Especial: Cine y Deporte

Las películas deportivas han encontrado en el cine una forma única de retratar la perseverancia, el sacrificio y la búsqueda del triunfo. Más allá de victorias y derrotas, estas historias exploran las emociones, los conflictos y decisiones que acompañan a quienes dedican su vida a contender. Este especial en Kinema Books, reúne distintas miradas al deporte, mostrando cómo cada disciplina puede convertirse en un espacio de transformación personal y colectiva.


The Chronology of Water (2025) – Kristen Stewart

Por Anahí Vargas Carbajal

La ópera prima de Kristen Stewart, actriz reconocida por el público desde hace más de dos décadas y figura que fácilmente divide a la audiencia con su sola presencia, se basa en la biografía de la nadadora estadounidense Lidia Yuknavitch y el camino de vida dividido entre la tortura y la ternura que la llevó a encontrar, por fin, su lugar seguro en la natación, la escritura y en su propia familia de formas poco convencionales debido a la crianza violenta ejercida por parte de un padre rígido para quien nunca fue lo suficientemente buena pero, para lograr serlo, tenía que complacerlo con métodos a los que ningún niño tendría que ser sometido nunca.

Stewart destaca como una muy buena traductora de una memoria desorganizada y golpeada por el trauma a través de un crisol de recuerdos vagos retratados a forma de pasajes y viñetas entre saltos temporales. Su poética es respaldada por el montaje y el uso del sonido que la ayudan a ir construyendo una narrativa de fina sutileza inicial—bordando en lo exquisita— que clarifica rápidamente la situación sin caer en el morbo explícito, pero que poco a poco se desboca hacia una grotesquerie de sucesos a través de los cuales se va [de]formando la personalidad de Lidia, interpretada dolorosamente en la ficción por Imogen Poots. Las decisiones estilísticas que Kristen pone sobre la mesa como directora vislumbran a una posible autora a la que hay que tenerle el ojo bien puesto a futuro.

The Chronology of Water es difícil de tragar; es un golpe duro que no cualquiera está dispuesto a recibir ni a soportar para llegar al fin del camino, ahí en donde por fin se puede respirar y se encuentra refugio, como lo encontró Lidia después de navegar por las aguas más profundas y turbulentas de la conciencia encarnada valientemente por Imogen. En algún momento de la película se menciona que en el agua uno deja la vida, pero también puede ser ahí en donde se encuentre.


Any Given Sunday (1999) – Oliver Stone

Por Armando Navarro

Oliver Stone es ante todo, un cineasta ambicioso. Dueño de una ecléctica filmografía que ha pasado por temas como la guerra, la música y el poder, su estilo visualmente caótico ha sido marca registrada y la presencia contante de lo político y controversial, funciona como envoltura de lo mismo obras maestras que tremendos fracasos.

Su mirada incisiva sobre los entresijos del deporte y esa obsesión de los norteamericanos por el football, llegaba a finales de los 90 en la vertiginosa Un domingo cualquiera (1999), donde un mosaico de personajes nerviosos se debaten entre dudas y conflictos: Tony D’Amato (Al Pacino) es un otrora legendario coach en decadencia; Cap Rooney (Dennis Quaid) es otra leyenda del emparrillado venida a menos debido a su edad; Christina Pagniacci (Cameron Diaz) es la insaciable dueña del equipo y Willie Beamen (Jamie Foxx) es la joven promesa, un temperamental quarterback.

La cámara de Oliver Stone se inmiscuye en los entrenamientos, las fiestas, las discusiones y los momentos de gloria, planteando que en ese complejo mundo de cascos, estadios y golpeteo, la política también rige en lo que debería ser un deporte en conjunto, siendo superado siempre por el egoísmo y la individualidad del ser humano.

El montaje al más puro estilo MTV (casi 3700 planos en 157 minutos), adhiere una pieza coral que explora el american football desde varias perspectivas; un cúmulo de subtramas y personajes que funcionan gracias a la pericia hiperquinética de Stone y que hacen eco a los mejores trabajos de Robert Altman y Paul Thomas Anderson.

El lado oscuro de la NFL (las siglas y logos no pudieron utilizarse en el filme por problemas de derechos) surge en los riesgos físicos y la ética de los médicos que en ocasiones actúan de forma cuestionable, omitiendo diagnósticos y administrando sustancias que a largo plazo, afectan a los jugadores de forma irreparable.

Más cercana a la violencia y estilo experimental en la edición de Natural Born Killers (1994) y U-Turn, giro al infierno (1997), que a la elegancia de los clásicos JFK: caso abierto (1991) y Platoon (1986), Un domingo cualquiera es muestra fehaciente de la capacidad de Stone para amalgamar temas universales en tramas truculentas donde la ambición es omnipresente, un virus que igual envenena a estrellas de rock, presidentes, soldados, yuppies de Wall Street, psicóticos subversivos, políticos y deportistas.

Mención aparte merece el poderoso soundtrack, un arsenal de temas igual de anárquicos que el cine de Stone, quien utiliza aquí la mítica Rock And Roll Part 2 de Gary Glitter veinte años antes que el Joker (2019) de Todd Phillips.


I, Tonya (2017) – Craig Gillespie

Por Sandra Cárdenas

I, Tonya es mucho más que una película sobre uno de los escándalos más conocidos del deporte estadounidense. También es el retrato de una atleta extraordinaria que nunca encajó en la imagen que el patinaje artístico quería mostrar al mundo.

Tonya Harding (Margot Robbie) creció en un entorno marcado por la violencia, las carencias y la presión constante de una madre cruel e insensible. Aun así, tenía un talento imposible de ignorar. Su capacidad para ejecutar el triple axel (uno de los movimientos más difíciles del patinaje) la convirtió en una deportista única, pero ni siquiera eso parecía suficiente dentro de un deporte donde la apariencia y la clase social pesaban tanto como el rendimiento.

La película, dirigida por Craig Gillespie, utiliza un estilo cercano al falso documental para reconstruir la historia desde distintas versiones. Los personajes hablan directamente a cámara y eso hace que todo se sienta más humano, más incómodo y también más contradictorio. Nunca queda del todo claro dónde termina la verdad y dónde empieza la justificación de cada personaje.

Más allá del famoso ataque a Nancy Kerrigan, la película se enfoca en cómo Tonya fue convertida en un personaje mediático antes que en una atleta. Mientras otras patinadoras representaban elegancia y perfección, ella era vista como “demasiado ruidosa”, “demasiado vulgar” o simplemente fuera de lugar. El sistema parecía admirar su talento, pero al mismo tiempo castigar todo lo que ella representaba.

Las actuaciones de Margot Robbie y Allison Janney son impresionantes y logran transmitir tanto el dolor como el absurdo que rodeó la vida de Harding. Además, el montaje dinámico, la música y la recreación de los años noventa le dan a la película una energía constante que recuerda por momentos al cine de Scorsese.

Lo que más me gusta de I, Tonya es que nunca intenta convertir a su protagonista en heroína o villana. La muestra como una mujer llena de errores, marcada por el abuso y por un entorno que terminó destruyendo aquello para lo que tenía un verdadero don: patinar.


Offside (2006) – Jafar Panahi

Por Fernanda García

Jafar Panahi es uno de los directores más reconocidos internacionalmente, un exponente del grandioso cine iraní, el cual ha logrado consagrarse por ejemplo dentro de los festivales de cine más prestigiosos (Cannes, Venecia y Berlín), pese a que en su país ha sufrido por defender su ideología. El cine de Panahi se suele poner entre la ficción y el documental, impulsado por el deseo de visibilizar las realidades a las que se enfrentan en Irán distintas personas, en especial las mujeres, el grupo al que Panahi ha puesto el foco en varias cintas, una de ellas es Offside (2006).

Offside sigue a un grupo de mujeres que intentan ingresar al estadio Azadi, en Teherán, para ver el partido entre Irán y Baréin. Allí se enfrentan a los absurdos retos de la marginación de género, pues las mujeres tenían prohibido el acceso a estos recintos (restricción que afortunadamente se levantó en 2019). Decididas a ver a su selección clasificar al Mundial de Alemania 2006, las chicas se disfrazan de hombres. Sin embargo, sus planes se frustran al ser descubiertas y puestas bajo la custodia de un peculiar grupo de soldados, con quienes, terminarán reflexionando y compartiendo desdichas y alegrías.

La película rodada simultáneamente al desarrollo del partido, destaca por su realismo. Esta inmediatez sirve como escenario para denunciar los mecanismos de opresión que limitan el goce y libertad de las mujeres frente a los hombres. De este modo, la obra reivindica el fútbol no solo como una pasión y un estilo de vida que trasciende las barreras de género, sino también como un espacio de unión entre personas de diversos géneros e incluso como un acto simbólico para honrar la memoria de un ser querido.


La Caída (2022)  – Lucía Puenzo

Por Rocío López

La Caída (2022), basada en hechos reales y dirigida por Lucía Puenzo, es una película mexicana que aborda, desde una mirada delicada, la violencia de género y los abusos que existen dentro del deporte de alto rendimiento, así como la complicidad de las instituciones deportivas, que buscan mantener su prestigio a costa de la salud mental de los deportistas.

La historia se centra en Mariel (Karla Souza), una clavadista de 29 años que se prepara para cerrar con broche de oro su ciclo olímpico, sin embargo, todo se complica cuando su compañera se lesiona semanas antes de la competencia y es reemplazada. Pero este no será el único obstáculo que deberá enfrentar la veterana deportista: Braulio (Hernán Mendoza), su entrenador de toda la vida y considerado parte de su familia, es acusado de abusar sexualmente de Nadia (Deja Ebergenyi), joven de 14 años, que comienza a destacar en el deporte de alto rendimiento.  

La Caída está ambientada previo a los Juegos Olímpicos de 2004; no obstante, está inspirada en la clavadista olímpica mexicana Azul Almazán, quien participó en las olimpiadas de Sydney 2000. Sin embargo, fue hasta 2018 cuando denunció públicamente a Francisco Rueda, su entrenador, por discriminación, amenazas, insultos y abuso sexual cometido cuando ella era menor de edad. El guion a cargo de la misma Puenzo en conjunto con María Renée Prudencio, Tatiana Mereñuk, Mónica Herrera y Samara Ibrahim, logra retratar de manera realista la violencia psicológica y sexual sin caer en el morbo ni en la revictimización.

Entre los aspectos más destacables se encuentra el trabajo actoral de Karla Souza, quien carga con el mayor peso dramático del filme, actuación que le valió el Emmy Internacional en la categoría a Mejor Actuación Femenina.  La también productora, conocida por saltar a la fama tras su aparición en Nosotros los Nobles (2013), se preparó físicamente durante tres años para poder realizar sus escenas de acción. Además, Souza se unió al movimiento #MeToo al reconocerse públicamente como víctima de abuso sexual por parte de un productor y convertirse en blanco de violencia digital.

La Caída no solo es un drama deportivo, sino también es una crítica contundente hacia las estructuras de poder que encubren la violencia dentro del deporte de alto rendimiento y nos invita a reflexionar sobre la importancia de escuchar y proteger a las víctimas.  


La Batalla de los Sexos (2017) – Valerie Faris y Jonathan Dayton

Por Jeraldyn Sierra Castro

La desigualdad entre hombres y mujeres es un problema que atraviesa múltiples esferas y ámbitos, el deporte no está exento de ello, sin mencionar los prejuicios y estereotipos con los que deben lidiar las deportistas. Esto se expone, cuestiona y ridiculiza de manera sutil, pero brillante en La Batalla de los Sexos, comedia dramática dirigida por Valerie Faris y Jonathan Dayton, quienes anteriormente dirigieron Pequeña Miss Sunshine (2006).

En esta ocasión la dupla toma el humor, la ambientación cotidiana y el desarrollo de personajes de Pequeña Miss Sunshine (2006) y lo trasladan al mundo del deporte. Es 1973, la tenista Billie Jean King (Emma Stone), junto con otras tenistas, emprende una lucha por la igualdad salarial en el famoso deporte blanco, mientras un tenista retirado, adicto a las apuestas y deseoso de atención, Bobby Riggs (Steve Carrell), en su intento de volver a ser relevante reta a la mismísima King a un partido de exhibición, donde no solo hay un cuantioso premio para el vencedor sino también está en juego el prestigio del tenis femenino y sus atletas.

La Batalla de los Sexos desarrolla un hito histórico del deporte de una manera vivaz y divertida, de esto último se encarga el personaje de Carrell por medio de la excentricidad y la incongruencia con la cual se presenta como “cerdo machista” mientras en la realidad es su esposa quien lo sostiene económicamente. Por otro lado, Stone encarna a una mujer fuerte y decidida, solo hay que ver la postura corporal firme de la actriz, pero también presenta las vulnerabilidades y deseos de alguien que descubre una parte de su identidad sexual, su miedo a fallar y el amor por el tenis en una época donde “el mundo no siempre sabe perdonar”.

La cinta pudo haberse quedado con una historia sobre género, sexualidad y activismo en el deporte, pero la elevó con la estética y el uso de planos detalle, como en el caso de las escenas entre Billie Jean y Marilyn donde se aprecia el uso de tonos rosas y la atención de la cámara a los ojos azules de Stone.

La Batalla de los Sexos mantiene paralelismos con la actualidad, siendo un espejo sobre cómo las mujeres aún siguen luchando por la igualdad en sus disciplinas y lidian a diario con los “cerdos machistas” que las rodean.


Escape to Victory (1981) – John Huston

Por Kike Cinéfilo.

Ya entrados en la parafernalia mundialista, recordemos esta película futbolera que dio un ejemplo de esperanza para la paz a través del deporte. Cabe señalar que este no ha sido capaz de resolver conflictos políticos, precisamente en los inicios de la década de los 80, dada la fuerte división entre el capitalismo y el comunismo que provocó que los Juegos Olímpicos de Moscú 1980 y Los Ángeles 1984 fueran boicoteados por unos y otros.

La película Escape a la Victoria (1981) refleja, de cierta manera, esas tensiones que existían en aquel momento. La cinta, ambientada durante la Segunda Guerra Mundial y la ocupación nazi en Francia, se inspira en un hecho real llamado «El partido de la muerte», acaecido el 9 de agosto de 1942, donde varios exjugadores del Dinamo de Kiev jugaron contra una selección alemana. Aunque fueron amenazados desde el principio por los nazis, se atrevieron a golearlos. El trágico destino de varios de ellos fue ingresar a campos de concentración, ser sometidos a torturas o terminar fusilados.

Aun cuando la historia sirvió como base, la ficción no es exactamente igual a lo que ocurrió en la realidad. La trama comienza cuando el capitán John Colby (Michael Caine) se entera de que el mayor Karl Von Steiner (Max von Sydow) es un gran fanático del fútbol y le propone un juego contra la selección alemana, utilizando a prisioneros de los campos de concentración cercanos. Para los superiores nazis, esto supuso una magnífica oportunidad para la maquinaria propagandística del Tercer Reich. Sin embargo, el capitán Robert Hatch (Sylvester Stallone) tenía otros planes; él insiste en ingresar al equipo a pesar de no saber absolutamente nada de soccer, pues su verdadera idea era utilizar el partido para lograr escapar con ayuda de la resistencia francesa.

Esta película contó con la participación de futbolistas de renombre mundial como Edson Arantes do Nascimento, mejor conocido como Pelé, Osvaldo Ardiles (Argentina), Bobby Moore (Inglaterra) y Paul Van Himst (Bélgica), entre otros, quienes ayudan a dotar la historia de esperanza a través de la magia del fútbol. Esta cinta fue dirigida por John Huston, escrita por Evan Jones y Yabo Yablonsky (basada en una historia de Jeff Maguire, Djordje Milicevic y Yablonsky), y cuenta con una gran banda sonora a cargo de Bill Conti.

Si eres fanático del fútbol y del buen cine, te recomiendo que la busques en plataformas de streaming.

¡Mucho cine para todos!


The Hand of God (2021) – Paolo Sorrentino

Por Orlando Betancourt

Paolo Sorrentino refleja sin piedad la decadencia de los seres humanos y de sus formas de convivencia. Su trabajo fílmico mezcla la crudeza de la escuela neorrealista italiana con pinceladas surrealistas. Lo hizo en La Grande Belleza (2013) y repite la fórmula en Fue la mano de Dios.

Este filme de 2021 retrata la desgracia de Fabietto, un joven que a sus 17 años carga en su carcaj el dolor de haber perdido de manera súbita y cruel a sus padres. Sin claridad en su futuro, apuesta a perseguir un sueño: ser cineasta, la única ilusión que le da fuerzas para continuar. “Ya no me gusta la realidad. Ya no me gusta la vida. Quiero una vida imaginaria, como la de antes”, le confiesa a un cineasta local que, burlón, le sugiere desechar la idea.

Nápoles. Mediados de los ochenta. El marginado sur italiano vive expectante de que Corrado Ferlaino, dueño del equipo de futbol de la ciudad, contrate a Diego Maradona. Se escuchan rumores y se descartan. La contratación demora, la vida sigue, las familias conviven. Pareciera que pende la vida comunitaria del fichaje. Pero es que se trata de Maradona, el mejor jugador del mundo, el que contrataría fácilmente el Milán o la Juventus.

El padre de Fabietto recibe una llamada: Ferlaino consiguió “la grana” y el Barcelona le vendió a Diego. Hay euforia en Nápoles, los tifosis reciben a Diego como ángel enviado por el cielo. Unos años adelante, hará campeón al Napoli.

En torno a Fabietto desfilan personajes inverosímiles, acaso sorrentinianos: una tía cachonda casada con un marido enfermo de celos; una vecina trasnochada con ínfulas monárquicas; una hermana imaginaria que acapara el cuarto de baño para hacer repelar a la familia. También una madre bromista que sufre con las infidelidades del marido, quien a su vez no deja a su amante por haber tenido un hijo con ella. Un vecino estafador, una anciana prostituta que desvirga al joven para que mire al futuro. Y un hermano mayor que le enseñó a amar el cine, especialmente a Fellini.

Toda Nápoles mira con expectación el gol que Maradona anota con la mano a los ingleses. Era junio de 1986. Los napolitanos amaban a su Maradona como quien ama a un hijo. Fabietto estaba a días de perder a sus padres. Fue la mano de Dios quien cambió su destino.


Rush: pasión y gloria (2013) – Ron Howard

Por Eli Montelongo

La Fórmula 1 es un deporte de élite caracterizado por el lujo, la estrategia y la gloria eterna. Las personas más perspicaces compiten a lo largo de 24 carreras para consagrarse como campeones mundiales, pero no todo es miel sobre hojuelas. La película Rush: pasión y gloria inicia con un dato escalofriante: veinticinco pilotos comenzaban cada temporada en la Fórmula Uno, y cada año morían dos, ¿Quién querría un trabajo así?

A lo largo de 2 horas Ron Howard (“Una mente brillante”, “El código Da Vinci”) nos ofrece una emocionante película de acción sobre la famosa rivalidad de los pilotos de la alta categoría del automovilismo James Hunt y Niki Lauda que tuvo lugar en los años setenta. A través de la interpretación de Chris Hemsworth y Daniel Brühl, quienes realizan un trabajo espectacular, conocemos su trepidante lucha por el campeonato y el aparatoso accidente que casi cobra la vida de Lauda.

Las escenas de acción que tienen lugar en cada carrera del ajetreado calendario de la F1 se combinan con metrajes reales, creando una atmósfera que sumerge al espectador en los antiguos años dorados. Además, los personajes narran entre escenas sus pensamientos y sentires, adentrándonos en la mente de estos brillantes conductores. Un ejemplo de esto es la conmovedora narración final de Lauda sobre cómo, a pesar de ser duros entre ellos, tenía mucho respeto por Hunt.

Rush: pasión y gloria queda inmortalizada como un filme ideal para aquellas personas que deseen conocer más sobre la historia de tan añejo deporte.


Raging Bull (1980) – Martin Scorsese

Por Jair Ponce

Martin Scorsese y Robert DeNiro son una de las duplas director-actor más famosas de la historia del cine, han colaborado en más de 5 proyectos juntos presentando historias cargadas de imágenes poderosas pensadas y filmadas por Scorsese pero traídas a la realidad en el físico de DeNiro. Toro salvaje (1980) es el perfecto ejemplo de trabajo en conjunto de actor y director para reforzar la potencia de una historia en apariencia reiterativa, condescendiente o que podría caer en el melodrama como muchas otras historias sobre atletas famosos y sus complejas vidas.

El cine que adapta historias deportivas, ya sea a modo de cónica deportiva de algún suceso importante dentro del mundo de los deportes, como lo son las historias de campeonatos o juegos importantes, o las historias biográficas de estrellas deportivas, tienden a caer en modelos y formulas probadas y repetitivas. En el primer caso sucede siempre el ejemplo del equipo o del atleta underdog que tiene que enfrentarse a todo tipo de adversidades para lograr consagrarse como el absoluto campeón, o en el segundo ejemplo, el del atleta que viene de lo más bajo, presentando el sinuoso camino que ha tenido que recorrer para llegar a convertiste en el mejor o en uno de los mejores de todos los tiempos. Ejemplos sobran y no es menester de este texto hablar sobre ellos, sino sobre el trabajo rompedor de Scorsese para este filme.

Ya se tenía en el conocimiento del público la historia de un boxeador que viene desde abajo y consigue la redención con Rocky (1976), por lo que tratar de repetir esa fórmula parecería infructífero y un sin sentido, es por ello que Scorsese y DeNiro deciden tomar un camino distinto, presentando a un protagonista con el talento para convertirse en campeón máximo y sin embargo no pudiéndolo conseguir debido a su personalidad violenta y autodestructiva. Mostrando a un protagonista mucho más humano, con problemas de control de la ira, con efectos significativos del estrés y de la falta de serenidad y de reflexión. La historia de Jake LaMotta resulta antagónica a la de Rocky y eso sienta las bases para un nuevo tipo de cine deportivo, uno más realista y menos idealizado, con luchas internas más que luchas arriba del cuadrilátero, con violencia rondando más allá de los puños del boxeador y oportunidades que se escapan al quitarse las vendas ensangrentadas.


Body and Soul (1947) – Robert Rossen

Por Lily Droeven

Las películas deportivas del Old Hollywood se caracterizaban por contar historias, ya sea de corte biográfico o ficticio cuyos personajes principales mostraban a través de la disciplina y la paciencia que podían cumplir sus sueños en el ámbito deportivo. Este tipo de películas dio un giro por completo cuando en 1947 el director Robert Rossen estrenó Body and Soul, un drama social deportivo con tintes de cine negro que desarticula las historias deportivas simples al mostrar la otra cara del boxeo, presentada como un mundo oscuro lleno de ambiciones y corrupción en la que también se hace una crítica al capitalismo mientras explora la ambigüedad moral del ser humano a través del personaje interpretado por John Garfield construido como un antihéroe. Rossen se puso en contacto con Abraham Polonsky, un reconocido realizador, ensayista y novelista para escribir el guion. En cuanto a la dirección de fotografía, Rossen contó con el prolífico James Wong Howe, conocido por idear la técnica del uso de sombras y el enfoque profundo de campo, método que permitía que tanto el primer plano como el lejano permanezcan enfocados a través del uso de lentes gran angular y aperturas; además, perfeccionó las iluminaciones en alto contraste, así como el uso de espacios expresionistas con los que lograba acentuar los momentos culminantes de la narrativa.

La cinta cuenta la historia de Charlie Davis, un joven proveniente de un barrio humilde, hijo de los dueños de una dulcería que logra consagrarse en el boxeo. Conforme Charlie construye su carrera comienza a ser rodeado por personas poco éticas. Se asocia con Roberts (Lloyd Gough), un promotor corrupto que convence al joven para que participe en combates de boxeo arreglados ante la promesa de una carrera mucho más exitosa, por lo que la ambición de Charlie por el dinero y el poder se vuelve cada vez mayor.

Body and Soul no sólo destaca por la dirección, la narrativa y la actuación de Garfield, también por la construcción de su imagen y su lenguaje visual en la que Wong Howe logra una fotografía más realista e impecable colocando la cámara en posiciones estáticas y adaptando de manera improvisada patines o plataformas siguiendo en el ring los movimientos de los actores y para hacer este procedimiento más natural, Wong Howe optó por llevar la cámara en mano, por lo que los movimientos de combate se sienten más reales y viscerales.

Con un fuerte mensaje político de izquierda, anticorrupción y anticapitalista, Body and Soul comenzó a levantar sospechas de que la película en realidad era propaganda comunista y tras el estallido del macartismo fueron perseguidas varias personas involucradas en su filmación, incluyendo a Abraham Polonsky, James Wong Howe y John Garfield que terminaron en la lista negra de Hollywood.

A pesar de todo lo ocurrido después, Body and Soul sigue posicionada como una de las mejores películas deportivas que logró servir de inspiración a cintas posteriores, una de ellas es la aclamada Raging Bull de Martin Scorsese.


NYAD (2023) – Jimmy Chin, Elizabeth Chai Vasarhelyi

Por Marisela Sánchez

Nyad (2023) cuenta la inspiradora historia real de Diana Nyad, interpretada con enorme fuerza por Annette Bening. A sus 60 años, y después de décadas alejada de la natación profesional, Nyad desafía los límites físicos y mentales al intentar cruzar a nado desde Cuba hasta Florida sin una jaula para tiburones.

Para lograrlo, recurre a su mejor amiga y entrenadora, Bonnie Stoll, interpretada por Jodie Foster, quien aporta una presencia emocional clave en la historia. Al equipo se suma John Bartlett, interpretado por Rhys Ifans, un navegante experto que guía el recorrido a través de un mar tan impredecible como hostil. Bajo la dirección de Elizabeth Chai Vasarhelyi y Jimmy Chin, los cineastas detrás del documental Free Solo, la película construye una historia de resistencia física y emocional profundamente humana.

Nyad destaca porque replantea lo que significa ser atleta rompiendo con la idea tradicional de que el deporte de alto rendimiento pertenece únicamente a personas jóvenes o físicamente “perfectas”. La historia de Diana Nyad demuestra que ser atleta no depende solo de la fuerza física, sino también de la disciplina, la resistencia mental y la capacidad de seguir luchando.

La película retrata con crudeza el desgaste de la natación en aguas abiertas: medusas, corrientes imposibles, alucinaciones provocadas por el cansancio y un océano que constantemente parece empujar a Diana hacia el fracaso, sin embargo lo que vemos en pantalla no es una hazaña romantizada, sino agotamiento, frustración y una determinación casi irracional.

Nyad es un recordatorio de que el deporte no siempre se trata de ganar una medalla en la juventud, sino de la terca búsqueda de la autorrealización cuando el mundo te dice que tu tiempo ya pasó.


Moneyball (2011) – Bennett Miller

Por Samuel Bautista.

Las películas deportivas suelen hacernos sentir las victorias, la gloria, la épica nacional…sin embargo Moneyball se siente diferente. Desde el inicio hay jugadas y frases interesantes, pero no existe rivalidad entre protagonistas ni equipos, Moneyball parece plantear inicialmente una pregunta deportiva muy concreta: ¿cómo ganar cuando se tiene un equipo claramente inferior? Sin embargo, esa termina siendo apenas la superficie.

Es muy interesante que gran parte de la tensión que podemos experimentar al ver la película está construida sobre conversaciones. La película muestra cómo las palabras funcionan como armas estratégicas, instrumentos de poder y negociación capaces de modificar los destinos, las carreras y estructuras sin necesidad de la acción física. Ejemplos de esto están en escenas como: cuando Billy Beane (Brad Pitt) le enseña al joven economista Peter Brand (Jonah Hill) cómo despedir a un jugador de manera profesional y directa, cuando enfrenta a Grady, el jefe de cazatalentos, o cuando impulsa a David Justice para que asuma un rol de liderazgo dentro del equipo.

Desde la frase inicial «Es increíble lo mucho que no sabes sobre el juego al que has estado jugando toda tu vida.» Se genera el verdadero núcleo del filme, el cual no está en el béisbol ni en la victoria deportiva, sino en choque que vemos entre intuición y tradición vs la implacable racionalidad matemática.

Billy Beane vive rodeado de hombres que creen entender el béisbol porque llevan décadas observándolo. Los cazatalentos hablan de: «tiene buena cara», «su novia es fea», «su swing no convence». El conocimiento tradicional, aplicable a cualquier deporte, aparece construido sobre impresiones subjetivas, intuiciones y prejuicios culturales. Es justo aquí donde aparece Peter Brand: no observa jugadores, analiza datos. No cree en narrativas romantizadas sobre el talento natural; cree en probabilidades.

Esto lleva la película a una brutalidad honesta que de hecho es incómoda: los jugadores son tratados como activos financieros: comprados, intercambiados y descartados mediante cálculos de eficiencia dónde, su cuerpo, el cuerpo humano, se convierte en una unidad estadística de productividad; no importan la estética deportiva ni el heroísmo, solo importa la rentabilidad. Dándonos unas escenas profundamente crueles donde los jugadores son despedidos en segundos, tratados como piezas reemplazables dentro de esta maquinaria de ganar y hacer dinero.

El home run de Hatteberg, cerca del final, cumple una función especialmente simbólica muy poderosa, ya que parece resumir la película en una sola escena. El momento roza el cine clásico de héroes… pero se resignifica de inmediato: no importa el heroísmo individual, lo que importa es que el sistema estadístico funcionó. La racionalidad matemática funciona… pero cada avance estadístico implicará también una pérdida invisible de humanidad.


Rocky (1976) – John G. Avildsen

Por María Fernanda Toral Suárez

Es frecuente que en los eventos deportivos, sean mundiales de fútbol o juegos olímpicos, nos lleguen personajes que no teníamos en el radar, ni siquiera los más aficionados de esos eventos. Y creo que la historia de superación que puede inspirar a muchos deportistas es la ya clásica historia de Rocky.

El personaje, escrito e interpretado por Sylvester Stallone, es un hombre común que práctica box pero en realidad no es famoso por ello, trabaja para mafiosos, vive en un departamento sucio y en general todo su entorno no lo trata del todo bien. Hasta que viene un golpe de suerte cuando el tri campeón, millonario boxeador Apollo Creed (Carl Weathers) anuncia públicamente que va a retar a un novato a subirse al ring, y el seleccionado para ese reto es Rocky Balboa.

A partir de ahí, hay una serie de secuencias en los que se ve a Rocky entrenar arduamente, y también andar ligando con su interés romántico Adrian (Talia Shire).

Todo lo anterior da como resultado la pelea con Creed, y para sorpresa del boxeador, del público y del espectador, Rocky da una pelea que está al nivel de su contrincante. Él aguanta los 15 rounds siendo un oponente digno de Apollo. Al final, la decisión de quien gana está del lado del jurado, pero Rocky – a pesar de estar todo golpeado- siente que él ya ganó, el llegar ahí lo hizo probarse de lo que es capaz.

Creo que la historia de Rocky es un símil de lo que vemos en atletas de alto rendimiento, cada vez que se viralizan historias sobre personas que entrenaron durante años y logran triunfar (sea ganando premios o el solo hecho que hayan llegado a competir), impresiona a nosotros los mortales de lo que es capaz de hacer la humanidad.


The Wrestler (2008) – Darren Aronofsky

Por Pok Manero

Darren Aronofsky se ha caracterizado por presentarnos a personajes llevados al límite, desde el solitario matemático Max Cohen que buscaba entender al mundo a través de los números en Pi (1998) hasta el obsesivo conquistador/médico/viajero sideral interpretado por Hugh Jackman en The Fountain (2006), pasando por la galería de personajes atrapados en sus respectivas adicciones en Requiem for a Dream (2000). Para su cuarto largometraje, el director decidió explorar el mundo de la lucha libre, pero no tanto desde la perspectiva deportiva sino al considerar a las luchas como una forma de expresión artística.

Y es que tal vez la lucha libre es la única doctrina en la que convergen la destreza física de los atletas con la capacidad de brindar un espectáculo de entretenimiento más cercano al teatro o incluso a la danza. Mucho se ha llegado a decir que las peleas son coreografiadas y que su aspecto deportivo es falso, en particular al compararlas con otros deportes de impacto como el box, las artes marciales mixtas u otras formas de pugilismo atlético. En su defensa, es importante decir que los luchadores requieren de una excelente condición física para poder llevar a cabo las hazañas que realizan en el cuadrilátero y que, por muy fingidos que puedan llegar a ser los encuentros, los golpes y las heridas son en su mayor parte reales.

Aronofsky encontró cierta resistencia por parte del gremio de luchadores de la WWE, pues por aquel entonces todavía se guardaba celosamente la pretensión de que las peleas eran auténticas y pensaban que el cineasta intentaba exhibirlos como una farsa. Pero tras ver el interés que el realizador mostraba por el mundo de las luchas y la manera que tenía para transmitir la verdadera pasión tanto de intérpretes como de espectadores, lo apoyaron. Los aficionados a la lucha libre recibieron de buen agrado a esta dramática historia de un ícono en decadencia que vive de glorias pasadas hasta que la vida le pasa factura por la decisión de “quemar la vela por ambos lados”, llevándolo al punto de tener que elegir entre buscar una vez más la adoración de su público o llevar una vida “normal” para la cual nunca se sintió apto. Con una ambigüedad profunda que dota de sutiles matices a la historia, se trata de una de las cintas más inesperadamente emotivas de este autor dividido entre la fe y la razón.


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