Por Francisco González Quijano.
La cámara está fija en un hombre viejo que mira hacia abajo. Tiene esa expresión de quien parece haber llegado al final de la vida o, al menos, del entusiasmo. No es un personaje principal, no sabemos quién es ni de dónde viene. Mike Leigh lo coloca al principio de Tender Loving Care y vuelve a él al final, en un plano casi idéntico, enmarcando entre esas dos miradas una película entera sobre la compasión, la actitud ante la vida y la necesidad que tenemos de los demás.
Entre una y otra transcurre la historia de Amy (Kate O’Flynn) y Rosie (Alice Bailey Johnson), dos amigas que trabajan cuidando personas que atraviesan distintas formas de vulnerabilidad. Una se ocupa de niños y jóvenes; la otra, de ancianos. Su trabajo consiste en hacer soportable la vida de quienes tienen a su cargo. Escucharlos, acompañarlos, entenderlos y conseguir que sonrían. Y todo ello depende, en buena medida, de la buena cara que ellas mismas ponen, porque hay trabajos en los que casi no caben el mal humor o la tristeza.

Foto: Festival de San Sebastián
Leigh filma ese esfuerzo mediante una ligereza que podría parecer contradictoria con lo que se está contando. Hay gags, movimientos de cámara luminosos, situaciones y hasta una textura audiovisual que remite a una sitcom televisiva. Amy y Rosie bailan, bromean y juegan, conscientes de que la alegría puede administrarse en pequeñas dosis. En una de las escenas más tiernas, ambas cantan The Great Pretender, de The Platters, para Geoff, el padre de Amy, que está entrando en una etapa crítica de la vejez. La canción habla de alguien que finge estar bien mientras esconde detrás de una máscara lo que realmente siente. Leigh introduce así una de las ideas centrales de la película: fingir que estamos contentos no siempre es una mentira. A veces puede ser una manera de conseguirlo.
Tender Loving Care habla del cuidado, pero no desde el lugar solemne desde el que suele abordarse. Busca mostrar la batalla que libramos todos los días contra aquello que amenaza con hacernos más miserables, más solos o más indiferentes. Ese hombre que Leigh coloca al principio y al final es un símbolo de la posibilidad de quedarse completamente solo, cuando desaparecen los vínculos, cuando ya no hay motivos para sonreír.

Es una preocupación que Leigh lleva décadas explorando. La compasión de Vera Drake (Imelda Staunton) en Vera Drake (2004), la serenidad de Hortense (Marianne Jean-Baptiste) frente a su madre en Secrets and Lies (1996), el entusiasmo militante de Poppy (Sally Hawkins) en Happy-Go-Lucky (2008), la pareja formada por Tom y Gerri (Jim Broadbent y Ruth Sheen), que en Another Year (2010) convierte su casa en refugio para amigos y familiares, o los esfuerzos de Chantelle (Michele Austin) por hacer un poco más llevadera la existencia de su hermana en Hard Truths (2024). Personajes que intentan, con mayor o menor éxito, impedir que ese sufrimiento sea lo único que quede.
Tender Loving Care es una película que resume muchas de las preocupaciones de Leigh, pero también introduce la idea de su despedida. Durante la rueda de prensa en el Festival de San Sebastián, el director explicó, mediante una videollamada, que esta será su última película, dado que padece una enfermedad que le está haciendo perder fuerza muscular. La circunstancia resulta más significativa porque la cinta llegó al festival cuando la Concha de Oro parecía haberse acostumbrado a premiar el cine local. Durante tres ediciones consecutivas el premio había recaído en películas españolas: O Corno, de Jaione Camborda, en 2023; Tardes de soledad, de Albert Serra, en 2024; y Los domingos, de Alauda Ruiz de Azua, en 2025. Esta vez había varias películas capaces de romper una tendencia que había provocado discusiones dentro y fuera de España: The Debut, de Jesse Eisenberg, y Border, de Ah Biao, además de la que finalmente ganó.

El jurado presidido por Ira Sachs terminó premiando a Leigh. Tender Loving Care es una Concha de Oro capaz de hacer reír y llorar por igual, pero también de encontrar, en medio de la enfermedad, la soledad y el abandono, motivos para seguir abrazando la vida.
Sachs, acompañado por Patricia López Arnaiz, Genki Kawamura, Alice Braga, Catherine Paillé, Mike Goodridge y Bill Skargård, también otorgó a Leigh el premio al mejor guion y a Kate O’Flynn la Concha de Plata a la mejor interpretación protagonista. La actriz sostiene buena parte de la película sin necesidad de convertir a Amy en una heroína. No salva a nadie, no resuelve grandes conflictos ni tiene respuestas para todo. Simplemente está ahí para los demás. El reparto incluye además a Marion Bailey, pareja de Leigh en la vida real, como Birdy, y a Alice Bailey Johnson, hija de Bailey, como Rosie.
Esta película, que previsiblemente llevará en español el título de Cuidados intensivos, parece una despedida coherente para un cineasta que durante más de medio siglo ha encontrado en las relaciones humanas su principal materia de trabajo. El genio británico no solo se ha despedido del cine: también nos ha despedido a los cinéfilos de una manera tan elegante como conmovedora.
Francisco González Quijano. 1976. Puebla, México. Comunicólogo, maestro en Literatura Aplicada y especialista en cine. Desde 1999 ha participado con textos en diversos medios de comunicación y revistas culturales. También es productor audiovisual y docente.
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