La Odisea según Christopher Nolan

Christopher Nolan es uno de mis directores favoritos, así que la noticia de que llevaría La Odisea al cine me produjo una inmensa ilusión. Sobre todo porque, en este caso, el paso del papel a la película analógica era literal. No se trataba únicamente de ver cómo interpretaba el poema de Homero, sino de asistir a un homenaje al propio cine como espectáculo.

Voy a empezar con una recomendación para quienes sienten un gran respeto por esta epopeya y por el universo homérico. No olviden que van al cine y que van a ver una película: La Odisea de Christopher Nolan, basada en el poema homónimo de Homero. Una superproducción de enorme presupuesto puesta en manos de un director que sabe hacer cine y, sobre todo, disfruta haciéndolo.

La apuesta de Nolan por filmar la película íntegramente en formato analógico IMAX de 70 mm es una declaración de amor tanto hacia la epopeya homérica como al propio cine. Muchos directores utilizan este formato para rodar escenas puntuales de gran impacto, pero es Nolan quien ha llevado esa búsqueda más lejos. Con Dunkirk (2017) alcanzó aproximadamente un 75% del metraje en IMAX, y en su afán de seguir empujando los límites técnicos, para Oppenheimer (2023)  hizo fabricar el primer negativo IMAX de 70 mm en blanco y negro de la historia, desarrollado junto a Kodak y FotoKem.

Sí, señoras y señores, La Odisea (2026) de Christopher Nolan está considerada el primer largometraje comercial rodado íntegramente con cámaras IMAX analógicas de 70 mm. Solo por eso se hablará mucho de ella y ocupará un lugar privilegiado en la historia del cine. Del mismo modo que seguimos hablando de Ben-Hur (1959), Lawrence of Arabia (1962) o 2001: Odisea del espacio (1968) cuando pensamos en la búsqueda de la máxima calidad posible de imagen, será difícil no mencionar esta película cuando se hable del cine rodado en IMAX analógico.

Es inevitable que esas obras vengan a la memoria mientras uno ve la película. A mí, sobre todo, me ocurrió con Ben-Hur. Más de una vez pensé: ¡Ay, qué lindo habría sido descubrir por primera vez —con nueve años— la carrera de cuadrigas en una sala de cine y no en la televisión!

Los seguidores de Nolan saldrán del cine arrepintiéndose de no haber entrado con un balde de pipocas. Los de Homero saldrán con muchas preguntas. No es fácil estar en ambos lados. Pero se puede.

Desde el principio yo estaba convencida de que Christopher Nolan era uno de los directores contemporáneos más adecuados para enfrentarse a La Odisea. Desde Memento, buena parte de su filmografía gira alrededor del tiempo, la memoria, la culpa y la identidad. ¿Qué es, en el fondo, el viaje de Odiseo sino el de un hombre que intenta encontrar el camino de regreso después de que la guerra lo ha convertido en otro? Desde esa perspectiva, la interpretación de Nolan sería el encuentro natural entre un poeta de hace casi tres mil años y un cineasta que lleva más de dos décadas haciéndose preguntas muy parecidas.

[SPOILER ALERT]

Ese es también uno de los aciertos de la película: puede disfrutarla perfectamente alguien que nunca haya leído a Homero. Basta con saber que la historia transcurre después de la Guerra de Troya, que el conflicto duró diez años y que los guerreros supervivientes solo desean regresar a casa.

Mucho se habló del reparto. Incluso conozco personas que perdieron el interés por la película cuando comenzó a circular el falso rumor de que Elliot Page interpretaría a Aquiles. Vale la pena aclararlo: no, Elliot Page no interpreta a Aquiles. Da vida a Sinon, un personaje que ni siquiera pertenece a La Odisea, sino que Nolan toma prestado de La Eneida de Virgilio. Son menos de cinco minutos en pantalla, pero bastan para dejar una actuación memorable, especialmente en la secuencia del Hades. Tremenda escena.

En cuanto a las actuaciones, Matt Damon está magnífico y punto. Sin embargo, mi favorito fue Robert Pattinson. Su Antínoo es fascinante, un villano cuya crueldad y cobardía aparecen con una naturalidad impresionante. Nunca parece estar actuando. Robert Pattinson confirma, una vez más, que es uno de los actores más versátiles de su generación. Y el Eumeo de John Leguizamo merece una mención aparte. Sobresaliente. No me sorprendería verlo nominado a premios como actor de reparto.

No voy a detenerme en las actuaciones que sencillamente me parecieron correctas. Se ha hablado mucho, para bien y para mal, de la Penélope de Anne Hathaway. Personalmente, la escena del reencuentro no consiguió conmoverme. Creo que mucho tiene que ver la secuencia inmediatamente anterior entre Odiseo y Argos, el perro que también esperó veinte años. Esa escena posee una carga emocional muchísimo mayor. También siento que el personaje de Penélope no tiene un desarrollo suficiente que prepare al espectador para ese momento. En ese sentido, la película vuelve sobre una crítica habitual a la filmografía de Nolan: sus personajes femeninos suelen recibir menos desarrollo psicológico que los masculinos. No creo que sea una debilidad de Nolan, pero sí un aspecto en el que todavía puede crecer.

Sobre la música seré breve. La compuso Ludwig Göransson y responde a una consigna muy particular de Nolan: no utilizar instrumentos que no existieran en la época en que transcurre la historia, nada de orquestas sinfónicas. El resultado es una banda sonora que evita la sonoridad épica convencional y busca una identidad propia inspirada en la Edad del Bronce. No sé si terminará ganando un Óscar, pero difícilmente va a quedar fuera de la conversación durante la temporada de premios.

Bueno, como les comentaba antes, estar en ambos lados no es sencillo. Desde que vi la película —gracias a Universal Studios, CineCenter y Andes Films por la invitación a la avant-première y por el hermoso detalle del pin de recuerdo; me tocó el casco de Odiseo— he tratado de responder las preguntas con las que salí del cine, muchas de ellas compartidas por varios amigos del mundo de la literatura.

Una de las decisiones que más me gustó fue la estructura de la historia. La película funciona como una especie de road movie marítima en la que la narración avanza como una sucesión de episodios. El barco de Odiseo va arribando a distintas islas y, en cada una de ellas, él y sus hombres se enfrentan a un peligro fantástico diferente: cíclopes, hechiceras, gigantes, sirenas… Cada escala supone una nueva prueba y, al mismo tiempo, una nueva transformación del protagonista.

Nolan introduce varios giros históricos respecto de la tradición homérica. Al salir del cine no estaba del todo segura de algunos de ellos; pero después de dejar reposar la película, creo que fueron decisiones acertadas para contar la historia que él quería contar: la Odisea según Christopher Nolan. Una Odisea contemporánea, que conserva las grandes preguntas del poema, pero las formula desde las inquietudes del siglo XXI.

Uno de esos giros es la incorporación de una hipótesis histórica moderna según la cual los propios griegos, brutalizados por la guerra, habrían terminado convirtiéndose en los llamados “Pueblos del Mar”, los feroces invasores que asolaron el Mediterráneo oriental al final de la Edad del Bronce. Es una idea provocativa porque desplaza la mirada desde el heroísmo hacia las consecuencias de la violencia y nos recuerda que toda guerra termina deshumanizando también a quienes sobreviven, quizá una lectura madurada a la luz de todas las guerras que han ocurrido desde Homero hasta nuestros días.

En ese mismo afán de dotar de realismo psicológico a la historia, la película comienza mostrando la masacre de Troya. En el poema de Homero, la caída de la ciudad y el episodio del caballo de Troya nunca se narran en tiempo presente; llegan a través de recuerdos, relatos y canciones. Nolan, en cambio, decide instalar esa violencia delante de nuestros ojos desde el primer minuto.

Ese cambio transforma al personaje. Su Odiseo no es únicamente el héroe ingenioso que intenta regresar a Ítaca, es también un hombre corroído por la culpa. La película plantea que la desobediencia de la xenia —la ley sagrada de la hospitalidad— desencadena la ira de los dioses y precipita el derrumbe del mundo micénico. Es una lectura distinta del poema, pero dramáticamente muy poderosa.

¿Y dónde están los dioses? Esa fue otra de las preguntas con las que salí del cine. La respuesta me pareció una de las ideas más interesantes de toda la película. Nolan reinterpreta a los dioses como fuerzas de la naturaleza y de la mente humana. Poseidón no emerge levantando un tridente, sino convertido en tormentas y oleajes monstruosos. Atenea tampoco desciende del Olimpo para aconsejar a Odiseo; aparece como una voz interior, casi como la manifestación visual de su intuición y de su conciencia.

Otro de los cambios que más debate ha generado en redes sociales son las cicatrices de Helena de Troya. No, efectivamente ningún texto antiguo menciona que Helena tuviera el rostro marcado. Todo lo contrario, la tradición la recuerda como la mujer cuya belleza fue capaz de “lanzar mil barcos al mar”. Nolan imagina que, tras recuperarla, Menelao la castiga dejándole una cicatriz permanente. Es una decisión arriesgada y, desde luego, históricamente discutible. Sin embargo, me parece un recurso que intenta visibilizar una violencia de la que probablemente los poemas épicos no hablaron: los castigos que la brutalidad patriarcal de los reinos micénicos pudo haber infligido a las mujeres.

Y llegamos al punto más discutido desde el estreno. ¿Redujo Nolan a Odiseo, uno de los grandes héroes de la literatura occidental, a un veterano de guerra con estrés postraumático?

No creo que la película permita una respuesta definitiva. Los enfrentamientos con monstruos y criaturas fantásticas aparecen filmados como flashbacks intrusivos, ambiguos, que pueden entenderse como recuerdos traumáticos tanto como auténticos episodios sobrenaturales. Nolan parece sugerir, desde el comienzo, que su Odiseo es un héroe profundamente herido. Bajo esa lectura, los diez años de viaje ya no serían únicamente un castigo impuesto por los dioses, sino también la consecuencia de sus propias decisiones, de su culpa y del largo tiempo que necesitó para procesar el trauma de la guerra antes de ser capaz de volver a mirar a su familia a los ojos.

Esa misma ambigüedad alcanza el desenlace. La película no concluye exactamente como el poema de Homero. Y si han llegado hasta aquí, es porque decidieron spoilearse voluntariamente. No sabemos con certeza si la escena final representa el triunfo del amor, el regreso definitivo del héroe o la última alucinación de un hombre agonizante.

¿Vale la pena verla? Absolutamente. Es un blockbuster de gran ambición visual, creado para experimentarse en una sala de cine y, si tienen la oportunidad, en una pantalla IMAX. No vayan buscando una adaptación literal ni una clase de literatura griega. Vayan dispuestos a ver la Odisea según Christopher Nolan: una película que dialoga con la obra de Homero y la trae a nuestro tiempo.

Después de dejar enfriar las ideas durante varios días, me parece maravilloso que un clásico literario siga vivo. Que casi tres mil años después todavía sea capaz de provocar discusiones y nuevas lecturas. Y si una película consigue que, al salir del cine, uno sienta ganas de volver a abrir el poema de Homero, entonces ese viaje de más de tres horas ya habrá valido la pena.


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