‘Metrópolis’ (1927): casi 100 años de una alegoría medieval trasladada a una ciudad futurista.

Por Alexa Sefchovich Domínguez.

Gilbert Huph: Lo que no sé es cómo tus clientes saben el funcionamiento interno de Seguritas. ¡Son expertos, Bob, expertos! ¡Desafían nuestras excusas, evaden los obstáculos, han penetrado en la burocracia!

Mr. Increíble: —¿Lo que hice fue ilegal?

Gilbert Huph: —Hmmm… No.

Mr. Increíble: —¿Quiere que los clientes no reciban apoyo?

Gilbert Huph: —La ley requiere que conteste no.

Mr. Increíble: —Debemos ayudar a las personas.

Gilbert Huph: —Debemos ayudar a nuestras personas, nuestros accionistas en primer lugar. ¿Quién ve por ellos, eh?

Gilbert Huph: —(Suspiro). ¿Sabes qué, Bob? Una compañía…

Mr. Increíble: —…es un enorme reloj…

Gilbert Huph: —…es un enorme reloj, si me entiendes, y solo funciona cuando todos los pequeños engranajes se ajustan.

Fragmento de la película Los Increíbles (2004)


La película Metrópolis, dirigida por el gran maestro Fritz Lang en el año 1927, es, sin lugar a dudas, uno de los ejemplos más bellos e importantes del expresionismo alemán y de la ciencia ficción. Esta historia nos narra la vida en Metrópolis, una gran ciudad futurista que se divide de manera clara entre dos clases sociales: los ricos, quienes tienen todo el poder de la ciudad y los medios, y se encuentran rodeados de lujos, espacios amplios, jardines, viajes y demás. Por otro lado, se encuentran los pobres, condenados a vivir en las peores condiciones, obligados a trabajar sin descanso en una especie de gueto subterráneo donde está ubicado el corazón industrial de la ciudad.

Un buen día, Freder, nuestro protagonista, interpretado por el actor Gustav Fröhlich, quien da vida al hijo del todopoderoso Joh Fredersen (Alfred Abel), decide salir de su burbuja tras conocer a una mujer de nombre María, quien irrumpe en el “Club de los Hijos” con un grupo de niños que exclaman que ellos y los ricos también son hermanos. Esto desencadena en Freder un genuino interés por descubrir el origen de esta situación y es así como nuestro protagonista decide adentrarse en las profundidades de Metrópolis en busca de María.

No obstante, en el trayecto, Freder se da cuenta de cómo funciona el sistema de Metrópolis y decide regresar con su padre para advertirle que, si no detenía esta situación, los trabajadores podrían rebelarse en su contra. Pero ¿por qué la historia de Metrópolis, de Fritz Lang, es tan relevante para nuestros días y cómo es que esta misma idea se relaciona con el texto del principio de la película Los Increíbles de Pixar?

Para responder esta pregunta, es necesario tomar en cuenta el origen de esta cinta, la cual nace del libro de la guionista de la misma, Thea von Harbou, bajo el nombre de Metrópolis (1925, año en el que se publicó el libro). En esta novela podemos observar con más detalle lo que sucede en todos los niveles de la estructura en la que está construida Metrópolis, lo que nos permite conocer mejor a los personajes y cómo se van adaptando sus roles poco a poco en la historia. Pero, más importante aún, podemos mirar la visión que Thea quería comunicar a través de esta historia, donde el cerebro y el músculo deben compartir un mediador en común: el corazón.

Comprender esto es de vital importancia, ya que la lectura nos permite adentrarnos de manera más profunda en el argumento principal de la misma, que podríamos decir que se divide en cuatro partes: la división de las clases sociales, el amor y el conflicto, el plan malévolo de Fredersen para apoderarse de todo y la gran lección.

Entendiendo el funcionamiento interno de Metrópolis a través de las clases sociales

Como ya lo habíamos mencionado anteriormente, en la novela de von Harbou existen dos clases sociales: los ricos, quienes viven una vida de lujos en el “Club de los Hijos” (Club of Sons), que es un espacio casi paradisíaco, lleno de luz y rodeado de grandes “jardines eternos”, teatros y estadios gigantescos. Todos ellos están envueltos en el ocio, el deporte y el arte, actividades que solo son permitidas a aquellos que tienen el capital suficiente para solventar estos lujos. Desde su visión de la vida, el mundo es de color rosa, pues ellos no tienen carencias de ningún tipo. Es aquí donde conocemos a dos de nuestros principales protagonistas: Joh Fredersen, el dueño de Metrópolis, y su hijo Freder, quien sería el sucesor al reinado de su padre.

No obstante, Freder, al conocer a esta misteriosa mujer que después descubriremos que se llama María, decide desafiar a su padre e ir en busca de su amor, recorriendo la ciudad de arriba abajo. Ahí se da cuenta de que, además de la burbuja en la que vive, existe otro lugar descrito en el libro como el “infierno de los obreros”, el cual se encuentra a varios kilómetros del “Club de los Hijos” y es donde habitan los trabajadores de Metrópolis.

A diferencia del primero, aquí la luz del sol no penetra el espacio, lo que hace que el ambiente se sienta denso, pesado y lleno de humo y contaminación. Ahí, los edificios son de concreto gris, sin vida, y además están construidos alrededor de las máquinas donde trabajan estos obreros.

Es ahí donde Freder tiene un despertar de la conciencia con respecto al lugar donde está viviendo y decide regresar con su padre para contarle todo lo que han visto sus ojos. Sin embargo, es ignorado, pues su padre ya estaba trabajando en su plan para tener el control supremo de la ciudad.

Por otra parte, podemos decir que existe un abismal contraste entre la vida de un obrero y la de un rico. Pues los primeros pasan más de diez horas atrapados en un trabajo interminable en las máquinas del subsuelo, donde, para este punto de la historia, su identidad ha sido reducida a ser personas sin nombre y con un número que los representa. Además, un error puede matar a decenas de personas que trabajan en las máquinas.

Al mismo tiempo, y del lado contrario de la ciudad, los ricos pasan el día jugando, corriendo carreras en espacios de mármol, paseando por sus jardines, y su único objetivo es relajarse y disfrutar de la vida.

Esto, a su vez, nos hace notar que el trabajo extremo ha deshumanizado a las personas y Harbou lo demuestra en el lenguaje corporal de los protagonistas, pues los ricos se ven libres y risueños, mientras que los pobres apenas pueden sostener sus cuerpos debido al agotamiento físico y mental provocado por el desgaste del trabajo en las máquinas.

Asimismo, la novela nos hace reflexionar sobre la idea de que, para los obreros, la máquina no es solo un objeto de metal, sino un Dios cruel. Freder, en una de sus visiones, compara esta máquina con Moloch (un antiguo demonio que exigía sacrificios humanos), en la cual las palancas y los fuegos devoran la salud física y mental de las personas que la operan. Todo esto ocurre para que los de “arriba” puedan gozar de una Metrópolis encendida y llena de vida.

Ahora bien, lo más horrible de todo el asunto es que la división de clases sociales está tan bien diseñada que ninguno de los dos grupos de personas sabe cómo vive el otro. Esto permite a los ricos entender que el mundo tan perfecto en el que viven es producto de la magia de Fredersen y no de quienes jalan las palancas y aprietan los botones en el infierno de los obreros. Mientras tanto, los obreros tratan de sobrevivir con la promesa inalcanzable de que su trabajo duro algún día los llevará al cielo de arriba. Pero todo esto pareciera dejarlos sin aliento ni esperanza alguna hasta que María entra en escena.

El conflicto y el amor: un despertar de Freder en medio del caos

“We are Bunglers, Futura, he said. Bunglers! —Bunglers! Can I give you the smile which you make angels fall gladly down to Hell? Can I give you the tears which would redeem the chiefest Satan and make him beatify? Parody is your name! And Bungler is mine.”

“Somos unos incompetentes, Futura —dijo—. ¡Incompetentes! ¡Incompetentes! ¿Puedo ofrecerte la sonrisa que hace que los ángeles caigan gustosos al Infierno? ¿Puedo ofrecerte las lágrimas que redimirían al mismísimo Satanás y lo llevarían a la beatitud? ¡Tu nombre es Parodia! Y yo soy un incompetente.”

Metrópolis (1925), Thea von Harbou-


Es en esta parte de la novela donde María toma fuerza en la trama como “la profeta” de los obreros, reuniéndolos en las catacumbas de Metrópolis para incitarlos a evitar una revolución violenta y, más bien, buscar un cambio. Les cuenta historias de la Biblia y el mito de la Torre de Babel, explicándoles que pronto llegará un mediador que podrá unirlos y evitar que se derrame más sangre.

Ahora bien, en esta sección del texto es importante aclarar que el conflicto central de la novela radica en el despertar de Freder, el cual ya habíamos mencionado previamente, y nos acerca a una alegoría hecha por el filósofo Platón, que hace referencia a un grupo de prisioneros que estaban encerrados en una cueva. Un día, uno de ellos decide romper las cadenas que lo sujetaban a su prisión y logra escapar hacia la luz. Aturdido por el cambio de ambiente, logra adaptarse a su entorno, lo que le permite comprender el mundo exterior y, con eso en mente, regresa a la cueva para liberar a los demás prisioneros. No obstante, se topa con que sus compañeros desconfían y se burlan de él, pues no creen que haya conocido un mundo diferente.

Dicho lo anterior, retomamos la idea de que, una vez que Freder se ha dado cuenta de que en Metrópolis hay otro mundo donde existen personas en situaciones inhumanas, el personaje tiene una crisis de conciencia que lo obliga a salir de su burbuja para así poder ponerse en los zapatos de los obreros, al cambiar su lugar con un empleado de una de las máquinas del abismo de la ciudad.

Después va con su padre y le revela lo observado, regresando a él mientras le pregunta qué haría Fredersen si su hijo se perdiera en esta revolución para no volver jamás. A lo que Joh le contesta que para él no hay nada más importante en Metrópolis que su hijo.

Y, en medio de todo este caos, aparece el tercer personaje de gran relevancia en esta historia: Rotwang, un inventor fuera de sí que está totalmente resentido con Fredersen, pues fue él quien le arrebató al amor de su vida, Hel. De ella sabremos muy poca información, pero la trama nos mostrará que es nada más y nada menos que la madre de Freder y la amante del científico, razón por la que pierde la cabeza al saber que esa mujer jamás será suya.

Pero Rotwang toma relevancia a lo largo de la historia, pues fue él quien inspiró a Rotwang a crear a Futura, un “androide-robot” femenino que no tiene rostro, pero que le sirve al creador para llenar el vacío que Hel ha dejado en su vida y en su corazón. Además, será ella quien se convertirá en parte del plan malévolo de Fredersen y en el instrumento de venganza de Rotwang ante el dolor de su pérdida.

Así es como Hel también se vuelve una especie de fantasma omnipresente a lo largo de la novela de Harbou.

Un plan, la muerte y los siete pecados capitales

El clímax de esta obra literaria ocurre cuando la tecnología es usada como un objeto de manipulación, y es en este punto donde la visión de von Harbou toma más relevancia que nunca.

Por un lado, tenemos a Joh Fredersen (el cerebro), quien ha descubierto que los obreros tienen reuniones secretas entre ellos. Ante esto, el hombre se enfrenta al miedo de que los trabajadores realicen una huelga tan grande y poderosa que ponga en riesgo tanto sus privilegios como la seguridad y estabilidad de Metrópolis.

Es por esta misma razón que, antes de que los empleados decidan levantarse en su contra, decide actuar poniendo en práctica su malvado plan. El cual consiste en crear un hombre-máquina con la ayuda de Rotwang, pero al llegar con el científico se da cuenta de que ha creado una mujer en vez de un hombre, cosa que al principio disgusta un poco a Fredersen. Sin embargo, después Rotwang le explica que el hecho de que este “androide” sea una mujer tiene una gran ventaja, pues, de ser así, esta puede ganarse la confianza de los obreros y, de esta manera, podrían usarla como una herramienta para tranquilizar a los trabajadores de Metrópolis.

Pero lo que Fredersen no sabía era que entre él y Rotwang existía un profundo resentimiento por el desamor y la muerte de Hel. Por lo cual, el científico hace todo lo contrario y, lejos de programarla para hacer algo positivo, decide crear un monstruo robótico con el rostro angelical de María que tiene como principal objetivo destruir Metrópolis desde sus entrañas, haciendo que los empleados sean seducidos por ella y, una vez excitados y exaltados por ello, comiencen a destruir todas las máquinas de la ciudad.

Y, en medio de todo este caos, surge uno de los momentos más cargados de simbolismo en toda la novela, donde aparecen la muerte y los siete pecados capitales. Aquí, la visión de Thea se conecta con la idea de una sociedad que por fin ha perdido todo el equilibrio.

Aquí se establece que la “muerte” es una consecuencia final de una sociedad que ha llevado sus deseos y desigualdades al extremo. Fredersen cree que lo ha dominado todo: la naturaleza, las máquinas, la vida y los obreros. Sin embargo, la muerte es todo aquello que nunca podrá entrar en su control, pues esta simboliza el fin definitivo de la vida y, con ello, por fin llega la igualdad, pues esta no distingue entre ricos y pobres, sino que más bien actúa por igual con todo el mundo.

Ahora bien, regresando a lo de los pecados capitales, podemos decir que von Harbou no solo los utiliza como uno de los muchos símbolos religiosos que podemos encontrar en la novela, sino que más bien aquí les da un significado que representa las fuerzas que están destruyendo a la misma Metrópolis desde adentro.

Soberbia: Es el pecado más importante, pues nos ayuda a entender que, de acuerdo con Fredersen, él y la élite son los únicos que creen que pueden tener el control de todo lo que sucede en la ciudad. En su mente, ellos creen que pueden jugar a ser una especie de Dios y, con ello, vienen consecuencias catastróficas presentadas a lo largo de la trama.

Avaricia: Esta representa la lógica económica de Metrópolis, donde la ciudad existe gracias a los trabajadores, pero quienes realmente poseen la riqueza son los que viven arriba. Asimismo, podríamos decir que este pecado convierte al trabajador en una pieza intercambiable de una máquina (como lo establecimos en el ejemplo del principio con el reloj y Los Increíbles). Y no importa cuánto sufra el obrero o cuánto produzca; lo importante es que la máquina siempre esté funcionando.

Lujuria: María y la falsa María representan el deseo convertido en un instrumento de manipulación. El robot-androide adopta la apariencia de María mediante un despertar de la sexualidad y los deseos de los hombres, lo que los termina conduciendo al caos. Asimismo, ella representa una María sin espiritualidad, reducida a cuerpo, deseo y seducción. Esto representa un contraste entre la María real, que es todo amor, empatía y reconciliación, y la María-máquina, que es deseo, obsesión y destrucción.

Envidia: Surge de la comparación entre los de arriba y los de abajo. En ella, los de abajo ven a los de arriba y se dan cuenta de que la vida de lujos con la que tanto sueñan es un deseo imposible que nunca podrán disfrutar.

Gula: La gula, en este caso, no habla de la comida, sino del exceso de una sociedad construida con base en el consumo y la abundancia para unos cuantos, mientras otros apenas pueden sobrevivir. Es el deseo de querer tener cada vez más, incluso cuando ya se tiene suficiente.

Ira: Esta es la consecuencia lógica de lo anterior. Es decir, cuando los trabajadores ya acumularon tanto cansancio, humillación y resentimiento, finalmente explotan en una rebelión sin control. Esto representa la manifestación colectiva de la represión y el enojo. No obstante, en el libro Harbou advierte que la ira también puede destruir a quienes la experimentan. Por lo tanto, la revolución deja de ser liberadora cuando esta se convierte en una destrucción ciega.

Pereza: La pereza no viene de la idea de estar cansado por el esfuerzo físico, sino de la pasividad moral. Los de arriba no quieren ver lo que ocurre abajo, pero son conscientes de ello. Sin embargo, es más fácil ignorarlo que enfrentarlo. Aquí, la idea más bien seríaicia la sostiene, la lujuria la seduce, la envidia la divide, la gula la alimenta, la ira la hace explotar y la pereza permite que haya continuidad en este mismo ciclo sin fin. Y,: “Si yo estoy bien, los demás no son importantes”.

Es aquí donde nos damos cuenta de que Metrópolis ha convertido los defectos humanos en un sistema donde la soberbia es la estructura, la avaricia la sostiene, la lujuria la seduce, la envidia la divide, la gula la alimenta, la ira la hace explotar y la pereza permite que haya continuidad en este mismo ciclo sin fin. Y, al final de la vida, está la muerte esperando y contemplando todo.

Esta es la razón por la cual podríamos decir que tanto la novela de von Harbou como la película de Lang son una alegoría medieval que se traslada a la actualidad como una ciudad futurista y altamente tecnológica, pero que, en el fondo, sigue siendo un lugar donde los seres humanos estamos dominados por nuestros mismos vicios.

Conectando así la idea principal de la novela con nuestro ejemplo de Los Increíbles del principio, podemos notar el mismo fenómeno social a pesar del paso de los años.

Conclusión

En conclusión, podemos decir que la novela y la obra de Metrópolis deberían ser más relevantes que nunca, pues, pese a la transformación de la vida con el desarrollo de las nuevas tecnologías, nada nos garantiza que la empatía y las emociones no puedan desaparecer con la llegada de una sociedad completamente anestesiada por el exceso y el entretenimiento desmedido y descontrolado.

Tanto el libro como la cinta nos invitan a reflexionar sobre las consecuencias de todo lo que podría suceder si nosotros dejamos que el poder y el control lleguen a las manos equivocadas de corporaciones que no se tentarán el corazón para dividirnos y aislarnos hasta lograr el objetivo de crear una sociedad sin alma, llena de violencia y destrucción.

(Un agradecimiento personal a Javier Quintanar, gran crítico de cine y amigo por toda la asesoría brindada ya que sin ti este texto no podría haber sido posible).


Alexa Sefchovich Domínguez es redactora, analista cinematográfica, diseñadora y emprendedora con un gusto por la cultura visual, narrativa distópica y fenómenos mediáticos contemporáneos. Ha colaborado en columnas de cine y proyectos editoriales donde explora la intersección entre industria, tecnología y discurso social. Su enfoque combina análisis crítico con una mirada provocadora que cuestiona la forma en que consumimos historias en la era digital. Actualmente desarrolla proyectos de escritura creativa enfocados en cine, medios y cultura pop.


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