‘Once’ (2007): Falling Slowly y la armonía de los sueños imperfectos.

Glen Hansard interpreta a un músico callejero que por el día canta temas populares, y por la noche, interpreta canciones de su autoría; está atrapado en una monótona rutina trabajando en la tienda de reparación de aspiradoras de su padre. La ausencia de su novia lo hace experimentar una intensa soledad que descarga en su música. Markéta Irglová es una inmigrante de la República Checa que vende rosas por las calles; tiene una hija pequeña y vive en un sencillo apartamento junto con su madre. Extraña a su esposo y compone canciones que jamás canta en público. Estos dos personajes se cruzan en las calles de Dublín y confabulan una amistad que tiene en la música un poder para sanar sus corazones rotos, además de motivarlos a superar los momentos difíciles y confusos.

Después de verlos caminar por las calles de la capital irlandesa, ella jalando su aspiradora y él cargando su guitarra, llega uno de los momentos musicales más bellos en la historia del cine: aquel cuando la pareja interpreta de forma improvisada el tema ganador del Premio Oscar a mejor canción original: Falling Slowly. Se trata de una secuencia muy emotiva, con la interpretación desgarradora de una voz a la que le urge gritar sus letras; la cámara nerviosa hace sentir al espectador un intruso dentro de esa tienda de instrumentos musicales, donde los personajes tocan el piano y la guitarra. El naturalismo del momento termina por inaugurar una amistad y la subsecuente colaboración inesperada, que habrá de explotar en otra inolvidable secuencia, dentro del estudio de grabación.

En el cine de John Carney, hay un anhelo constante: salir de Irlanda y triunfar en Londres. Grabar un disco se convierte en el objetivo de los personajes para tal tarea y en Once, Carney extiende toda su experiencia como músico para exhibir las complejidades de la creación musical dentro del estudio: los inconvenientes técnicos, la improvisación, el dinero que nunca alcanza, coordinar a varios músicos, desvelarse hasta caer rendido y la siempre presente inseguridad al tocar por primera vez.

Y al final, surge la magia. Los personajes interpretados por Markéta Irglová y Glen Hansard, se suben a bordo de un carro con el técnico del estudio (que primero no creía en ellos) y los músicos con los que tocaron, para escuchar la grabación de su disco. El instante es de tremenda ternura y belleza plástica; dentro del plano, todos los personajes, rendidos, escuchan lo que han conseguido y se sientes felices. Han formado una insospechada familia musical, dejando la piel en cada canción.

La esperanza y optimismo que baña los últimos minutos de Once, se volverán una constante en el cine de su director. La música, como una de las artes más poderosas, es capaz de alentar a los personajes a afrontar las adversidades y arriesgarse a triunfar. Los protagonistas en Once no se despiden, pero queda claro que su encuentro los cambió para siempre. Él, decide viajar a Londres para reencontrase con su novia, con su disco recién grabado bajo el brazo, buscando ese futuro que no se atrevía a tomar, subiéndose a un avión del que no habrá vuelta atrás. Los breves planos en el aeropuerto, mientras vuelve a sonar Falling Slowly, son de una nostalgia insoportable. La incertidumbre del futuro, siempre amenazante.

Ella, por su parte, acoge con felicidad a su marido que llega de la República Checa, para retomar esa familia que había quedado rota. También recibirá como regalo un piano, ese instrumento que tanto anhelaba y que le era imposible comprar debido a su precaria situación económica. Un obsequio final de su amigo el músico callejero, alegoría perfecta del poder de la música para sanar e impulsar las aspiraciones del ser humano. Grandes artistas, en algún momento, comenzaron soñando.

Filmada en 17 días, con un presupuesto de apenas 180.000 euros, Once tuvo como locaciones casas de familiares y amigos del director Carney, además de filmar por las calles de Dublín, sin permiso. En un guiño directo a The commitments, Glen Hansard aparece al arranque de la película en una especie de continuidad insólita tocando en la calle, igual que su personaje Outspan Foster, del filme de Alan Parker, que justo así termina, rasgando su guitarra en aquellas banquetas irlandesas. Pero el guiño no termina ahí: John Carney sabía que Glen Hansard, su amigo y compañero en The Frames, había empezado tocando exactamente en esas mismas vías urbanas, por lo que llevarlo y filmarlo ahí, es todo un juego de referencias donde realidad y ficción, se funden.

La diégesis de Once resulta tan honesta y entrañable, que por momentos coquetea con el documental, donde el espectador tiene el privilegio de descubrir las formas en las que la música se crea. Maravilloso que una película tan “pequeña”, haya conseguido tanto reconocimiento, levantando un premio de la academia y generando un soundtrack de culto. Las canciones originales del filme fueron compuestas por Glen Hansard y Markéta Irglová, llegando al punto más alto en la conmovedora presentación del Oscar, el 24 February 2008, noche en que resultaron ganadores. Once recibió también premios en el festival de Sundance, en los Independent Spirit Awards, los Critics Choice Awards y en las Asociaciones de Críticos de Chicago y Los Ángeles.

En sus apenas 86 minutos de metraje, Once se siente en definitiva como una verdadera carta de amor al arte de crear música. También es un manifiesto sobre la pasión al tocar junto a otros músicos, la magia que surge en la armonía; un filme que no se distrae en lo que sería un previsible romance entre la pareja protagonista. Su objetivo es mucho más profundo: una amistad sincera que nace entre dos almas rotas, que desde su soledad, conciben letras y acordes que les permitirán sanar y recibir los embates de la dura realidad a la que se enfrentan día a día. Once es una experiencia intensa, musicalmente inolvidable y emotiva hasta el hueso; al fundirse a negros la pantalla, deja esa siempre encantadora sensación de haber visto una obra maestra, única.


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