a la sombra que se apropia de toda una familia contra el confort de lo que significa «la casa de la abuela» sino que los pone a convivir y abraza esa oscuridad familiar a través de una profundización en sus dolores, primordialmente en aquellos que provocan las despedidas, sean estas concretadas o no. El dolor que deja aquel que se va para siempre, quien se va sin aparente razón, quien se va con un regreso incierto, la que se va cuando más se le necesitaba o la que quiso irse y no pudo.

Durante ese mismo apagón, los miembros de la familia batallan con la cocina, evidentemente con la luz de las velas y demás factores de lo cotidiano, pero es un tinte de pelo en el baño entre dos hermanos lo que deja ver la ternura como opción colectiva para afrontar el caos que genera la oscuridad y cómo el concepto verdadero de «familia» trasciende las distancias para encontrarse en los detalles de las pequeñas cosas, como en la música de Amanda Miguel o en los copos de nieve.

La película puede llegar a ser dispersa por momentos, pero en este caso ese detalle la mantiene congruente con la representación de lo que es esta mente colectiva llena de recuerdos, unos más vagos que otros, que conforman una memoria en común y que es puesta en imagen a través de diversos recursos como secuencias realizadas con la típica handycam casera con la que grabábamos nuestras vacaciones.

Además de este tipo de herramientas, Esquivel dialoga con la Vainilla de Mayra Hermosillo —otra historia en la que predominan las mujeres—, El Diablo Fuma… de Ernesto Martínez Bucio —otro collage noventero— y, por supuesto, la Tótem de Lila Avilés —con la muerte que ronda todo el tiempo en las familias mexicanas— en esta corriente actual dominada por la generación de realizadores más nostálgica del cine nacional —los millennials— que buscan adentrarnos al microcosmos familiar de diversas casas, regularmente autobiográficas, a lo largo y ancho de México. En lo que Eduardo embona con ellos es en pertenecer a esa camada de melancólicos que recuerdan con añoro sus respectivas infancias, a los suyos, a quienes los crecieron, a quienes no estuvieron o a quienes se fueron; aquellas películas que veían en sus televisores de antena parabólica y cuyos posters ahora adornan el diseño de arte de sus óperas primas o las canciones que escuchaban en las radios locales que ahora son el soundtrack principal de sus películas. Pero lo que distingue a Esquivel de sus colegas, en este caso, es que él no lo hace desde la óptica infantil, sino que opta por una perspectiva coral que permita vulnerar a los adultos y sacar sus sombras a la luz, tanto en lo individual como en lo colectivo, desde una mirada compasiva —como él mismo enfatizó al presentarla por primera vez en Morelia, Michoacán, en la Muestra de Cine LGBTIQ+ Territorios Disidentes por parte del colectivo Lente Anamórfico—. 

Los Territorios Disidentes de Lente Anamórfico.

El estado de Michoacán ha sido duramente golpeado durante varios años por diversas situaciones que no son desconocidas para nadie. Ante ello, los proyectos que fomentan la cultura e invitan a su gente a adentrarse a otros universos resultan ser un valioso aporte a la reconstrucción del tan lastimado tejido social.

Lente Anamórfico surgió en 2021 como una exhibidora independiente de cine en Morelia de la mano de Elizabeth Citalán y Alexandro Arévalo en conjunto con talentos como Gersaín Sánchez y Omar Sosa. Entre sus múltiples actividades se encuentran las proyecciones de películas mayormente pertenecientes al circuito independiente que no encuentran cabida en las grandes salas comerciales haciendo especial énfasis en el cine nacional y, por supuesto, el audiovisual michoacano.

En una ciudad que cuenta con el festival internacional de cine más importante del país, pero que no cuenta con Cineteca propia, como ejemplo de las absurdas ironías, Lente Anamórfico llega para demostrar que el público michoacano, históricamente aficionado al cine dados sus antiguos recintos independientes que hoy en día funcionan como estacionamientos o bancos, sigue buscando y necesitando espacios a los cuales acudir para ver otro tipo de propuestas cinematográficas.

Con una buena afluencia, la exhibidora presentó su tercera edición de la Muestra de Cine LGBTIQ+ llamada Territorios Disidentes, la cual fue inaugurada por La Vida Es de Lorena Villarreal además de contar con talleres sobre la construcción de personajes LGBTIQ+ impartidos por la cineasta Sofía Gómez Córdova (Los Años Azules, Después), programas de cortometrajes palestinos y mexicanos siendo su función de clausura la película La Eterna Adolescente de Eduardo Esquivel acompañado por la actriz Teresita Sánchez, una de las figuras más queridas por el público michoacano en un afecto recíproco.

Este fue un año en el que su arduo trabajo los llevó a expandirse hasta lugares como Pátzcuaro y Santa Clara del Cobre. ¿Qué nos dice esto? Que los michoacanos quieren cine más allá de los grandes corporativos. Que están a la espera de colectivos como Lente Anamórfico que establezcan diálogos cercanos y les permitan interactuar con las películas y aquellos que las hacen posibles más de cerca. Que pueda acortar distancias entre aquellos que ven lejana la posibilidad de realizar cine en cualquiera que sea su lugar en el estado. Que las disidencias existen y son importantes. Que les ofrezcan ventanas a aquellos cineastas que quieren sacar a sus trabajos de la penumbra.

Proyectos como Lente Anamórfico, que se levantan desde la voluntad y la amistad, son catalizadores benéficos para la sociedad michoacana y una bocanada de aire fresco para los paladares empalagados que vale la pena apoyar desde cualquiera que sea nuestro territorio.


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