Por Anahí Vargas Carbajal.
México parece ser terreno fértil para el coming-of-age; ese pasaje de la vida retratado en el cine en el que la persona se ve obligada a transicionar de una etapa a otra —regularmente el paso de niño a adolescente o adulto prematuro— gracias a un suceso contundente que forza a madurar su cosmovisión. Y crecer puede ser doloroso.
Tras su paso previo por el Festival Internacional de Cine de Morelia con uno de sus cortometrajes, el director coahuilense Ariel Gutiérrez regresó a la ciudad de la cantera rosa para presentar su primer largometraje titulado Toda una Vida, película con tintes autobiográficos que apela a lo más duro que puede confrontar el coming-of-age: el secuestro de una madre.
Armín (Marcus Eli. V Gómez) es un adolescente solitario que vive inmerso en una bruma espesa debido al acoso escolar y la hipercrítica de su padre Rodolfo (Gerardo Trejoluna) por su sobrepeso e introversión. El único destello de luz que Armín pareciera tener en su vida es su madre, Rocío (Montserrat Marañón), con quien mantiene un vínculo de amor y complicidad que da forma a un refugio indestructible. Una mañana, tras despedirse en la puerta de la escuela con normalidad, Rocío es secuestrada. Ante la incertidumbre, Armín tiene que decidir cómo afrontar la situación, si paralizarse ante el miedo o tomar acción a pesar de el.

Durante la sesión de preguntas y respuestas posterior a la proyección de la película en Morelia, frente a una sala llena y rendida ante el trabajo del joven protagonista, el director compartió un poco de su experiencia de vida, desde el suceso que marcó la pauta para llevar la historia de su familia a la pantalla —las doce horas que duró el secuestro de su madre y la inmensidad del tiempo frente a la incertidumbre— hasta los efectos que el proceso creativo causó en él —una pérdida considerable de peso durante la escritura del guion—. Es entonces, cuando todavía sentada entre la audiencia, surgió un cuestionamiento que personalmente nunca había brotado después de una película: cuando un artista es capaz de vulnerarse como lo hace Ariel Gutiérrez por medio de Toda una Vida para dejarnos ver un pasaje tan sensible de su historia ¿qué nos queda a nosotros desde la butaca sino atestiguar y acompañar? ¿Será que cualquier formalidad en modo de reseña, crítica o análisis sale sobrando? De eso también se trata el cine, de removernos cosas que nunca antes habían sido perturbadas, de despertarnos inquietudes, de hacernos preguntas mientras conectamos con el otro.
Por un lado está Gerardo Trejoluna, un actor voraz que ahora recurre a la fragilidad como un padre de familia obnubilado ante la indiferencia e inoperancia de las instancias correspondientes mientras trata de reprimir su miedo a contrarreloj. Por otra parte está Montserrat Marañón, una actriz que se reafirma como un amplio crisol de alcances interpretativos y que representa con precisión a la madre norteña, verdadera cabeza de familia, de las que dan amor fuerte y cuya ausencia desmorona todo el entorno.
Dicho lo anterior, si hay otro campo fructífero en México es el del talento joven. Marcus Eli V. Gómez, en su primer trabajo como actor, entrega la potencia de un adolescente envuelto entre la ansiedad, angustia y desesperación —como canta el bolero de Los Panchos del mismo título— que le provoca el sentir perdido al único aliciente verdadero que tiene en su vida y que, motivado enteramente por el amor, es capaz de confrontar al mundo entero de ser necesario. Compartir reparto con calibres como Trejoluna y Marañón —con quien forja momentos bellísimos— no es cualquier encomienda, pero tal como lo hace Armín ante el caos, Marcus se faja los pantalones frente al reto, se convierte en el hombre de la casa y se pone a la altura en un debut prodigioso.
Además de contribuir a la necesaria descentralización del cine nacional, Toda una Vida es una catarsis que abre la puerta a compartir diversas heridas, en lo personal y en lo colectivo, pero que también ofrece la oportunidad de aprender a acompañar al otro.
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